4 de octubre de 2026 10:27 hs

Pedro Sánchez se tambalea.

Pocos hubieran resistido el embate de los escándalos que rodean a su gestión. Las espaldas políticas del presidente español son a prueba de balas. O casi.

La avalancha migratoria de Ceuta le ganó la pulseada al eterno sobreviviente de todas las crisis. La maniobra oportunista sobre los desahucios, con su interminable e indiscriminada batería de medidas, no fue más que eso. Y falló.

Su capital político parece agotado. Aunque con Sánchez es mejor no arriesgarse.

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Pero en paralelo a este proceso de desgaste, también hubo un deterioro económico. ¿Es España todavía la mejor economía del mundo como afirmaba The Economist en 2024?

No. Aunque Sánchez aún saca pecho con los números de crecimiento. Es cierto que el mundo cambió. A la guerra Rusia-Ucrania se sumó el conflicto en Medio Oriente y el tablero geopolítico voló por los aires.

España ya no crece 3,5% como en 2024 pero en el segundo trimestre se expandió a un ritmo interanual del 2,6%, una muestra de resiliencia que la separa todavía del resto. El PBI de la zona euro avanzó 1%.

Ahora, ese “milagro” español sólo fue posible por la inmigración. De hecho, la magnitud de esos flujos migratorios derivó en un aumento de la población que permitió duplicar el crecimiento potencial del país, según JPMorgan.

Son esos hogares que traccionan un PBI que se mueve principalmente gracias al consumo, mientras el sector externo pasó a ser un lastre. Una demanda que por ahora resiste con una inflación que llegó al 5%, la más alta entre las grandes economías y muy por encima del 3,8% de la eurozona.

La inflación ya deja al Gobierno sin mucho margen fiscal

La competitividad de España se sigue erosionando en relación a sus principales socios. El índice de precios armonizado -que permite justamente la comparación dentro del bloque- alcanzó el 5% en septiembre, cuatro décimas más que en agosto.

España queda así bastante lejos de Italia, con el 4,1%; seguida de Alemania, con el 3,3%; y Francia, con 3,4%. Sólo otros cuatro países del bloque tienen una inflación más alta que España: Lituania (6,1%), Bulgaria (5,6%) y Chipre y Luxemburgo (5,2%).

En el bolsillo de los españoles, el rebrote inflacionario que provocó la guerra en Irán también pega con fuerza. Con un IPC de 4,9% en septiembre desde el 4,3% de agosto, el índice se sitúa en el nivel máximo desde febrero de 2023, cuando aún se sentía el efecto de la invasión de Ucrania.

Los productos energéticos se dispararon en el mes un 21,6%, pese a la activación de las bonificaciones del diésel. Los efectos de “segunda ronda” parecen contenidos -más que nada porque los servicios aumentan a una tasa alta cercana al 4% pero estable– aunque los alimentos frescos se encarecieron el 5,8% contra el 4,5% de agosto.

Al Gobierno ya no le queda mucho poder de fuego en materia fiscal para contener el impacto del shock energético después de los paquetes de marzo y de julio.

Medidas que, por cierto, ofrecieron escasa protección. Por empezar, porque la Unión Europea (UE) obligó a Sánchez a retirarlas por ir en contra de las normas comunitarias, con lo cual hubo una serie de marchas y contramarchas. Y luego porque los descuentos impositivos rápidamente eran “neutralizados” por la escalada del combustible.

A diferencia de otros socios europeos, el dinamismo económico, sostenido por el consumo interno, alienta a las empresas a trasladar el aumento de sus costos de producción a los precios finales.

El 90% de los nuevos empleos corresponde a inmigrantes

La economía de España, en efecto, hoy crece gracias al consumo doméstico. Algo que posibilita una aceitada y continua creación de empleo.

Hoy la ocupación está en máximos históricos, con unos 22,4 millones de trabajadores. La clave: el 90% del empleo creado en septiembre correspondió a inmigrantes. El Gobierno se vanagloria y dice: La España de hoy genera cerca de la mitad de los empleos que se crean en la UE.

El número de trabajadores extranjeros acaba de superar por primera vez los 3,6 millones de ocupados, el 16,2% del total. En apenas cuatro meses, el número de afiliados que se incorporaron gracias al polémico proceso de regularización de Sánchez fue de 421.306.

El Gobierno sabe que esos flujos migratorios son los que vienen potenciando y sosteniendo ahora el crecimiento de España.

Pero la medida, que muchas administraciones habían tomado antes pero nunca había alcanzado esta escala masiva, tuvo un costo político alto. Y nadie podía anticipar que poco después estallaría Ceuta.

Es el argumento del “efecto llamada”. Otorgar estos permisos envía un mensaje equívoco a nivel internacional, sugiriendo que la entrada irregular eventualmente se traducirá en un estatus legal. A nivel europeo, los más radicales hablaron de un sabotaje a la política migratoria comunitaria.

En todo caso, volviendo al mercado de empleo, acá hay una hilacha. Estructuralmente los servicios lideran la ocupación y representando más del 70% del empleo total.

El peso de la industria en el PIB y en el empleo registra sus mínimos del siglo. Su aportación, en términos de valor añadido bruto, pasó del 18% en 2000 a menos del 12% .España se aleja del objetivo del 20% fijado para el sector manufacturero por la UE.

Según las últimas cifras de Eurostat, el sector manufacturero español aporta el 11,8% del total del Valor Añadido Bruto (VAB) propio de la economía del país y menos del 10% de la creación de empleos (según el cómputo homologado entre países del mercado de trabajo).

En Alemania, el peso de la industria ya alcanza prácticamente el 20%, mientras que en Irlanda, la meca europea para las filiales de las multinacionales tecnológicas estadounidenses, llega al 31%. Pero también destaca el 16,6% de Italia e incluso el 18% de Polonia.

Las familias sostienen el PBI pero queman ahorros

En esa misma línea, el dato de crecimiento, aunque aún robusto, muestra a un sector externo que resta impulso al PBI. Desde 2013, España tomaba envión gracias al dinamismo de sus exportaciones, con la excepción de la pausa que impuso el Covid.

Sin embargo, aunque hoy las ventas al exterior crecen (aunque mucho menos que antes y desde hace ya un tiempo), las compras sencillamente se dispararon. Si bien se está lejos del desequilibrio de los años previos al 2008, el desfasaje es una advertencia escondida en las cifras de las que se vanagloria el sanchismo.

Entre 1999-2008, el auge de las importaciones llevaron a España a tener el mayor déficit de cuenta corriente en términos de PIB del mundo.

En las estadísticas del segundo trimestre, el desplome de la demanda externa es evidente. Le resta al PIB 0,9 puntos en términos interanuales. Eventualmente, de mantenerse la tendencia, la expansión quedará amenazada.

Y si bien el gasto de las familias está resistiendo, habrá que ver hasta cuándo. Los datos muestran que los hogares sostienen sus planes de consumo a costa de sacrificar su “colchón” de ahorro. La tasa de ahorro de las familias cayó al 11% de su renta disponible en el segundo trimestre de 2026, encadenando seis trimestres consecutivos a la baja.

Es el nivel de ahorro más bajo en más de tres años. Sí, el gasto crece a un ritmo interanual del 7,1% pero los ingresos disponibles lo hacen al 5,5%.

La vivienda es una emergencia en España. Pero la economía hace rato que, aunque el exitismo no se dé por aludido, empezó a crujir.

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