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"Que traigan al principito", dijo jubiloso el flamante gobernador de las islas Malvinas, el general Mario Benjamín Menéndez, luego de que Argentina invadió el archipiélago el 2 de abril de 1982.

Aludía al príncipe Andrew, miembro de la familia real y soldado de las fuerzas británicas. Los británicos aceptaron el reto y "el principito" se hizo presente en las islas luego de la victoria de las fuerzas de Margaret Thatcher tras una guerra de 74 días. El general Menéndez fue quien firmó la capitulación.

La expresión del envalentonado militar quedó registrada en la historia como símbolo de un monumental error de cálculo político, que generó en Argentina un fervor pocas veces visto, seguido de un desencanto feroz que terminó provocando la caída del gobierno militar.

La junta que gobernaba el país apostó a que Gran Bretaña no enviaría a su flota para recuperar las islas que controlan desde 1833 y cuya soberanía reclaman los argentinos. Thatcher, la "Dama de Hierro", no obstante, consideró la invasión como una cuestión de orgullo nacional y descargó su poderío militar en el Atlántico sur.

Los británicos recuperaron las islas en una campaña que dejó más de 900 muertos, incluidos 649 militares argentinos, 255 británicos y tres civiles isleños.

La derrota representó el principio del fin para la dictadura militar presidida en esa época por el general Leopoldo F. Galtieri. El gobernante fue relevado, se convocaron elecciones y regresó la democracia.

La apuesta de los militares argentinos, sin embargo, en un primer momento logró su cometido y generó una euforia pocas veces vista en un país que estaba convulsionado por la agitación social, donde la población desafiaba cada vez más abiertamente a los militares.

En la mañana del 2 de abril de 1982 el gobierno anunció la "recuperación" de las Malvinas en una operación por mar y aire que casi no encontró resistencia. Eso no llamó la atención ya que se decía que la guarnición militar de las Falklands, como llaman los ingleses a las islas, no llegaba al centenar de efectivos.

La AP se movilizó de inmediato para tratar de corroborar por sus propios medios lo que sucedía. Pero, con pocas excepciones, el gobierno no permitió a los periodistas viajar a la zona del conflicto y la única información disponible era la que difundían los medios oficiales.

El trabajo resultó agotador y a menudo los turnos duraban hasta el día siguiente. Una marcha militar precedía los comunicados oficiales, que nadie se aventuraba a poner en duda. Fueron días largos acompañados por litros de café y cigarrillos (todavía no había dejado el hábito, algo que finalmente hice en 1984), en los que hacíamos guardia esperando los sucesos y, muy a nuestro pesar, dependíamos mayormente de los comunicados del gobierno.

Mi impresión, como la de tantos otros, es que los militares se lanzaron a esta aventura sin demasiada planificación, convencidos de que Gran Bretaña no daría una respuesta militar. El objetivo de la junta militar era aplacar el malestar interno por la situación económica y la falta de democracia.

El 30 de marzo, tres días antes de que se anunciara lo que se describió como la "recuperación" de la "hermanita perdida", había tenido lugar una manifestación sindical que fue reprimida duramente por la policía y decenas de personas fueron detenidas.

Uno de los arrestados fue el secretario general de la poderosa central obrera Confederación General del Trabajo (CGT) Saúl Ubaldini. El sindicalista y los demás detenidos fueron dejados en libertad en un gesto de reconciliación de los militares y Ubaldini, junto con otros dirigentes gremiales y políticos destacados viajó el 7 de abril a las Malvinas para la asunción del general Menéndez como gobernador.

El régimen usó efectivamente su maquinaria propagandística y Galtieri, severamente cuestionado antes de la ocupación, tuvo sus diez minutos de gloria, incluidas salidas al balcón del Palacio de Gobierno, conocido como la Casa Rosada, desde donde se pronunciaron discursos memorables a lo largo de la historia argentina.

Fue una estampa imborrable ver por la televisión a Galtieri, erguido en sus casi dos metros de estatura, pasearse por el suelo malvinense, acompañado siempre por algún periodista del Canal 7, del estado. Era la estampilla de un moderno conquistador que visitaba el suelo conquistado.

