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Luisa Salvia es una uruguaya que trabaja en el hotel Hampton Inn de Nueva Orleans, Estados Unidos. Es testigo del huracán Isaac, que todavía amenaza a la ciudad estadounidense y que siembra el temor, siete años después de uno de los fenómenos meteorológicos más devastadores de los últimos tiempos en aquel país: el huracán Katrina.

Luego de los pronósticos, "entre domingo y lunes, mucha gente se fue. Se tenía mucho miedo por la tormenta", contó Luisa a El Observador. En el fin de semana muchas personas se fueron de la ciudad "con mucha tranquilidad", según explicó.

Las tiendas y comercios comenzaron a vaciarse, y el combustible incrementó de manera abrupta su precio. "Subió a más de US$ 4 el galón cuando antes valía US$ 3.10", señaló.

"El viento fue aumentando, la lluvia también. Salí varias veces y cada vez se ponía peor", dijo.

El lunes se fueron a dormir, pero, a la 1 de la mañana se despertaron porque "las ventanas y los vidrios temblaban". Ellos están en el piso 8 del hotel y en frente hay un parque, donde veían cómo la intensidad del viento movía árboles y cualquier objeto que estuviese en el piso. "Daba miedo verlo", cuenta Luisa.

"Volvimos a acostarnos pidiendo que se callara o que no se rompieran las ventanas, pero a las 4.30 de la mañana nos levantamos y fuimos al lobby (del hotel). Salimos, pero como salimos entramos. El viento te movía como un papel o una hoja de un árbol", apunta Luisa.

El martes por la tarde, se calmó. Salieron a caminar unas cuadras, se abrieron algunos restaurantes, a donde fueron a comprar comida. "Por la calle se veía tranquilo, aunque muchos árboles y muchas ramas tiradas", expresa Luisa. También había muchos policías y soldados en las calles.
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