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Su madre, Mabel, recibe a los periodistas de Referí y los invita a pasar a la cocina. "Vayan para allí, porque Alexis se va a sentir más cómodo en ese lugar", le dice, mientras les indica el camino. Una mesa y seis sillas de madera hacen de escenografía perfecta. "No, ahí dejen a Alexis. Ese lugar es el que le queda más cómodo", apunta.

Enseguida llega su padre, Wilson, quien explica que Alexis ya viene. "Se está terminando de aprontar", puntualiza. Mabel le ofrece un café a los periodistas, galletitas y bizcochos, pero con una advertencia. "Por favor que los bizcochos no queden cerca de Alexis", señala. La última vez que estuvo en Montevideo, en diciembre, terminó internado. Pudo haber sido por el clima, el estrés o la alimentación. Lo único que puede controlar ella es la última, y por eso cuida cada detalle. De pronto el sonido del metal de las muletas, cuando impactan en el suelo, anuncian su llegada. Alexis Viera saluda, se acomoda en la silla y deja sus apoyos para caminar a un costado, contra la pared. Enseguida mira la televisión y se detiene a observar los goles de Nacional y Banfield, del partido que jugaron el jueves en Paysandú, que en ese momento emitía Fox Sports.

Mucho pasó desde aquel 25 de agosto de 2015 cuando fue baleado en Cali, donde jugaba, a la salida de un banco y cuando llegaba a su casa. Esa situación lo llevó a correr riesgo de vida y a recibir el dictamen de los médicos de que no volvería a caminar. A partir de allí, inició un camino cargado de sufrimiento y recompensas.

Explica que desde diciembre no estaba en Uruguay. Sin embargo, confiesa la alegría y el orgullo que sintió el jueves de tarde, cuando un auditorio de 150 personas –funcionarios de Pepsico– en la Quinta de Arteaga le expresó su admiración y respeto por lo que acababa de transmitir durante 90 minutos –como si su vida estuviera atada a un partido de fútbol–, sobre la forma en que el hombre es capaz de sobreponerse a la adversidad.

Ese jueves de tarde llegó a su casa una hora después de lo previsto, porque entre los libros que autografió para más de 50 personas y las fotografías que se tomó con quienes se asombraron con su historia, se le fue el tiempo. Llegó agotado y se fue a descansar. Por esa razón el día después fue difícil. "Me desperté mareado y con náuseas. Otras veces con el estómago revuelto y malestar en el cuerpo. Además, desde el ombligo hacia abajo tengo un ardor en mis piernas y picazón desde los tobillos a los pies, como si estuvieran dormidos y me picaran hormigas. Esa sensación de dolor la tengo todo el día. Muchas personas que están en la misma situación que vivo yo, me preguntan cómo puedo soportar y resistir el dolor. ¿Cómo hago? Porque algunos de ellos me dicen que ya no quieren vivir más, que esperan la muerte, porque no resisten más el dolor. Y les digo que el fútbol me enseñó a tener tolerancia al dolor, pero lo que siento hoy no es ni el 1% de lo que sufría cuando jugaba desgarrado o con una lesión en la rodilla. Obviamente que la tolerancia también tiene un límite. De todas formas, lo importante en todo esto es tener la cabeza ocupada, no enfocarse en el dolor, hacer cosas, y eso es lo que hago en Colombia", puntualiza.

Y empieza a desgranar la charla que el jueves de tarde brindó a los funcionarios de Pepsico, hasta donde llegó a través de una gestión que hizo su amigo Carlos Pisano, en una inédita experiencia en Uruguay –en Colombia ya brindó más de 40– y que recibió con alegría. "Les hablé sobre los cinco pasos para sentirse bien, incluso en los momentos más difíciles. El primero es el perdón y limpiar el corazón; segundo, estar preparado para lo bueno y para lo malo; tercero, tomar el control de la situación, quién lo toma, un líder; cuarto, el enfoque; quinto, la fe, porque una persona sin fe no tiene nada. ¿Qué es la fe? Es la certeza de lo que no se ve, estoy convencido de algo que va a pasar pero todavía no pasó. En la vida hay solo dos caminos, dos caminos que se pueden entender así: el bueno o el malo, el corto o el largo, el fácil o el difícil. No hay más. Todos los días tomamos la decisión de qué camino recorrer. Nosotros elegimos. Y eso nos hace ir por el camino correcto o por el equivocado", subraya. "Me sentí muy contento porque cuando terminé de brindar la conferencia, la gente estaba conmovida. Le llegó lo que pretendía transmitir y me agradecía, porque muchos se identificaban conmigo. Sabía el impacto que generaba en Colombia, pero en Uruguay no, porque era la primera y no sabía con qué me iba a encontrar, porque las culturas son totalmente diferentes. ¿Y sabés qué? Que impactó igual o más que en Colombia la charla que dí", confiesa con orgullo.

-¿Cómo fue su charla el jueves?

