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El cuarto puesto que Uruguay logró en el Mundial de Sudáfrica fue el golpe de impacto que necesitaba la revolución que vive el fútbol uruguayo desde ya hace una década. Una revolución deportiva y cultural que empezó en silencio, que tuvo diferentes protagonistas y que a su manera fueron transformando viejas prácticas para imponer nuevos modelos, sin perder la esencia de un fútbol ganador y que permiten a Uruguay volver a transitar con la frente en alto y mirando a todos a los ojos sin tener que bajar la cabeza por ninguna razón.
Juan Ramón Carrasco primero, porque fue el pionero aunque su invento lo completaron otros antes que él –JR sigue peleando contra su forma de ser que cada tanto lo revuelca–, Ricardo Alarcón, Óscar Washington Tabárez y luego, o paralelamente pero impulsados por los antes mencionados, Diego Aguirre, Diego Forlán, Luis Suárez, Diego Lugano, Sebastián Bauzá, establecieron, cada uno a su manera y en su área, nuevas costumbres, que contagiaron al resto. Obviamente, en este proceso de mutación, es necesario detenerse en los nuevos hinchas del fútbol uruguayo, en la juventud, que se transformó en un aliado de lujo para los vientos que soplan y un disparador para cambiar una tribuna gris y pesimista, en una colorida y optimista, medida, sensata, sin exigir más de lo que la realidad puede brindar y sin esperar más que lo que el trabajo y la disciplina son capaces de dar al fútbol uruguayo.
Como en todas las revoluciones, la historia recordará a los nombres mencionados, pero también tendrá que hacerle un lugar y rendirle homenaje a los miles de jóvenes hinchas anónimos que ayudaron para transformar el espíritu deportivo y cultural de un país. Porque es a través de estas patriadas, la de la selección en Sudáfrica, la de Peñarol en la Copa Santander Libertadores, la de Alarcón en Nacional, la de Bauzá en la AUF, donde comienza a crecer esperanza.
Hay que aprovechar el impulso que vive el fútbol uruguayo para seguir construyendo y creciendo. Hay que imitar los buenos ejemplo, como el de de Sebastián Abreu, que se alegró por el éxito de Peñarol, porque beneficia a todos, porque levanta el nivel y porque contagia a Nacional a imitar lo que hizo Peñarol. Como Peñarol imitó en marketing todo lo productivo que realizó Nacional. No faltaron los hinchas que recriminaron la actitud de Abreu, es lógico, todavía quedan grises y egoístas que emparejan para abajo, pero cada vez son menos y les queda poco lugar en el fútbol uruguayo.