En Buenos Aires, en lugar de ir a pedir permiso para llegar a Malvinas, me propuse ir a Río Gallegos. Pensé que en un día de guerra habría gente que querría devolver el pasaje, y así estuve varias horas preguntándole a la gente, hasta que un matrimonio me vendió su pasaje. Pero cuando llegué a Comodoro Rivadavia, que era la base aeronaval más importante del sur argentino, decidí bajarme. Fue tan intempestiva la decisión que mi valija siguió hacia Río Gallegos.
Una media hora después yo estaba en el único hotel bueno de Rivadavia y vi que salía una camioneta llena de todos los periodistas que conocía de las grandes aventuras. Efectivamente, iban a las Malvinas y cuando quise unirme a ellos un militar me dijo que no podía ir. ‘Si usted no me quiere dejar pasar, no me va a dejar pasar. Pero le voy a decir una cosa, me haría un favor si me dejara entrar al ómnibus porque si no voy a ir en taxi’. En la puerta de la base militar de Comodoro Rivadavia había un capitán con una lista con los nombres de los periodistas que podían pasar. Y yo no estaba en la lista, obviamente. Empecé a fastidiar y le dije al militar, ‘¿no me va a dejar viajar? Soy el único extranjero del grupo?’ le dije que era uruguayo. ‘Entonces no es extranjero, es hermano’, contestó.
Resultado: en el único vuelo que entró en las Malvinas, con ocho periodistas a bordo, estaba yo. Yo era el único periodista neutral, porque todos representaban a medios estadounidenses y argentinos. Me chupé toda la guerra en la isla hasta el final, cuando nos evacuaron a Comodoro Rivadavia. Ahí había un gran clima de espionaje, no podíamos ni hablar por teléfono y estábamos muy al margen, y me volví para Montevideo.
¿Cuáles fueron sus primeras impresiones en las islas?
El que iba al frente del avión nos dijo dos cosas. La primera, que había que pagar con dólares o con libras esterlinas, pero no con plata argentina. Todos iban con argentinos menos yo, que terminé prestándole efectivo y mi tarjeta de crédito a todos. La otra, que no podíamos molestar a los kelpers. La política militar argentina era tolerar, no querían motivos de irritación. Después de las advertencias, fuimos a quedarnos al hotel Upland Goose, y nos echaron a todos. Le dije al dueño que los uruguayos nunca habíamos echado a los malvinenses del Puerto de Montevideo. Se sorprendió y me dejó quedarme porque era uruguayo. De noche hice entrar a otros dos por la ventana. Los kelpers tenían una versión clara de lo que era Uruguay.
¿Pasó momentos de peligro?
No, los he pasado mil veces en otras guerras. Hubo bombardeo, que no son nada agradables, simulacros y racionamientos, pero ahí lo que pesaba era el clima. A las dos de la tarde era de noche, con frío y viento. No hay un solo árbol, puro pasto para las ovejas. El primer día había gastado la tarjeta de crédito comprando camperas para los demás periodistas, pero a los dos o tres días de estar ahí, estábamos todos muertos de frío.
¿Era muy evidente la falta de preparación de los argentinos para la guerra?
Ni bien llegué me di cuenta de que era un desastre absoluto. Es muy fácil: mandaron conscriptos. No hubo personal de tropa en la isla, nada. Eran chiquilines que no sabían ni manejar el arma. Se hacían una especie de trinchera entre ellos y se morían de hambre y de frío. Sin apoyo ninguno.
Bastaba ir y verlos sueltos, sin que ni siquiera los capitanes les dieran alimento. Lloraban. Los castigaban y los dejaban en ropa interior a temperaturas bajas cuando los superiores veían que se dormían cuando tenían que estar despiertos.
Por otra parte, la marina argentina no estaba preparada para una guerra atlántica. La marina inglesa tenía experiencia, había participado mil veces en episodios bélicos, siempre hay barcos ingleses. Y Argentina no tenía la más mínima experiencia.
La guerra fue una locura; una decisión tomada por un beodo loco con un pueblo loco, loco absolutamente. En 15 días la situación había cambiado completamente y ya se sabía que era una guerra perdida.