-Fui contando mi experiencia de vida y la forma en que logré que lo imposible se haga posible y cómo salir de la crisis. Para ello hablé de esos cinco pasos que te mencioné, que considero son los que te permiten salir de una situación extrema. Porque el diagnóstico médico que me dieron era que no iba a volver a caminar. No importa lo que digan las personas, sino lo que uno quiera. Yo quería volver a caminar. Nunca me di por vencido y a partir de ahí empecé a dar los pasos para llegar hasta acá.

-¿Charlas para cuántas personas brindó en Colombia?

-Para 20, 30, 100 y hasta para 25 mil personas. En una iglesia, un sábado y un domingo, di seis charlas seguidas, con breves descansos, y entre todas hubo 25 mil personas. Fue impresionante. Pero así sea para 10 o 10 mil, es lo mismo. Porque con que le llegues a uno, ya está.

-¿Qué fue lo más conmovedor que vivió en sus charlas y en el contacto con el público?

-Me llegaron muchos momentos. Aunque uno me marcó en particular: ver a un niño al que le diagnosticaron Guillain-Barré (un problema de salud grave que ocurre cuando el sistema inmunológico ataca parte del sistema nervioso por error), a quien le daban 15 días de vida, porque se morían sus órganos y solo movía los ojos. Recuerdo que en ese momento comencé a hablar con la familia del niño. Ellos estaban perdiendo la fe y cuestionaban por qué, si era solo un niño. Y les pedí que trataran de solucionar su entorno, les dije que Dios estaba vivo y que existen milagros, que el único que los podía ayudar era Dios. Como hacía terapia en ese lugar, todos los días iba a visitarlos. De esos 15 días de vida que le habían proyectado, el niño hoy está jugando al fútbol, hace seis meses salió del hospital y camina, corre. También hubo otros ejemplos de gente a la que le dijeron que no iba a poder caminar nunca más, y que me cuentan que gracias a mi testimonio están caminando de nuevo. Esa es la recompensa más grande que puede tener el ser humano, ayudar a otro. Por eso siempre confieso que esto es más importante que un trofeo, que un trabajo, poder dar un testimonio y llegar a las personas y que las personas puedan cambiar su estilo de vida, es el propósito que Dios me envió.

-¿Cómo es su vida hoy?

-Es muy tranquila. Tengo un club deportivo en Cali, con cuatro sedes y aproximadamente 250 niños. Participo en proyectos sociales donde intento llevar al club a los barrios más vulnerables, donde hay más violencia y en los que no entra ningún equipo, como puede ser el Borro aquí en Montevideo. Buscamos usar el fútbol como herramienta para enseñarle a los niños principios y valores. También estamos creando una página web con un amigo en el que vamos a tener cursos de todo tipo avalados por un instituto, después de los cuales les brindan diploma, para que los niños que estén en el club no solo jueguen al fútbol sino se preparen por Internet. Considero que la herramienta de esos niños no debe ser un cuchillo ni un revólver, sino un diploma.

-Se da cuenta de que su obra alcanza una repercusión social increíble.

-Es cierto. Hoy estoy muy enfocado en la educación, porque a la persona que me disparó le falta educación. Si podemos educar a muchas personas con principios y valores vamos a ayudar a salvar muchas vidas. Si a través del fútbol sacamos gente de la delincuencia vamos a ayudar a muchas personas a tomar el camino correcto y, al mismo tiempo, a salvar muchas vidas.

-¿Le gustaría desarrollar algo similar en Uruguay?

-Sin dudas, pero para eso se necesita el apoyo de empresas o del propio gobierno.

-¿Cómo se imagina su futuro?

-Para tener un buen futuro hay que pensar en hoy, en vivir, disfrutar y valorar lo que se tiene. Hay que actuar y hacer. Tengo muchas cosas en la cabeza, pero debo saber hacia dónde voy. Sin dudas que hoy creo que tengo mucho por hacer, pero vivo hoy. También digo que todo tiene un tiempo y un proceso en la vida, y que para ello hay que tener paciencia. Imaginate, ¿qué más paciencia puedo aprender a tener después de lo que me pasó, y cuando antes de todo esto tenía cero paciencia?

-¿Si mira para atrás se arrepiente de algo?

-No, de nada. Si hay algo que no puedo cambiar es el pasado. No obstante, ese pasado me dejó enseñanzas. También debo considerar que si miro para atrás, también me voy a ver corriendo, atajando y disfrutando la vida de una manera que hoy no puedo hacerlo, y eso me va a llevar a deprimirme, a entristecerme, a recriminar, por qué a mí... Por tanto, si hay algo que aprendí, es que lo que pasó, pasó. Hoy debo preguntarme qué debo hacer para mejorar.

-¿Hoy habla de Dios con una profundidad muy particular, siempre tuvo ese vínculo?

