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El empate de Cabo de Verde ante España descolocó a todo el mundo. Por empezar, a los 500.000 habitantes del archipiélago africano.

Para un pequeño grupo de diez islas que hasta 1975 aún era colonia portuguesa y que por primera vez llegaba a la Copa del Mundo, el nivel de exaltación sólo era comparable al desasosiego español.

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El presidente José María Neves escribió en las redes después del partido en Atlanta: “Si hoy, 50 años más tarde, estamos en el Mundial, ya probamos que somos una nación viable”.

Es lógico que se haya dejado llevar un poco.

Pero aún más interesante es leer en los periódicos chinos cómo se jactan de haber sido parte de la proeza futbolera menos esperada.

¿Qué tienen que ver los chinos con todo esto? Es lo que ellos mismos llaman “la diplomacia de los estadios”.

La estrella Lamine Yamal recibe indicaciones del técnico de la selección española, Luis de la Fuente.

Beijing le dio a África una infraestructura futbolera

En una nación futbolera pero sin recursos, China dio un apoyo vital para que pudieran contar con una infraestructura con la que jamás hubieran soñado.

Beijing financió el Estadio Nacional de Cabo Verde, con una capacidad para 15.000 espectadores, que fue completado en 2014 por una constructora estatal también china.

El año anterior Cabo Verde hizo su primera aparición en la Copa Africana de Naciones y el equipo nacional, conocido como los “Tiburones azules”, llegó a los cuartos de final.

Cabo Verde llegó al Mundial 2026 tras vencer en octubre de 2025 a una pequeña monarquía del sur de África casi desconocida llamada Suazilandia.

Pero este vínculo futbolero no es algo aislado. Es parte de una política sistemática en todo el continente.

La selección de Cabo Verde festeja el empate después del partido en la ciudad de Atlanta.

China construyó más de 100 estadios durante las últimas cinco décadas, 45 sólo desde el 2000 a esta parte.

Costa de Marfil, por ejemplo, que también compite en esta Copa, cuenta con tres estadios levantados con fondos chinos. Fue el primer seleccionado africano en ganar un partido este Mundial al derrotar a Ecuador 1-0.

El dinero chino también hizo posible la construcción de estadios en Angola para que fuera anfitriona de la Copa Africana de la Naciones de 2010.

En Tanzania, los chinos fondearon el Benjamin Mkapa Stadium para 60.000 personas y están construyendo otro. En Uganda, el Mandela National Stadium también fue posible gracias a la ayuda de Beijing. En Kenia está en marcha uno con capacidad para 60.000.

La “diplomacia de los estadios” es, desde ya, una forma de tender un puente cultural en un continente en el que está casi todo por hacer y en el que a los chinos les interesa estar presentes. Una estrategia para construir influencia.

De hecho, los estadios financiados con créditos muy baratos o directamente considerados un "regalo". Pero vienen como parte de un paquete de grandes contratos de proyectos de infraestructura como la construcción de un tren que conecte el aeropuerto con la capital de un país.

A falta de selección, bienvenido sea un árbitro

El entusiasmo por la sorpresa de Cabo Verde y su repercusión en los medios chinos se explica en buena medida por la desilusión con la propia selección.

China no disputa una fase final de un Mundial desde 2002, su única participación hasta ahora, cuando logró el pase en una fase clasificatoria asiática sin Japón ni Corea del Sur, cuyo lugar estaba garantizado por su condición de anfitriones del torneo.

Pero los chinos encontraron en el árbitro Ma Ning, apodado el “maestro de las tarjetas”, un motivo de entusiasmo como representante chino en el torneo.

Ma Ning, el árbitro chino que participa del Mundial.

Ma Ning, de 46 años, fue incluido por la FIFA en la lista de árbitros del Mundial de 2026, cuatro años después de haber participado en Catar 2022 sin llegar a dirigir un partido.

Su popularidad -se convirtió en un fenómeno en las redes- le resultó redituable: se convirtió en patrocinador de marcas como la tecnológica Lenovo, el grupo lácteo Mengniu o el fabricante de electrodomésticos Hisense.

Pero el fracaso deportivo chino no puede desligarse del entramado de corrupción que desprestigió al fútbol en el país.

El expresidente de la Asociación China de Fútbol (CFA) fue condenado a cadena perpetua mientras que el ex seleccionador nacional Li Tie -uno de los mejores jugadores de la historia del país-, fue sentenciado a 20 años de prisión.

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