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Pedro Sánchez ya lo olfateaba desde hace tiempo, como el gran experto que es en detectar debilidades ajenas para aprovecharse de ellas.

Por eso, cuando Goldman Sachs señaló que España registraba un crecimiento superior a la media europea —incluyendo a Francia y Alemania—, el presidente del Gobierno utilizó primero los datos para respaldar su gestión.

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Allí Sánchez repitió el discurso socialdemócrata y reivindicó la fórmula basada en el crecimiento, la estabilidad fiscal y el fortalecimiento del estado del bienestar. Pero lejos de limitarse a la autocomplacencia económica, atacó de inmediato a sus rivales, enfocándose en uno de ellos.

Sánchez ironizó frente a quienes exigían un incremento más ambicioso del gasto militar en alineación con las presiones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump: "Ahora que vengan las derechas a hablarnos de las virtudes del 5%".

El olfato político del español volvió a darle la razón; confrontar la agenda de Trump ya no resultaba tan peligroso como en el pasado reciente. Además, reporta múltiples beneficios internos e inmediatos. Para empezar, galvaniza al electorado de izquierda que detesta al presidente norteamericano.

Al subir su piso de apoyos, se facilita conducir el complejo abanico izquierdista, siempre atento a usufructuar las debilidades de Sánchez. Adoptar con pasión el credo europeísta clásico —que tanto irrita a su par norteamericano— lo ayuda también a diluir críticas a sus políticas territoriales.

Sobre todo, la combinación de estos factores y los contundentes datos económicos colocan a la derecha en una posición incómoda. Buscar al estadounidense como rival eleva su posición de retador: desafía al campeón.

Se coloca en otro nivel con respecto al Partido Popular y a Vox.

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Pedro Sánchez y Donald Trump en Egipto

Y Trump, que nunca ha controlado sus impulsos dialécticos, no se priva de responderle y hasta de amenazarlo; todo eso suma para la bolsa del español. Lo mismo ocurre cuando se involucra de manera directa en el conflicto de Ucrania, en Venezuela o en la disputa diplomática con Israel.

A esto se suma que el antinorteamericanismo y el nacionalismo operan como una constante en gran parte del electorado español. Pero hay más. Este tipo de confrontaciones globales tiene otro efecto inmediato: distrae la atención pública de temas internos incómodos.

Una estrategia similar aplicó al confrontar reiteradamente al presidente argentino, Javier Milei, cuando este estaba recién asumido. Sánchez era consciente de que ese choque otorgaba escala global a sus palabras y a su imagen en momentos en que a la izquierda no le sobran referentes.

En ese camino, Sánchez encabeza la Internacional Socialista, la organización de izquierda democrática (aunque algunos de sus miembros no sean tan de izquierda ni democráticos), y que reúne a una larga lista de partidos y dirigentes socialdemócratas de relevancia global.

Si hubiera una postvida fuera del Gobierno español, también se juega en ese protagonismo internacional y en el apoyo de terceros países. Las desventuras de la chilena Michelle Bachelet para acceder a la Secretaría General de las Naciones Unidas no habrán pasado desapercibidas.

Difícilmente se encuentre alguien más conmovido y devoto ante el destino político de Sánchez que él mismo. Semejante vínculo con el poder no admite improvisaciones; seguro que su radar ya estuvo calculando posibles planes B si las cosas no le salen como espera en España.

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Donald y Pedro. Vidas paralelas.

Sánchez tiene muy claros los límites de su protagonismo. Aboga contra la guerra, pero no reclama un premio Nobel de la Paz. Quiere ser protagonista, porque su terco protagonismo es la clave de la supervivencia en condiciones complejas o extrema debilidad.

Donald Trump eligió el mismo camino, al menos inicialmente: un protagonismo como elemento para que, a su vez, su país recupere la centralidad en la escena geopolítica como referencia de poder, que los años de Joe Biden habían dañado radicalmente.

Sin embargo, en el camino, el protagonista mutó y se convirtió en personaje.

A diferencia del primero, el personaje está mediado por las características personales y pulsiones inmediatas que llevan las discusiones a planos alejados de las racionalidades políticas y materiales.

Y cuando la racionalidad —sobre todo en lo material, pero también en lo político— pierde el centro de la escena, la incertidumbre se instala y todos los que giran alrededor del líder empiezan a sentirse incómodos. Más aún cuando los resultados y las buenas noticias comienzan a escasear.

Esto es lo que le pasa hoy a Trump, y que Sánchez olfatea con sagacidad. El español sigue firme una regla de oro que nunca incumple: cuanto más comprometida está su posición, más incrementa su nivel de riesgo.

A favor de Sánchez, debe reconocerse que es un estratega audaz. No dudó en plantarse frente a Trump en momentos en que el mandatario americano gozaba de un notable nivel de iniciativa y una alta capacidad de sancionar a sus críticos. Ahora el escenario puede ser distinto.

La guerra con Irán y las elecciones de medio término en noviembre son nubarrones muy oscuros en el cielo de Donald Trump.

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Presidente de España, Pedro Sánchez, y expresidente José Luis Rodríguez Zapatero.

El principio de acción y reacción

Aun así, con el presidente estadounidense debilitado, no es arriesgado afirmar que confrontar a la Casa Blanca, con un inquilino con poca paciencia, siempre conlleva el riesgo de represalias. Es la física del poder, cuando se trata de meterse con las potencias.

En ese sentido, para dirigentes cercanos al gobierno esta dinámica de contraprestaciones, facturas políticas impagadas, y la sombra de una explicación conspirativa estructuran el escenario judicial que afecta a José Luis Rodríguez Zapatero.

El volcado de un smartphone de un directivo de Plus Ultra, entregado por agencias de seguridad estadounidenses, sustenta las acusaciones sobre la presunta mediación del expresidente en el rescate financiero de la compañía.

Aun así, para Sánchez, el peligro de un ajuste de cuentas de la Casa Blanca es un riesgo aceptable frente a la urgencia de su blindaje doméstico. Tampoco es que pueda elegir.

En su caso, la audacia internacional no es fortaleza, sino necesidad de supervivencia: la política exterior convertida en herramienta de control de daños internos.

Al final de cuentas, los que votan —y los que cobran y pagan las facturas— son los españoles.

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