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En los últimos 20 años, 125 películas fueron nominadas a mejor del año por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. De ellas, apenas 21 contaban historias de mujeres como eje central de la trama. El número no me sorprendió. Jamás vi una película uruguaya con la cual me sintiera identificada. He sentido emoción, miedo, tristeza o alegría, pero nunca experimenté la catarsis griega con el cine nacional. Quizá por eso me gustó tanto la argentina nominada al Oscar Relatos salvajes, particularmente el segmento final, “Hasta que la muerte nos separe”, mi favorito.

Las reacciones de la novia son delirantes pero extrañamente cercanas, mientras que las de sus amigas y la amante de su flamante marido son el toque de realismo necesario para dar credibilidad al personaje de Érica Rivas. Cuando la novia llama a la amante para comprobar su identidad, esta última se ríe de la situación, con una actitud más divertida que nerviosa, tapándose la cara sin sentido. Es tan natural esta secuencia que llegué a pensar que era demasiado trivial como para que fuera mi ejemplo recurrente de por qué me gustó Relatos salvajes.

Sin embargo, una novia despechada y su amante sin remordimientos no son menos dignas de ser retratadas que un grupo de amigos haraganes, unos jubilados en busca de desafíos o empleados con tareas rutinarias. Por eso, cineasta uruguayo, como dice la novia: “Filmame esto, Nestor”.

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