ver más

Antes de que desde el alto mástil de la carabela alguien gritara “tierra”, las mujeres tainas levantaban sobre sus cabezas los cacharros de barro repletos de papas dulces para cocinar.

Como si el tiempo solo hubiese introducido los automóviles a la escena, las descendientes de los esclavos africanos que repoblaron la isla cuando las tribus fueron exterminadas hoy continúan llevando a cuestas las frutas para comer o venderlas en el mercado.

Si no es transportando la cosecha antes de que caiga la tarde, a los jamaiquinos se los ve fumando tranquilamente ganja (marihuana) parados o sentados en la puerta de ranchos a medio terminar, pintados con los colores de la bandera de Etiopía. Cuando se mueven, lo hacen bamboleándose con el reggae, el que escuchan siempre a un volumen ensordecedor.

A los ojos de los viajeros proyectan una mirada que repite el despreocupado lema de la isla: no problem (no hay problema).

Los siglos de colonización y el capricho caribeño resultaron en una Jamaica negra que cambia a verde cuando se mira las colinas o a turquesa cuando se mira el mar. Sin embargo, una infinidad de colores inundan la vista: el fucsia del paraguas de la mujer que lo lleva abierto por el sol y por la lluvia, el gris del uniforme de los escolares, el arcoíris en las alas del colibrí (el ave nacional) suspendido en los pétalos rojos del hibisco (la flor nacional).



“Love, peace, unity and respect” (amor, paz, unidad y respeto) es el saludo característico de los jamaiquinos


Un día cualquiera comienza con una oración a Jah y si es domingo se va a la iglesia. La mayoría de los jamaiquinos son bautistas y, para entrar al templo, las señoras usan vestido y sombrero y los hombres llevan traje. En la capilla de Hopewell, cerca de Montego Bay, el reverendo da el tono y empieza a sonar el rock cristiano del coro y los fieles elevan sus brazos al cielo como alabanza al Señor porque ahuyenta los huracanes desde hace 22 años.

La mañana continúa con una larga caminata en búsqueda de agua potable. Quienes no viven en la ciudad, o no construyeron su techo con canaletas, deben escalar las pendientes con recipientes para recoger el agua de lluvia que cayó en una superficie de cemento con la forma de medio embudo.

A la calle salen vestidos con poca ropa para soportar los rayos solares que queman a 40º C.

Solamente los que viven en la ciudad tienen automóviles o bicicletas. Para salir del medio de la sabana, o de los pequeños pueblos costeros como Lucea o Savanna-la-Mar, transitan los caminos sin banquinas a pie, por la misma senda en la que van los vehículos, sin saber si a la vuelta del recodo viene uno de frente.

Las casas edificadas en las faldas parecen que fueran a desbarrancarse, pero –por como lucen– hace tiempo que aguantan. Parece mentira que a poco más de un kilómetro de distancia estén los barrios privados, en los que famosos como Ralph Lauren pasan las vacaciones en sus propias canchas de golf y ven desde sus balcones únicamente las postales de Jamaica.

En la ruta

A una hora y media del aeropuerto de Montego Bay, las carreteras bordeadas por la caña de azúcar –el oro dulce de Jamaica– llevan hasta Negril, el pueblo elegido por los hippies en la década de 1970 y que todavía conserva cierto aire desenfadado. La costa está rodeada de despeñaderos desde los que se arrojan los nativos y los turistas locos. El punto más conocido para hacerlo es en Rick’s Cafe. El mar tiene las aguas más transparentes y cálidas en las que los pies humanos pueden bañarse.

Si bien las distancias son cortas, siempre hay una hora o dos de viaje adonde quieras que vayas, por el pésimo estado de las carreteras que dan mil vueltas a las colinas. A esto se suman las caprichosas condiciones climáticas por las que cualquier viaje puede comenzar con sol, ser interrumpido por la lluvia, y continuar con resplandor. Y, por si fuera poco el riesgo de viajar en el borde de una pendiente y por la izquierda –herencia de los ingleses–, los conductores, absolutamente todos los conductores, manejan sin la menor preocupación por la vida terrena.

Los jamaiquinos gritan para venderles a los turistas, los van a buscar y casi los obligan a entrar a sus negocios tomados del brazo. En los semáforos se vende absolutamente de todo.

La sensación es la contraria al estilo hassle-free (libre de molestias) que te aseguran los resorts. La verdad es que intimidan, pero después enseñan su sonrisa blanca y preguntan de dónde vienes y dónde queda Uruguay. El resto de la conversación es una pulseada de regateo.

Alimentos para el alma

Por cualquier recoveco se escucha el pregón de que por 10 dólares se puede comprar ganja.

