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José Ovejero escribe muy bien. Es algo que sucede desde hace ya unos cuantos años (ganó el premio de poesía Ciudad de Irún en 1993) pero que se empieza a saber en toda hispanoamérica a partir del premio Alfaguara de novela, este año. En 2012 había ganado el premio Anagrama de ensayo, por La ética de la crueldad. En 2005 había recibido el premio Primavera, de novela, por Las vidas ajenas.

Llegó a Uruguay en el marco de una gira de promoción de su última novela y conversó sobre el arte de escribir, los autores que envidia, el lector, él mismo como personaje y el temor de ver a su protagonista en la pantalla grande.

¿Ha ganado premios en todos los géneros?
Casi.

¿Qué le falta?
Me falta el premio de cuentos. Es curioso, porque yo siempre había pensado que allí era donde yo ganaría premios, que esa era mi especialidad. Y sin embargo es lo único que no he conseguido. Bueno, tampoco es que lo persiga, ya. Pero me llama la atención porque yo siempre pensé que lo que yo mejor hacía era escribir cuentos.

Leyendo La invención del amor parecería que fue fácil, como si fuera la libre respiración de la inteligencia.
Hombre, eso es un gran piropo. Para que parezca fácil tienes que ponerte las cosas difíciles. Para conseguir esa naturalidad, ese ritmo, en el que las ideas estén bien trabadas y bien trabadas con la acción y con las escenas, lo que se requiere es trabajo, fundamentalmente. Es corregir mucho. Es escribir una escena y reescribirla y volverla a escribir.

¿Se considera amigo del lector?
Bueno, un amigo al que le gustan las relaciones conflictivas. Yo creo que al lector hay que molestarlo. Los libros que me gustan son aquellos que ponen en tela de juicio lo que pienso, lo que creo, lo que sé, mis hábitos. La amistad con el lector tiene que estar plagada de conflictos.

¿Cómo sería José Ovejero como personaje?
Todos me preguntan si soy Samuel. Y no, no soy Samuel. Por muchos motivos. Pero sí hay un par de rasgos en los que coincido con él. Probablemente, como Samuel, yo sería ese tipo que no está ahí mezclado, sino que observa. Con esa mirada entre distanciada e irónica, pero también curiosa. Sería un personaje que no hablaría mucho, pero que de pronto sí tendría como momentos en los que sacaría un montón de cosas fuera. Sería un personaje conflictivo, con el mundo que me rodea. Quizás también en ese sentido Samuel tiene algo de mí.

¿Siempre termina lo que empieza?
No. Por desgracia, no. Tengo novelas por ahí muertas. Cincuenta, 60 páginas de tal novela. No es que no estuviera consiguiendo extraer una historia interesante desde ese punto de partida, sino que te das cuenta de que ese punto de partida no te va a llevar a nada interesante.

¿Algún escritor que envidie?
A muchos. Envidio algunas páginas de John Coetzee, la radicalidad de Phillip Roth, envidio el ritmo de Don DeLillo. En Roth es ese hacer lo que quiere hacer, con esa sensación de que parece que le da igual lo que piense el lector; él va a contar lo que tiene que contar. Si te quiere contar la libinidosidad de ese anciano en el que se ha convertido y su impotencia, te lo cuenta. Que son cosas que uno evita, que uno no contaría de sí mismo. Pues a él le da igual. Le interesa la novela que está escribiendo. Y eso me parece envidiable.

Debo entender que usted se detiene ante determinados abismos...
Pero precisamente porque envidio a Roth, porque lo admiro, intento no detenerme. Cuando de pronto me entra esa censura interior que todos tenemos, decirme, “no. no, Roth no se detendría. Roth sería feroz´. Entonces, inténtalo tú también.

¿Un autor uruguayo?
Hombre, Onetti. A Onetti lo descubrí más tarde que a los demás del boom. Y me fascina. De hecho en el ensayo La ética de la crueldad le dedico un capítulo, sobre todo a El astillero.

¿Hay confesiones ocultas en su obra?
Sí, lo que pasa es que como las pongo en boca de distintos personajes o en momentos en los que el lector no se puede identificar… están muy ocultas. Y no las voy a revelar.

¿Su próximo trabajo?
No lo sé. No estoy escribiendo ahora. He decidido disfrutar la promoción en vez de sufrirla. Lo voy consiguiendo. Lo unico que estoy haciendo es escribir un blog para El País (de España) sobre el viaje de promoción. Eso me permite cada día decir, “a ver, siéntate un momentito, ¿qué has hecho? ¿qué has visto? ¿qué has aprendido? Es un viaje muy raro, porque casi no ves las ciudades pero oyes a la gente.