Los estadounidenses se enfrentan a la perspectiva de un crédito más caro. El rendimiento del bono del Tesoro a 10 años —referencia clave para fijar las tasas de hipotecas, préstamos para automóviles y financiamiento para empresas— superó la barrera del 5% y alcanzó niveles no vistos desde 2007. Esta escalada agrava la presión sobre la economía justo en la antesala de las elecciones de medio término de noviembre, donde la administración Trump se juega el control del Congreso.

Antes de este incremento, el rendimiento de los bonos ya venía subiendo y el efecto es claro en las hipotecas. La tasa fija a 30 años llegó al 6,76% la semana pasada, cuando a comienzos de año estaba en 6,15%, lo que aumenta el costo del crédito para la compra de viviendas.

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El ascenso en las tasas también incrementa los intereses que el gobierno estadounidense paga sobre la voluminosa deuda del Estado. Este año se estima que estos pagos superarán el billón de dólares, una cifra mayor al gasto en defensa.

El rendimiento de los bonos ha aumentado en medio de una ola de ventas. Cuando los inversionistas se desprenden de estos títulos, su precio baja pero los intereses que pagan siguen siendo los mismos.

Al costar menos, terminan ofreciendo un rendimiento mayor. La consecuencia es que, para colocar nueva deuda, el Tesoro debe alinearse con ese nivel más alto: no puede emitir bonos a una tasa inferior a la que ya marca el mercado, porque nadie los compraría. De esa forma, la venta de bonos presiona al alza las tasas de interés.

Los inversionistas se están deshaciendo de sus bonos impulsados por una combinación de factores económicos y geopolíticos.

Bolsa de Nueva York

En primer lugar está el conflicto con Irán, que disparó el precio del petróleo por encima de los 100 dólares por barril. Como la energía más cara encarece el transporte y la manufactura, los temores de una mayor inflación volvieron a encenderse, llevando al mercado a anticipar que la Reserva Federal tendrá que subir sus tasas de interés en lugar de recortarlas. Ante la perspectiva de tasas oficiales más altas en el corto plazo, nadie quiere conservar títulos ya emitidos que pagan menos intereses.

A esto se suma la creciente inquietud por las finanzas de Washington. Con una deuda nacional que ya superó los 40 billones de dólares y déficits fiscales persistentes, el Tesoro inunda el mercado con emisiones de bonos en un momento en que los grandes compradores tradicionales, como los bancos centrales extranjeros, muestran menor apetito por absorber esa deuda.

El cierre del estrecho de Ormuz impulsa el precio del petróleo

Además, las gigantescas empresas de tecnología compiten por el mismo dinero disponible emitiendo miles de millones en deuda para expandir la inteligencia artificial, lo que deja a los prestamistas con margen de sobra para exigir tasas cada vez más elevadas para financiar al gobierno.

Este entorno turbulento ha estado presente en los últimos meses. El rendimiento del bono a 10 años se ubicaba en 4% en febrero, pero una vez que estalló la guerra en Irán empezó a escalar, situándose en 4,5% en mayo hasta tocar el 5% esta semana.

La recompra

La administración Trump ha intentado frenar el alza de las tasas interviniendo de manera directa en los mercados financieros. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, actuó la semana pasada comprando bonos por un valor de 6.000 millones de dólares, pero la medida no fue suficiente para calmar a los inversionistas y evitar que siguieran vendiendo sus títulos.

“La decepción del mercado radica en que el Tesoro pareció querer hacer las cosas a bajo costo, casi regateando centavo a centavo, lo cual es incompatible con una postura decidida de hacer lo que sea necesario”, dijo al Financial Times Mark Cabana, jefe de estrategia de tasas para Estados Unidos de Bank of America. “Si vas a intervenir, debería importarte más mover el mercado hacia una dirección clara que el precio que estás dispuesto a pagar”, añadió.

Scott Bessent secretario del Tesoro

Para los analistas hay una realidad más profunda: la época del dinero barato llegó a su fin. Durante más de una década tras la crisis de 2008, los bancos centrales mantuvieron el costo del crédito bastante bajo, pero ese modelo empezó a desarmarse en 2022 con el regreso de la inflación tras la pandemia y la guerra en Ucrania.

La brecha es contundente: hace cinco años, el rendimiento del bono a 10 años rondaba apenas el 1,3%, mientras que hoy supera el 5%, devolviendo a la economía a un escenario de tasas más elevadas.

“Lo que les hemos estado comunicando a nuestros clientes es normal por más tiempo, lo que significa que estos factores han llegado para quedarse”, dijo a CNN Luis Alvarado, codirector de Estrategia Global de Renta Fija en el Wells Fargo Investment Institute.

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