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En la historia de la literatura epistolar, algunas cartas no son solo intercambios de noticias o afectos entre corresponsales. A veces, son manifiestos artísticos y estilísticos.

La correspondencia de Henry Miller (1891-1980), el novelista y cuentista estadounidense, especialmente su Book of Conversations with David Edgar, es un ejemplo perfecto de esta categoría intermedia entre la carta personal y la obra literaria.

En los años en los que Miller publicó algunas de sus obras más reconocidas, como Trópico de Cáncer, Primavera negra y Trópico de Capricornio, escribió y ilustró a mano seis conocidas "cartas largas e íntimas en formato de libro" dirigidas a sus amigos, entre ellos Anaïs Nin, Lawrence Durrell y Emil Schnellock. De estas cartas, tres se publicaron en vida de Miller, dos después de su muerte, y una, dirigida a David Forrester Edgar (1907–1979), permaneció desconocida, sin publicarse y en manos privadas, hasta que recientemente fue adquirida por la Biblioteca Pública de Nueva York.

Sus primeros libros, y en particular Trópico de Cáncer, fueron objeto de intensas críticas por su explícita libertad sexual, lo que desembocó en un famoso juicio por obscenidad cuando finalmente fue publicado en los Estados Unidos en 1961 por la editorial Grove. Más tarde, Miller se mudó a Big Sur, California, donde siguió escribiendo y pintando hasta su fallecimiento en 1980.

Nacido en Brooklyn, Nueva York, Miller pasó sus primeros años en Estados Unidos, pero fue en París donde se consolidó como figura literaria. Durante sus días en la capital francesa, que comenzó en 1930, se unió a una comunidad de artistas y escritores.

El 17 de marzo de 1937, Miller comenzó a escribir un texto en una maqueta de impresora, un modelo en blanco utilizado por los impresores para verificar cómo se verá y sentirá el libro final. En esas primeras veintitrés páginas, Miller se dirigió a David Edgar, un joven expatriado estadounidense que lo había guiado, de manera algo accidental, hacia nuevos caminos de pensamiento, que incluían “los secretos del Bhagavad Gita, los escritos ocultos de Mme Blavatsky, el espíritu del Zen y las doctrinas de Rudolf Steiner”, según escribió Michael Paduano en The Paris Review, un académico y archivista canadiense, que ha escrito prólogos para ediciones nuevas de obras de Miller y que se dedicó a un amplio estudio basado en archivos sobre el proceso creativo de Miller.

A este texto es el que llamó The Book of Conversations with David Edgar. Durante las siguientes seis semanas y media, Miller añadió ocho entradas más con fechas, además de dos acuarelas pequeñas y un dibujo a tinta.

El resultado fue algo más que una carta personal, pero menos que una obra narrativa completa: una forma híbrida de prosa literaria. Según se sabe, Miller nunca intentó que este texto fuera publicado, y la única copia existente es el manuscrito original, que ahora forma parte de la Berg Collection en la Biblioteca Pública de Nueva York.

Edgar llegó a París entre 1930 y 1931, inicialmente con el propósito de dedicarse a la pintura, y probablemente conoció a Miller durante la primera mitad de 1936. A los 29 años, Edgar era 15 años menor que Miller. Se integró al grupo de escritores y artistas que se reunían en el estudio de Miller en la 18 villa Seurat. Su fascinación por el budismo Zen, el misticismo, la teosofía y lo oculto pareció inspirar a Miller a emprender su propio camino espiritual, lo que lo llevó a plasmar sus descubrimientos en su escritura.

Miller dejó París en mayo de 1939, y Edgar también regresó a los Estados Unidos. Hay una carta que fecha el 17 de marzo de 1937 de la que Miller guardó una copia hasta su muerte. Y ahí no solo se dirige a su amigo Edgar, sino que también reflexiona sobre el significado del diálogo, el pensamiento y la percepción de la realidad. Es la carta como un acto de recreación del pensamiento.

En el momento en que Miller escribió esa carta, ya era un escritor consolidado. Para ese entonces, había comenzado a explorar más profundamente conceptos como el Zen, el misticismo y la teosofía, influenciado por su entorno intelectual y sus lecturas. Y, probablemente, por Edgar.

"Si hago aquí un intento débil de preservar la llama de nuestras conversaciones, es en parte para tu propio beneficio, mon cher Edgar”, escribe Miller en las primeras líneas. E intenta capturar el "aroma" de sus conversaciones pasadas: “En el pasado tuve muchas conversaciones, muchas discusiones con otras personas, y fueron acontecimientos muy importantes en mi vida, y tal vez también en la vida de esas otras personas. No queda de ellas nada más que el aroma, la fragancia, el aura".

Fija en la escritura algo que por su naturaleza es inasible: dejar registro de la conversación. Pareciera, de a poco, que Edgar se convierte un espejo de las propias inquietudes de Miller.

Uno de los temas más interesantes que emergen de esta carta es la visión de Miller sobre la conversación como un ejercicio de creación. No se trata de un intercambio de ideas terminadas, sino un proceso vivo que late, que araña, que camina. "Nosotros no resolvemos nada. Es decir, no más de lo que resolvió Sócrates, o Goethe al hablar con Eckermann. No más de lo que resolvió Buda al meditar bajo el árbol sagrado”, escribe.

También escribe cosas como esta: "Dios es esquizofrénico, como bien has dicho".

Y estas:

"(...) los placeres de la conversación, que a mi parecer es un arte que implica creación espontánea, o bien nada".

"Y si ahora te devuelvo un reflejo de tus entusiasmos, no es nada más que la pequeña Biblia que has creado en mí mediante el acto de la revelación".

"Todo se presenta a la mente en forma de dicotomía. Esto no es extraño si se piensa que la conciencia de los 'opuestos' no es más que un medio para hacer consciente la necesidad de tensión, de polaridad".

"La respuesta de hoy a las preguntas de ayer sigue atrapada en el rodillo de la máquina de escribir. ¿Qué hacer?".

"Quiere una pierna de verdad para tener una excusa para quejarse. Ahora bien, como cualquier científico te dirá, la pierna de verdad, por supuesto, está en el cerebro. Por eso puede doler incluso cuando falta".

Es que para Miller, la comprensión del universo no se da a través de respuestas definitivas, sino de la tensión entre opuestos. La idea de un Dios que no duerme, que no piensa en el pasado ni en el futuro, sino que está en un estado perpetuo de "hacer". La ironía y el juego lingüístico, además, como forma de entender un mundo en el que la certeza es inalcanzable.

La carta del 17 de marzo de 1937 es una extensión del pensamiento de Henry Miller en su estado más puro. Allí está su visión del diálogo como una forma de exploración filosófica, su fascinación por la lucha interna como motor del crecimiento personal y su habilidad para jugar con el lenguaje.

Si algo deja claro esta carta es que para Miller la belleza de la conversación no radica en llegar a una respuesta, sino en el acto de preguntar.

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La belleza de las cartas Henry Miller