-No, antes del incidente, conocía de Dios, pero no era el Dios que estaba en mi corazón. Una persona que tiene a Dios en el corazón no se equivoca sabiendo que se va a equivocar. Muchas veces cuestioné la existencia de Dios, porque en momentos difíciles del fútbol, en las lesiones, decía por qué si Dios existe tiene que ser justo. Si una persona se cuida, entrena, no es conflictiva y le pasa eso, y mira para el costado y se encuentra con personas indisciplinadas, que entrenan mal y a las que nunca les pasa nada y siempre tienen más oportunidades que uno. Me preguntaba, ¿por qué me pasa a mí? Antes del incidente, tomaba decisiones equivocadas. Dios entró en mi vida cuando me estaba muriendo en el piso, después que me dieron los dos tiros, que fue cuando tuve miedo de morir, vi el sufrimiento de mi hijo (Gonzalo), de mi señora (Andrea), y ahí le clamé a Dios que quería ver crecer a mis hijos y fue entonces cuando me quedé tranquilo y en paz. Cuando desperté ya estaba con Dios en el corazón, sin odio ni rencor con la persona que me disparó.

-¿Por esa razón fue a saludar a su agresor a la cárcel?

-Es así. Fue a través del programa Valientes, de RCN, de Felipe Arias. Me propusieron si quería ir a la cárcel, dije que sí; también le preguntaron a la otra persona, si quería aceptar la visita, y dijo que sí. Fui a ayudar a esa persona, a estirarle la mano. En ese mismo programa, 20 días después del incidente, hablé del perdón, que esa persona se había equivocado, que si reconocía el error le iba a estirar la mano. A partir de reconocer su error, empezar a remendarlo en querer cambiar para no volver a repetirlo, porque de qué sirve estirarle la mano y si sale de la cárcel haciendo lo mismo. Mi corazón estaba sano, limpio, y cuando hablé con él no sentir rencor ni nada, aunque hoy mi vida no es nada fácil, porque me despierto con dolor, malestar y no sentir nada al verlo, me di cuenta que mi corazón estaba limpio.

-¿Cómo fue la respuesta de él?

-Él utilizó el encuentro para decir que no me había disparado. Y lo entiendo, porque pensó que le podían dar más años de cárcel, si reconocía, y además porque está recluido en un lugar donde hay muchos hinchas de América, y con el cariño de los hinchas del club podría llegar a creer que corría riesgo su vida. Seguramente lo hizo por miedo. En cámara no lo reconoció, pero luego, personalmente, me dijo que fue él quien disparó y que quería cambiar. Yo me comprometí a seguir yendo a la cárcel para que estudie y se prepare, para cuando salga de allí se encuentre preparado para luchar honestamente la vida.

-¿Va a volver a verlo?

-Sí, me comprometí a llevarle el material para que estudie. La idea es que cuando salga de la cárcel vaya a entrenar en mi club, allá en Cali. Y que él mismo entrene a los jugadores, porque seguramente habrá niños que querrán tomar la misma decisión de él de querer salir a robar y matar. Por tanto, qué mejor que él que ya pasó por eso para que les enseñe a los niños que hay otro camino de estudiar y prepararse para ganar la vida honradamente y no por el camino que te lleva a la cárcel o la muerte.

-¿Cómo fue su vínculo con Uruguay después del incidente?

-El vínculo fue con la gente, después con más nadie, porque no me propusieron trabajo ni para hacer nada, salvo esta charla con Pespico a través de Carlos Pisano, a quien le estoy muy agradecido, por la oportunidad. Por suerte en setiembre volveré a la Fundación de Alejandra Forlán, brindando una charla, porque sé el esfuerzo que ella está haciendo. Y lo que siente, porque no es fácil estar en una silla de ruedas. Las personas que pueden hablar y opinar son los que estuvieron en la misma situación. Lo que hace Alejandra necesita mucho apoyo, porque hacerlo sola es muy difícil. ¿Sabés qué sucede cuando decís Alejandra Forlán? Lo primero que dice mucha gente es: 'Que Forlán ponga la plata'. Seguramente puede ponerla, pero en un momento se le va a acabar. Y esa es una responsabilidad del Estado, para ayudar a las personas con discapacidad física. Aunque no solo la física, porque sabés cuál es la peor discapacidad, la mental, porque cargan con el hecho de que creen que no pueden, que no son capaces, que se sienten agobiados, y hay que ayudarlos.

-¿Es muy costoso el tratamiento que debe hacer?

-Sí, porque hay medicación e insumos que se necesitan para cada día. El catéter cada seis horas, por ejemplo, porque mi vejiga no funciona, entre tantos problemas que uno sufre. Es costoso, pero uno se la rebusca y sale a trabajar. Sabía, incluso, en mi etapa como jugador que el día que terminara mi carrera debía salir a trabajar porque jugué más por amor y por pasión al fútbol que por dinero.

-¿En el fútbol en qué lugar se imagina en el futuro?

-Me gustaría ser entrenador, pero también tengo el club deportivo y estoy formando jugadores. Por tanto si no es como entrenador, sería como empresario.

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