Arraigada en la cultura popular, las plantas de marihuana crecen al borde de la calle como acá lo hacen los plátanos. Frente a una escuela había un arbusto de por lo menos dos metros de alto. En cualquier lado se fuma y se vende.

Los vendedores están dispuestos a bajar el precio a 1 dólar. Hasta pasan el cigarro por debajo de portones si no pueden entrar a donde esté el potencial cliente. Para la mayoría, la marihuana es un complemento a su esencia jamaiquina. El joven guía del Mausoleo de Bob Marley confesó que está por fuera del mercado de compra-venta de los cigarros, los que pueden medir más de 10 centímetros de largo y 1,5 de ancho. Él la planta en su jardín para el abastecimiento familiar.

Tampoco la fuma. Explica que no quiere padecer cáncer de pulmón. Por eso la come en tartas o en dulces. “De esta manera los nutrientes pasan directamente a mi cuerpo y me purifican”, explica. Su receta favorita es mezclarla con chocolate.

Y hablando de comida, no importa si la comida es jamaiquina, japonesa o europea, siempre tiene el sabor local, es decir, picante. Sin aviso probé la típica pattie, una especie de empanada chata de carne o vegetales. El aliento se convierte en fuego. “Bienvenida a Jamaica”, se te ríen los locales cuando te ven la cara.

Al respecto, dejo aquí algunas advertencias para evitar sorpresas e indigestiones.

La fruta nacional es el ackee y está lejos de ser dulce. Al cocinarse adquiere el sabor de los huevos revueltos. Otros productos típicos son la sopa de callaloo, una mezcla de diferentes tipos de carne asada, el quibombó que es un fruto que se emplea para espesar los guisos y el bammy, un pan redondo y frito elaborado con mandioca.

Entre sus condimentos más representativos está la salsa jerk para la carne y el pescado. Está compuesta por cebolla, escalonia, tomillo, pimienta, canela, nuez moscada, distintas variedades de ají y sal. El resultado es explosivo. Debe ser por eso que me confiscaron un frasco en el aeropuerto de Miami.

El santuario

A otra hora y media de Montego Bay, en plena área rural de Jamaica –debo decir aquí: la verdadera Jamaica, la que nunca conocerás si te quedás en el all-inclusive–, está Nine Miles, ciudad natal de Bob Marley, héroe nacional y admirado de la misma forma que Jesucristo. El tour por su casa, hoy mausoleo y museo nacional, es una parte ineludible del viaje a la isla, aunque tengo mis reparos de si es un buen homenaje. Lo digo porque, en mi opinión, es extraño que te permitan recostarte en la mismísima cama de Marley, adornada con una colcha mustia. Y, sinceramente, me molestó que algunas de las paradas del tour sean “donde la madre le festejaba el cumpleaños”, o “en esta piedra se sentaba a componer”, aunque exista una explicación. Según cuenta el guía, que en un tris se tira al piso, es la piedra que usaba como almohada y que es nombrada en la canción Talking Blues: “Cold ground was my bed last night/ and rock was my pillow, too”.

Sin embargo, se nota que para muchos visitantes es una peregrinación. Antes del entrar al dormitorio, el guía da golpes en la puerta, pidiendo permiso. El tour termina en la tumba de Bob Marley, donde hay que quitarse los zapatos en señal de respeto y donde no se permiten fotografías. Sus restos descansan dentro de un cubículo de mármol blanco y sobre él está colgada la primera guitarra del artista.

Las puertas y ventanas de la casa, un horno de piedra, y un cartel que dice “Bob Lives” sobre el pasto, están pintados de rojo, amarillo y verde, los colores de la bandera de Etiopía, que se repiten en cada rincón de Jamaica. La isla, además de ser la isla del café y las especias y del ron –principalmente del ron–, también es la isla del color. Y cada uno tiene un valor simbólico. El rojo es la sangre derramada por los mártires negros africanos, el amarillo representa la riqueza que África tiene para ofrecer y el verde es la madre naturaleza.

Una particularidad del lugar es que adentro no se puede fumar tabaco, pero sí ganja. Allí mismo se puede comprar la que se cultiva en el jardín de Bob Marley. A la salida del mausoleo, los rastafaris vagabundos ofrecen fotografiarse por 20 dólares con el pelo encasquetado en su tam, el característico gorro de lana, o por 100 dólares con las rastas enmarañadas sueltas hasta el piso. Se puede regatear, o meter un zoom gratuito.

Mitos y leyendas

Pero hay otra casa famosa en Jamaica. Una casa que atemoriza a los niños cuando escuchan su nombre. En ella habita una leyenda de misterio y muerte.

Rose Hall Great House fue la más grande plantación de caña de azúcar que su dueña, Anne Palmer, convirtió en un infierno.