¿Y los periodistas podían transmitir todo?
Hubo una gran política de desinformación, de mentiras, que a mí me costó mucho trabajo. Yo me comunicaba todos los días por teléfono con Newsweek a través de Nueva York, y después me conectaban con El País. Recuerdo que cada vez que llamaba al diario me preguntaban si estaba seguro de lo que decía. Porque acá había una gran campaña llevada por Germán Araújo, hombre de izquierda, que encarnó la idea de la ayuda entre los latinoamericanos. Y engañó a la gente. Todos acá tenían la idea de que Argentina iba a ganar. Hubo una gran desinformación. Y por lo bajo, Uruguay apoyaba a Inglaterra. En la teoría y las declaraciones, estaba en juego el americanismo. Pero por lo bajo en Uruguay había hospitales a disposición de los británicos, pero fue una locura.
“Fuimos a un hotel y el dueño echó a todos los periodistas. Le dije que era uruguayo. Se sorprendió y me dejó quedarme. De noche hice entrar a dos por la ventana”.
“Malvinas fue un caso único. Éramos ocho periodistas y el único extranjero era yo”.
¿Controlaban la información que enviaba?
Cada tanto hacían redadas y nos llevaban para ver por qué habíamos puesto tales cosas y nos decían que nos iban a echar de las islas. Estaba el general Mario Benjamín Menéndez.
Escribí lo que quise. Pero me costó mucho trabajo hacerle entender a los lectores y a la gente del diario que eso era una guerra perdida, que no era lo que se decía. Era muy difícil que Uruguay quedara libre de esa especie de fiebre mentirosa que había en Argentina.
¿Y a Buenos Aires llegaba algo de información imparcial?
En Malvinas yo veía por televisión escenas de Buenos Aires. Veía mujeres decir, ‘Tengo cinco hijos, todos en la guerra, y si tuviera diez, los mandaba a todos a la guerra’. La gente donaba sus alhajas. Había una campaña de desinformación que se sumó a esa cosa muy loca que tienen los argentinos de nacionalismo exacerbado, que le permite a cualquiera hacer que en dos minutos estén detrás de una causa nacionalista.
¿Cómo se logró que la gente apoyara tanto la causa?
El día antes de que invadieran las Malvinas, en la Plaza de Mayo había habido una manifestación de los estudiantes en Plaza de Mayo. Fue brutal, apalearon a los estudiantes. Al otro día, cuando dijeron que invadieron las Malvinas -y los argentinos tienen esa idea desde Billiken, de que las Malvinas son argentinas-, se llenó la plaza de gente gritando por Galtieri. Y él se entusiasmó porque vio que tenía apoyo. Se equivocó.
¿Por qué Argentina se embarcó en la guerra?
Galtieri lo hizo para tratar de poner a su favor un viejo tema de los argentinos, que desde el siglo XIX insisten con que son argentinas. Pero en el fondeo estaba el tema del petróleo.
¿Pero ya se sabía en ese momento que había petróleo?
Sí, la existencia del petróleo se sabe desde 1920, pero siempre lo negaron. Los estadounidenses apoyaron a los porque no podían perder ese lugar, no podían permitir que pasara geopolíticamente al poder de Argentina, que es inestable, un mal socio; querían seguir con los ingleses, que son algo más que sus socios naturales.
¿Se entendió en ese momento el por qué de la guerra?
No, fue una experiencia muy loca para los argentinos. Y para un uruguayo, fue inexplicable, absolutamente. Así como no se puede entender el fenómeno peronista si no se es argentino, la guerra esa solamente se puede explicar desde el grado de emotividad exacerbada que tienen ellos, que justifica locuras. Porque en el fondo fue una decisión de un borracho.
¿En qué medida esta guerra fue distinta que las otras que le tocó cubrir?
Fue un caso único. Estuve en todos lados, en cuanta guerra y golpe de Estado hubo. Pero en esas ocasiones, además de mi había otros miles de periodistas. En Malvinas no; éramos ocho periodistas y el único extranjero era yo.