La victoria en la batalla cultural de Javier Milei es la destrucción.
Todo lo demás es accesorio. La destrucción de lo viejo, de lo que no funcionó, del pasado reciente teñido por el fracaso.
En Argentina, en España y en el mundo del poder la pregunta es si Javier Milei logrará extender su mandato por cuatro años más. Sus chances, sus riesgos y el experimento fallido de Mauricio Macri que puede servirle como guía.
Todo lo demás es accesorio. La destrucción de lo viejo, de lo que no funcionó, del pasado reciente teñido por el fracaso.
La victoria cultural es la baja de la inflación, pero, por sobre todas las cosas, es el equilibrio fiscal.
Tan simple como eso. No gastar más de lo que se tiene, de lo que se recauda. Lo que cualquier argentino hace con las finanzas de su casa y de familia, trasladarlo a las finanzas del país.
Y para lograrlo hubo que destruir las vacas sagradas del gasto argentino. En el Estado y en los presupuestos de infraestructura. Pero también en la educación y la salud. Y a veces, demasiadas veces, cortando gastos que dolieron, cometiendo injusticias. Es cruel el altar del equilibrio fiscal.
Hace una semana, el presidente de River Plate, el empresario Stefano Di Carlo, explicó por qué uno de los clubes de fútbol más poderosos de la Argentina tenía que vender a quince de sus jugadores. Para defender el equilibrio de las cuentas de la institución. Es decir, por el equilibrio fiscal. Y nadie lo contradijo.
Es que la sociedad argentina ha incorporado a sus prioridades aquella de no gastar más de lo que produce. En el país todavía en ruinas. O en sus clubes de fútbol. Esa batalla la está ganando Milei.
La pregunta que recorre hoy todos los despachos del poder en la Argentina, todas las empresas del país y todas las embajadas en el exterior es muy simple: ¿Alcanzan el equilibrio fiscal y la baja de la inflación para que Javier Milei logre la reelección?
Esa es la pregunta clave. Y es lacerante porque no tiene respuesta salvo en la cabeza y en la mente de Javier Milei. Solo el Presidente sabe si será capaz de cruzar el desierto que va del equilibrio fiscal y la inflación más baja a una economía activa que le haga sentir a los argentinos que su ingreso mejora.
Libertario en sus ideas, es posible que Javier Milei crea que la mano invisible del mercado de la que hablaba Adam Smith ponga en marcha la economía argentina. Muchos de sus colegas, incluso algunos ministros de su gobierno, son más escépticos.
“La mano invisible del mercado, sino ayudas a moverla, te caga a cachetazos”, dice un dirigente liberal que prefiere algunos aditivos que aceleren el crecimiento que muestran en forma incipiente los silobolsas de la cosecha agrícola récord, las cifras del oil & gas de Vaca Muerta y la minería extractiva.
En 2017, los créditos UVA y algunas ayudas estatales para las Pymes le permitieron a Mauricio Macri ganar las elecciones de medio término. Parecía que su camino a la reelección estaba abierto, pero no. Algo pasó en 2018.
Las condiciones externas se pusieron complicadas y el empresario que había vencido dos veces al kirchnerismo no pudo completar la faena. “Pasaron cosas”, dijo Macri entonces. Lo que pasó fue el regreso de Alberto Fernández inventado por Cristina Kirchner.
En el gobierno de Javier Milei hay varios soldados de aquella batalla perdida.
El ministro de Economía, Toto Caputo; el Coloso Federico Sturzenegger; la independentista Patric Bullrich y varios más que viene del riñón del PRO. ¿Sabrán advertirle a tiempo a Milei – y a Karina, claro- cuál es el método adecuado para frenar el Riesgo Kuka?
Y lo que es todavía más importante. ¿Los escucharán Javier y Karina Milei? Las señales están allí, a la vista de todos. El campo va a superar este año una cosecha récord de 170 millones de hectáreas. Vaca Muerta promete más de 30.000 millones de dólares de exportación en solo tres años (un Campo Dos para el próximo presidente) y el RIGI recibirá nuevas inversiones de EEUU, Europa y Medio Oriente que mueren por saber también si la presidencia de Milei será de 4 o de 8 años.
Pero la microeconomía muestra también las heridas de la Argentina rota que están también a la vista de todos.