De alguien a quien uno de los asesores de seguridad nacional del presidente estadounidense Ronald Reagan había descripto el año previo como un militar "espléndido".

Después la prensa calificaría a Galtieri de dipsómano. Falleció a principios del 2003 de un cáncer de páncreas, mientras cumplía prisión domiciliar a la espera de un nuevo juicio por la apropiación de niños nacidos durante el cautiverio de sus madres durante el régimen de facto. Previamente había pasado cinco años en la cárcel tras ser hallado culpable de negligencia y otras faltas en el manejo de la guerra de las Malvinas. Recuperó la libertad al ser indultado por el presidente Carlos Menem.

La algarabía reinante en la población tras la invasión fue tal vez comparable a la que se había vivido cuatro años antes, en 1978, cuando Argentina ganó su primera Copa Mundial de fútbol. En aquella oportunidad, todo era abrazos y amistad. Los taxistas no cobraban el pasaje. No eran necesarios boletos para los trenes subterráneos. Fue uno de los momentos más gratos de mis 14 años en la capital argentina.

Lo de 1982, no obstante, fue distinto. Fue una fiesta popular extraña, tal vez incomprensible para un extranjero como yo, que apenas el Reino Unido anunció el envío de una flota sospechó que la aventura de los militares argentinos terminaría mal. El poderío militar no era comparable. Fuera del país, donde no llegaba la propaganda oficial argentina, pocos dudaban que los británicos recuperarían el archipiélago.

El fervor general se entiende mejor si se toma en cuenta que el reclamo de las islas toca en sus fibras más íntimas a los argentinos, que desde niños escuchan en las escuelas cómo las Malvinas son argentinas. Fue así que la nación entera aclamó a los militares por haber recuperado lo que se consideraba territorio usurpado y a nadie se le ocurrió que los ingleses enviarían a su flota.

El heroico desempeño de los pilotos argentinos, por otra parte, contribuyó a encender los ánimos. Los pilotos demostraron enorme pericia y arrojo y, volando muy bajo para evitar ser detectados, asestaron duros golpes a una fuerza militar muy superior. Los argentinos dicen haber hundido, destruido o averiado unos 30 barcos, incluidos dos destructores, y 31 aeronaves, mayormente por la acción de sus pilotos.

Yo vivía en el barrio de Palermo Viejo con mi esposa e hija y todos los días pasaba por un puesto que vendía frutas y verduras en el que después de la ocupación envolvían las manzanas en papel gasa blanco y celeste, los colores de la bandera argentina.

A unas cinco cuadras de mi domicilio, medio centenar de mujeres tejían afanosamente en un salón medias de lana para los soldados que combatían en las frías islas Malvinas. Respondían de esa manera a llamados del régimen para colaborar y de algún modo se sentían partícipes de una epopeya histórica.

Se tejieron miles de pares de medias en una iniciativa que reflejó la solidaridad de la población con la acción militar y lo mal pertrechados que estaban los soldados, incluidos numerosos conscriptos, que no tenían la vestimenta adecuada para afrontar el clima de esa zona del sur atlántico.

Sentí un gran pesar por esos conscriptos. Tras el conflicto y el intercambio de prisioneros y heridos --parte del cual se llevó a cabo en el puerto de Montevideo--, casi no se habló de ellos. Fue como si un manto de vergüenza se hubiese apoderado de los altos mandos militares por la derrota.

El desengaño final se produjo 74 días después de la invasión argentina, cuando Menéndez firmó la capitulación.

En la Plaza de Mayo hubo nuevas manifestaciones multitudinarias, pero esta vez el objetivo era prenderle fuego a la Casa Rosada, lo que fue impedido por las fuerzas policiales en medio de disturbios, gases y palos.

Galtieri cayó al poco tiempo y se inició un período de transición que desembocó en la convocatoria de elecciones a fines de octubre de 1983 y el retorno de la democracia.

A 30 años de la aventura militar argentina, otro príncipe británico, Guillermo, visitó las islas como soldado del Reino Unido, en medio de renovadas protestas del gobierno argentino.

El contexto es diferente, pero el desasosiego argentino es el mismo.

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