¿No somos un poco musulmanes?
Existen formas extremas de censura y otras un poco más sutiles. El atentado al semanario Charlie Hebdo es su cara más trágica, pero en Uruguay la represión se realizaría con sutileza
los tipos encapuchados llegaron a la redacción del semanario satírico francés Charlie Hebdo con sus armas, gatillaron, dispararon, acribillaron y huyeron, dejando un tendal de cuerpos apilados y agonizantes. Vini, vidi, vinci, habrán pensado. Fue una forma de censura extrema: como no me agrada lo que publicaste te asesino.
¿El motivo? Un supuesto fervor un tanto iconoclasta, que ya ha sido bastante fogueado en diferentes épocas de la Edad Media y también de la racionalista época moderna, golpea ahora en el (digital y tenuemente iluminado por los pálidos reflejos de los monitores) siglo XXI.
De una manera menos extrema, este resabio de veneración de los signos de la imagen también está presente en la normativa uruguaya, ya que no se puede vilipendiar, por ejemplo, los símbolos patrios. Y también late de una forma misteriosa en el fondo de nuestra conciencia. Si no lo creen, pídanle a alguien que le clave una aguja a la foto de su madre a ver cuál es la reacción interna. Las imágenes dicen, las imágenes duelen, las imágenes ofenden, las imágenes tienen poder. No es solamente papel entintado.
La forma brutal y sanguinaria en que los responsables del atentado a Charlie Hebdo actuaron no deja lugar a dudas de que esa forma irracional de censura es y será siempre reprobable.
Pero la ola de comentarios que se levantó en todo el mundo, incluido Uruguay, deja a veces al desnudo algunos rasgos un tanto hipócritas de quienes analizan la situación con liviandad.
Por un lado, el más trágico, asistimos con sumo horror a lo que sucedió en París, a los asesinatos a sangre fría. Por otro, el más lúdico, nos reímos de las caricaturas de Mahoma, así como de las diversas burlas a otras instituciones políticas, religiosas y culturales del mundo occidental que el talento y la desfachatez de los dibujantes de Charlie Hebdo derramaron.
Desde esta costa aplaudimos la osadía de Charlie Hebdo y de la centenaria tradición satírica francesa. Pero, ¿qué sucedería si la bomba nos explotara cada semana en nuestras narices?
Porque, ¿qué pasaría en Uruguay si alguien quisiera hacer humor gráfico con la virulencia de Charlie Hebdo? Muy sencillo. Se quedaría sin recursos y sin publicidad a los pocos números, porque los avisadores públicos y privados quedarían avergonzados y/u ofendidos por el calibre de las burlas.
¿Estamos preparados para que en el aire provinciano nacional una revista muestre con toda desfachatez una caricatura en la portada y a todo color del presidente teniendo sexo con el líder de la oposición (y que este líder demuestre satisfacción)? ¿O de la primera dama masturbándose con el logotipo de un partido político? ¿O una lengua gigante que lame las nalgas del presidente de turno en un aniversario de su mandato? ¿O al principal líder religioso católico desnudo y con otros símbolos en sus genitales? ¿No habría llamadas para presionar? ¿No habría gente molesta que haría sus movimientos para evitar el ridículo? ¿Hasta dónde llega nuestro sentido del humor?
Y entonces, para ponernos bajo una salvaguardia filosófica, saltamos a la pregunta “salvadora”: ¿se puede hacer humor con cualquier cosa? El liberal absoluto y amoral se animaría a contestar que sí. Pero la respuesta es, por lo menos, harto complicada.
Me gustaría creer que ningún comando entraría a tiro limpio en la redacción de ese eventual suplemento cómico para asesinar de la manera más cobarde a sus responsables. Aquí al humor más corrosivo es más fácil pisarlo de otra forma, a la uruguaya. Sin recurrir a la violencia explícita, si basta con cerrar la canilla de la publicidad o accionar otras tuercas más discretas.
Las fronteras del buen gusto y de la corrección política no corren por los caminos del humor y la carcajada. Y eso molesta en cualquier lugar del mundo. Haya o no haya musulmanes.