Parece una casa como cualquier otra de la época, con balcones hacia el mar Caribe y caminos empedrados. Una mansión señorial restaurada que con su visita recuerda la opulencia británica que vivió la isla durante los siglos XVIII y XIX. Se erigió en una colina de Montego Bay, rodeada de 290 acres de caña de azúcar.

Era un paseo que prometía el aburrimiento de ver muebles barnizados. Sin embargo, las altas paredes de Rose Hall Great House encierran algo más que la fortuna de la familia Palmer: confina sus secretos y desgracias, pero sobre todo, el trágico destino de cientos de esclavos, maridos y amantes que fueron cruelmente asesinados a manos de Anne, una mujer a la que llamaban la Bruja Blanca de Jamaica.

Las atrocidades que allí ocurrieron terminaron el día en que un hombre se cobró la venganza de todos. Primero la enamoró y luego la mató. Pasaron 130 años desde que tapiaron su tumba hasta que alguien se interesó por la casona que ya estaba en ruinas. El empresario John Rollins gastó 2,5 millones de dólares en su restauración para abrirla a todo el público, pero para el selecto, le ofrece un alojamiento cercano de lujo con canchas de polo, golf y playa privada con arrecifes de coral.

Aunque los dormitorios de Rose Hall bien podían utilizarse para las estadías de una exigente clase alta, no existen los valientes que quieran pasar ahí la noche. Los lugareños afirman que varios espíritus rondan los jardines que llegan hasta el mar Caribe. En patois –dialecto jamaiquino– los llaman duppies y los hay amigables y de los otros, como los de los esclavos abusados y el de Anne Palmer.

Destino para piratas

Jamaica, además de Bob Marley, la marihuana y los piratas, es también mundialmente reconocida por ser uno de los mejores destinos para una luna de miel, aunque la mayoría de los visitantes prefiere dar rienda suelta a sus más bajos instintos.

En los hoteles Hedonism está todo pensado para que sus huéspedes tiren la chancleta. La cadena hotelera SuperClubs fue pionera en ofrecerles a sus visitantes un sistema de todo-incluido con el agregado de todo-permitido. Por eso advierten a sus visitantes: “No llames a tu madre”.

Las instalaciones en Negril son escogidas por gente de “mente abierta”: solteros, homosexuales, swingers, nudistas y naturalistas de todo el mundo. El eslogan de la casa es “sea travieso por una semana” (be wicked for a week). Y ahí la única transgresión es andar vestido.

En los bares de las piscinas siempre están sentados grupetes de borrachos –recordemos que en Jamaica hay ron hasta en el yogur del desayuno– con TODO a la vista que gritan guarangadas a quien pasa vestido. Yo opté por decir I don’t speak english.

Hay tres zonas bien diferenciadas: la del nudismo obligatorio, la del nudismo opcional, y la de los restaurantes, a los que hay que llevar algo de ropa por una cuestión de decoro.

En la playa, los animadores del Hedonism organizan juegos de todo tipo a medida que el alcohol va haciendo sus efectos, por ejemplo, el “pícaro juego de la botellita”, “body painting erótico”, y culminan la tarde con la selección del “Señor y Señora Nudista” entre los más dotados.

En la discoteca hay que llevar ropa, pero alcanza la ropa interior para respetar la norma. Esa noche eran varias las cincuentonas ataviadas con lencería guerrera para ver si pescaban carne fresca; y a pesar de que no poseían el cuerpo de una de 20, tenían bastante éxito. Por eso la otra advertencia: “Tarde o temprano, pasará” (sooner or later, it’s gonna happen).

Cuando dos o más huéspedes se ponen de acuerdo en llevar la nueva relación al siguiente nivel, se dirigen a una habitación. Las camas son todas king-size, en el techo hay un espejo, al igual que arriba del jacuzzi. Todas tienen cajas de seguridad individuales. La confianza no llega a tanto.

Con tanto contacto y tentación, muchos pasan directo de la playa a la capilla sin tiempo ni para ponerse el velo y la corbata. El Hedonism tiene el récord mundial de mayor número de casamientos nudistas simultáneos: 30 parejas. SuperClubs pone los testigos. Ay, sí señor, lo que pasa en Jamaica, se queda en Jamaica.


Tierra de primaveras

El nombre que se le dio a Jamaica proviene del lenguaje arahuaco. Ellos la habían bautizado como Xaymaca, que quería decir tierra de primaveras. El nombre oficial se registra en 1511 bajo el argumento de que en las primeras crónicas encontradas de españoles tendían a sustituir la “x” por la “j”. El mismo Cristóbal Colón llamó a la isla St. Jago (Santiago).