- La recaudación de la provincia de Buenos Aires, lo mismo que la de la Ciudad, superan el 11% y la razón es el freno de la actividad económica.
- La mora de los créditos personales y las tarjetas de créditos va del 10 al 15% entre los bancos, las tarjetas y las billeteras virtuales, las más complicadas porque muchos argentinos deshacen sus aplicaciones pensando que así se terminan sus deudas sin que nadie se entere.
- Los sectores productivos de los grandes conurbanos (el bonaerense, el rosarino y el cordobés) registran caídas de sus ventas en todo el año. Acostumbrados a remarcar precios con lógica inflacionaria, los textiles son las víctimas propiciatorias del modelo Milei.
El dilema para Milei es que las cuentas demográficas indican que hay más votantes en los grandes conurbanos en recesión que en las regiones favorecidas por el boom del campo, el de Vaca Muerta y el de la minería.
Ahí es donde la destreza política se vuelve un complemento indispensable de la habilidad económica. Mal que le pese al cada vez más verborrágico y vocero oficial, Toto Caputo.
La historia reciente de la Argentina siempre es un buen observatorio para visitar. Solo hay dos presidentes que lograron la reelección desde que el país adolescente volvió a la democracia en 1983.
Carlos Menem lo logró en 1995. ¿Cómo lo hizo? Convenció a Raúl Alfonsín, ex presidente por la UCR y su mayor adversario político, de hacer el Pacto de Olivos. Le otorgó el tercer senador por provincia (lo que aumentó el caudal de senadores radicales) y el Consejo de la Magistratura para integrarlo a la selección y al control de los jueces.
Todo a cambio de una reelección cada cuatro años. Una ganga.
El otro caso es el de Néstor y Cristina, que cambiaron la idea de la reelección por la sucesión matrimonial. Ella lo reemplazó a él en 2007 con una fantasía de coalición que llamaron “Cristina, Cobos y vos”, en la que participaron aquel gobernador radical de Mendoza y otros varios dirigentes del partido.
La construcción les salió muy bien porque Cristina ganó la presidencia con amplitud, y repitió en 2011 con el 54% de los votos. Su templanza durante la muerte de Néstor en 2010 la ayudó a consolidar su imagen, pero el final abrupto de Kirchner impidió que lograran el proyecto audaz de intentar quedarse con el gobierno de la Argentina durante 16 años.
No hay casos de presidentes no peronistas que lograran la reelección.
No lo pudieron hacer Alfonsín (que quiso reformar la Constitución) ni Fernando de la Rúa, por la crisis que aceleró el final anticipado y catastrófico de su gobierno. Quien más cerca estuvo fue Macri. Pero pasaron cosas, y allí está el ingeniero mojando su dedo índice y tanteando la dirección del viento para ver si un tropezón de Milei le abre una nueva oportunidad.
Pero es Milei quien dispone en los meses decisivos que vienen de una chance inmejorable para ser el primer presidente no peronista que pueda lograr una reelección. Tiene el destino en sus manos.
Solo debe mostrarse tan hábil con la construcción de la oportunidad política como lo fue con la destrucción del viejo orden económico que tanto rédito le dio. Ese es el desafío del tiempo que llega.
Para eso, tal vez deba mostrarse más flexible, más negociador, menos fundamentalista de lo que se mostró hasta ahora. Hay gobernadores, hay legisladores, hay jueces y hay empresarios que están pendientes de sus movimientos y de sus decisiones.
¿Lo hará? ¿Veremos en poco tiempo al Javier Milei de la construcción política? En su propio gobierno, hay optimistas y hay pesimistas sobre el futuro.
Saul Bellow, un extraordinario escritor judío estadounidense que ganó el Premio Nobel en 1967, siempre respondía lo mismo cuando le preguntaban porque llamaba a los judíos vulgares optimistas.
“Siempre es mejor ser optimista cuando se vive cerca del Vesubio”, decía Bellow, explicando cómo era vivir cerca de un volcán desde los tiempos del Holocausto.
La supervivencia es el arte de los hombres y de los pueblos que saben resistir.
El desafío de Javier Milei es mantener el optimismo de una sociedad que lo ha visto todo. Si lo consigue, también logrará él quedarse cuatro años más.
Pero no es fácil mantener el optimismo en la Argentina, ese país impredecible que siempre parece estar cerca de un volcán a punto de explotar.