América Latina y el Caribe enfrentan un reto persistente: crecer más y mejor para responder a las aspiraciones de sus ciudadanos. A pesar de su talento, recursos y capacidad emprendedora, la región ha registrado tasas bajas de crecimiento y productividad durante las últimas décadas. Sin avances significativos, será difícil generar más empleos de calidad, mejores salarios y mayores oportunidades.
En este contexto, la intención de Uruguay de profundizar su relación con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) representa una oportunidad estratégica. No se trata únicamente de acercarse a una organización internacional, sino de aprovechar un espacio de cooperación y diálogo sobre las políticas, instituciones y capacidades que pueden traducirse en más productividad, mejores servicios públicos y mayores oportunidades para empresas y trabajadores.
Este fue el marco de la cumbre ministerial celebrada esta semana en Montevideo entre líderes de países de la región y de la OCDE, con el apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Para el país, este acercamiento ofrece una vía para incorporar experiencia internacional a sus procesos de reforma y, al mismo tiempo, aportar al intercambio los aprendizajes construidos a lo largo de décadas de políticas sostenidas.
La velocidad de los cambios económicos y tecnológicos hace cada vez más valiosa esta cooperación. Ningún país dispone por sí solo de todas las respuestas ni de la escala necesaria para experimentar en cada ámbito. Aprender más rápido, compartir experiencias y reducir los costos de prueba son condiciones esenciales para avanzar. En esa lógica, la relación con la OCDE puede fortalecer la capacidad de Uruguay para adoptar estándares, comparar resultados y diseñar políticas basadas en evidencia, sin perder de vista sus prioridades nacionales.
Las tres prioridades a la hora de decidir sobre la IA
La inteligencia artificial (IA), tema central de la cumbre, ilustra los desafíos que plantea este enfoque. Ya está transformando gobiernos, industrias, cadenas de valor y mercados laborales en todo el mundo. Un estudio del Grupo BID que se publicará en noviembre revela que, en un escenario de adopción amplia de la IA y mejoras significativas en la productividad, el producto interno bruto de la región podría aumentar 5,1% y los salarios hasta un 5,3% durante la próxima década. En un escenario de adopción limitada, los beneficios serían mucho menores. La diferencia dependerá, fundamentalmente, de las decisiones que tomemos hoy sobre tres prioridades.
La primera es crear un entorno favorable para invertir e innovar con confianza. Las empresas necesitan certidumbre para adoptar nuevas tecnologías, lo que exige marcos regulatorios modernos que protejan la información, fortalezcan la ciberseguridad y promuevan la competencia. También requiere infraestructura adecuada: conectividad digital, acceso a datos de calidad y energía confiable.
La segunda prioridad es las personas. Una transformación tecnológica exitosa también se mide por la cantidad de ciudadanos que se benefician. La tecnología cambiará la naturaleza de muchos empleos. Algunos desaparecerán, otros evolucionarán, y también surgirán otros que no existían.
La tercera prioridad es extender la innovación a todo el tejido empresarial. Las grandes empresas suelen contar con más recursos para incorporar nuevas tecnologías, pero el desafío es garantizar que las pequeñas y medianas empresas también puedan hacerlo. Las pymes representan la mayor parte del tejido empresarial de la región y son esenciales para la creación de empleo.
El ejemplo de Uruguay
Uruguay cuenta con bases sólidas para avanzar en esta agenda. Es un referente regional en gobierno digital gracias a casi dos décadas de políticas sostenidas e instituciones como la Agencia de Gobierno Electrónico y Sociedad de la Información y del Conocimiento (AGESIC).
Con apoyo del BID, el país avanzó en plataformas digitales, simplificación de trámites, ciberseguridad, salud digital, uso de datos e inteligencia artificial. También fortaleció su sistema de ciencia, tecnología e innovación. Hoy, esos cimientos son clave para aprovechar la IA de manera responsable, con capacidades propias, reglas claras y un enfoque centrado en las personas.
Profundizar su relación con la OCDE puede ayudar a Uruguay a dar el siguiente paso: aprovechar la experiencia internacional para traducir esas capacidades en mayor productividad, mejores servicios públicos y oportunidades para empresas y trabajadores, y aportar su experiencia a ese intercambio. Por ello, el Grupo BID tiene el compromiso de acompañar a Uruguay en este proceso.
La OCDE aporta estándares, metodologías y mecanismos de revisión entre pares. El BID aporta presencia en los países, conocimiento operativo, financiamiento, asistencia técnica y una relación de largo plazo con los gobiernos. Juntos podemos ayudar a que las reformas pasen del diálogo al diseño, del diseño a la implementación y de la implementación al impacto.