La certeza de estar siendo testigo de algo histórico es casi instantánea, hay una alarma interior que te lo indica en el momento justo en el que el hecho sucede. Se eriza la piel, el corazón se acelera y hay algo en el aire difícil de trasladar a palabras.
En la previa de un evento de estas características hay una expectativa creciente, nervios, ansiedad y algunos preparativos de rutina para que sea una jornada placentera. En mi caso (y el de mis amigos Lucila, Guadalupe, Virginia y Alex) el plan fue delineado y distribuido sin margen de error: uno compró las gafas debidamente homologadas para no perder la vista en el intento, otro se encargó de garantizar bebidas y comida para la tarde y la noche, el otro armó el mate (aliado fundamental para cualquier grupo de argentinos que sale a la ruta), otro ofreció coche y dispuso un horario apropiado para salir con tiempo a la ruta y alejarnos lo suficiente de la Ciudad de Madrid para asegurarnos visibilidad 100% del eclipse en un sitio tranquilo y rodeado de naturaleza, y siempre hay alguien encargado de aportar información relevante para vivir este hecho inédito en nuestras vidas.
La franja de totalidad del eclipse pasó por 13 comunidades autónomas de España: Comunidad de Madrid, Galicia, Asturias, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Cantabria, La Rioja, País Vasco, Navarra, Aragón, Cataluña, la Comunidad Valenciana y Baleares.
Decidimos que un buen lugar para disfrutar esta experiencia era La Cabrera. Un pueblo a más de 60 kilómetros al norte de Madrid y con menos de 3.000 habitantes que por una tarde compartió su espacio con miles de personas que vinieron de distintos puntos de España y el mundo, ya que había sido señalado como uno de los mejores puntos dentro de Madrid donde el eclipse total duraría más de un minuto y tendría una cobertura del 100%. Un instante que dura una eternidad.
Una misma escena se repetía en cada grupo que vimos pasar o que teníamos cerca: conservadoras con hielo y bebidas (la temperatura en este punto de España estuvo por encima de los 35 grados y acompañó un sol radiante), bocadillos, papas, y todo tipo de picoteo para aliviar la ansiedad previa y la espera de unas dos horas hasta que comenzara el espectáculo.
Además, en cada grupo había alguien con un móvil (teléfono celular) con una app que al apuntarla al sol te permitía encontrar el spot perfecto para que ni una montaña, ni un árbol complicara los planes a la hora del eclipse.
Después de consultar a presuntos expertos con telescopio, nosotros elegimos una roca con altura, con pocas certezas pero toda la fe del mundo puesta en ese minuto de gloria que estaba cada vez más cerca.
Pasadas las 19.30 la luna comenzó su tan esperado viaje de 'morder' al sol y despertó las primeras reacciones de asombro, para la fase total todavía faltaba una hora y los nervios crecían. También se repetía el relato que caló hondo en los días previos con la campaña de concientización para el uso correcto de las gafas homologadas: chistes, memes, hipocondría y paranoia colectiva por los posibles efectos físicos.
Ya cerca de la hora (con una sensación similar al Año Nuevo o la Navidad cuando sos niño y todo es ilusión), todos los presentes llevaban sus gafas puestas y señalaban frenéticamente a la gran estrella que a cada minuto se veía más apagada, lo que provocó un cambio total en la luz y en la temperatura: afirmábamos con certeza científica que habían bajado al menos 5 grados por la ausencia del sol.
La pregunta repetitiva a esas horas era: "¿Cuándo nos podemos quitar las gafas?". Como en los últimos minutos de un partido de fútbol decisivo (tenemos fresco el recuerdo del último mundial), el tiempo parece frenarse. Había que esperar el momento corona, es decir, cuando la luna tapara completamente el sol y no se viera ni un rastro de su luz.
Silencio. Un instante de emoción, el corazón palpitando fuerte y el cuerpo alerta, intentando capturar en la retina y en el alma esa imagen única que hacía un siglo no ocurría y que teníamos el privilegio de estar viviendo.
Registrar tu alrededor y comprobar que la ilusión que de adultos solemos tener algo anestesiada, revivía efusivamente. No importaba el postureo, ni mantener la compostura o tomar una buena foto: solo vivirlo, emocionarse y regalarse ese paisaje único.
Cuando recuperamos el aliento no tardaron en aparecer los gritos, los aplausos y los abrazos, como cuando se cierra el telón después de un gran show y el público se pone de pie para vitorear a los artistas. En nuestro caso, al sol y la luna.
Afortunadamente, el de hoy ha sido el primero de un carrusel inédito que 'traerá' a España otro eclipse total el próximo 2 de agosto de 2027 y uno anular, el 26 de enero de 2028. Porque después de vivir el primero es natural que cuentes los días para que llegue el próximo. Sabiendo que, aunque no es un espectáculo para ver todos los días, merecemos más milagros como este para mantener encendida la ilusión de la magia.