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Donald Trump tiene coronavirus. La noticia se conoció en la madrugada del viernes, luego de que el propio presidente de EEUU lo anunciara en su cuenta de Twitter. Dijo que hará cuarentena con su esposa en la Casa Blanca, pero no dio más detalles. Su jefe de gabinete dijo, horas después, que el presidente tiene síntomas “leves”, y en la tarde, su médico dijo que está "cansado" pero de "buen ánimo", y tomando un cótcel de anticuerpos, pero no aclaró si tiene fiebre. A un mes de la elección, la noticia es una bomba en Estados Unidos, y enseguida, la pregunta de todos es: ¿qué repercusiones electorales tiene?

Los analistas no se animan a dar un veredicto claro, y apenas hay escenarios posibles, muy divergentes. Lo seguro es que, de acá a la elección del 3 de noviembre, difícilmente haya una noticia más fuerte.

Trump necesitaba un gol de media cancha

El presidente venía perdiendo la carrera con claridad, según todos los estudios serios. Está atrás entre 5 y 8 puntos en el voto popular, que en EEUU tiene poco peso, porque lo que decide es el colegio electoral, en el que cada estado tiene una cantidad de votos proporcional a sus circunscripciones electorales, y en su mayoría son destinados in totum al ganador del estado. De ahí que lo clave es la competencia en cada estado, aunque es cierto que una diferencia de más de cinco puntos a nivel nacional es difícilmente remontable en el Colegio Electoral.

Gráfico de fivethirtyeight

El debate fue un desastre para Trump

El martes ocurrió el primero de los tres debates presidenciales. Y fue un desastre para Trump. Atrás en las encuestas, el presidente apostó por un ataque brutal y directo a su rival Joe Biden, interrumpiéndolo de forma permanente, tratándolo a él de estúpido y a su hijo de cocainómano y corrupto, y mintiendo en repetidas veces. La fórmula de saltearse cualquier norma de corrección política esta vez le salió muy mal: la mayoría de las encuestas dio como amplio ganador a Biden, porque la gente lo vio en una posición de víctima del bullying del presidente.

En los días siguientes el comité organizador de los debates dijo que cambiaría algunas reglas para intentar corregir el bochorno del primero: por ejemplo, silenciando los micrófonos de quien no tiene la palabra para evitar interrupciones. La campaña de Trump amagó con no presentarse a los dos restantes debates. Detrás de eso estaba, según analistas políticos, el reconocimiento de la derrota, y la certeza de que la habitual fortaleza de Trump ya no estaba funcionando más que para captar a su base más fiel, y que solo con esa no le alcanzará para ganar la elección.

Los caminos se le estaban acabando a Trump. Cada día se conoce una nueva encuesta en alguno de los battleground states, los que definen la elección, favorable a Biden. La apuesta, a esta altura, parecía dirigirse claramente a sembrar dudas sobre la limpieza de las elecciones, y acusar –sin pruebas– al voto por correo como fuente de fraude.

Y de pronto, la noticia de la campaña. Que, aunque probable –el covid-19 en Estados Unidos tiene escalas gigantescas, y los cuidados personales de Trump a nivel sanitario han sido mínimos– no deja de ser de dimensiones sísmicas.

En EEUU se suele jugar con la imagen del hail mary (ave maría), una jugada de fútbol americano, en la que el mariscal de campo tira un pase desde media cancha a la zona de anotación. Se hace en el final de un partido, cuando ya no quedan otras opciones: es una jugada arriesgada y muy probablemente fallida, pero que cuando sale permite dar vuelta el partido. La pregunta es: ¿será este el Ave María de Trump?

¿Es real?

Es la primera duda que surge, aunque no hay datos definitivos que permitan dudar de la confirmación médica, hecha por el médico de la Casa Blanca. Algunos medios han pedido que se haga público el documento que comprueba el test positivo, aunque eso tampoco terminaría de despejar teorías conspirativas o dudas razonables.

Lo concreto es que el jueves por la noche se supo que Hope Hicks, una de las principales asesoras en comunicación de Trump, había dado positivo. No lo dijo ella, sino que la noticia se conoció a través de una periodista de Bloomberg, una vez que empezó el rastreo de contactos.

Allí comenzó el efecto cascada, con el reclamo para que Trump se aislara, se testeara, y en la madrugada, la noticia del positivo de Trump. Según Bloomberg, Trump sabía desde el jueves por la mañana del positivo de Hicks, y así y todo mantuvo su agenda durante todo el jueves, que incluyó varios eventos de campaña.

¿Le viene bien?

La duda de si es real está asociada a que, de alguna forma su positivo de covid-19 lo beneficiará electoralmente. Es la pregunta del millón, y es difícil de responder, porque depende de cómo lo tome el electorado, o los diversos electorados. Solo hay hipótesis.

El efecto víctima

En cualquier otro caso, que un presidente –-o cualquier persona– esté enfermo del virus que ha paralizado al planeta genera un automático sentimiento de compasión y solidaridad. Ese es el razonamiento de Biden, quien esta mañana le tuiteó sus deseos de pronta recuperación, a la misma persona que lo había tratado de estúpido tres días antes: no ayuda nada criticarlo cuando su rival está atravesando problemas de salud. Con una imagen en caída, la victimización puede ser un efecto que ayude a Trump.

El efecto fortaleza

¿Qué pasa si Trump cumple con los días de aislamiento –deberían ser 14, aunque quizás haga menos– sin mostrar síntomas? ¿Favorecerá su discurso de quitarle importancia al virus? ¿Le permitirá mostrarse como una persona fuerte a la que el covid-19 no pudo derrotar, e insistirá en compararse con la debilidad de Biden? Igualmente, lo más importante de esa pregunta es: ¿será eso importante para el público que necesita convencer?

Ante esos dos puntos, vale la pena analizar cómo cambió la imagen pública de otros dos mandatarios que contrajeron el virus y que pertenecían al ala “negacionista” del virus: Boris Johnson y Jair Bolsonaro.

La popularidad de Johnson subió de 44% a 66% después de contraer el virus, aunque el dato tiene bastante ruido: la enfermedad del primer ministro británico fue realmente grave –llegó a estar incluso en cuidados intensivos– y también coincide con el período de confinamiento, medida apoyada por buena parte de la población. Disfrutó de lo que en ciencia política se llama rally around the flag (unirse alrededor de la bandera), como destaca en esta columna Adolfo Garcé. A fines de setiembre, su aprobación ya había caído a 37%.

Bolsonaro, que se enfermó a inicios de julio, subió su aprobación de 33% en junio a 37% en agosto, según una encuesta de Datafolha, aunque en esa suba también está incluida la decisión de pagar un ingreso básico a población de menores ingresos.

El efecto debilidad

La contracara del punto anterior es todo lo que Trump teme: ser visto como un líder débil. Ahí radica su oposición a usar barbijos, su decisión de que todo su círculo cercano no los use –lo que ahora puede ayudar a ampliar el brote– y su burla de que Biden lo use, según él, en exceso. En ese sentido será clave ver cómo evoluciona el presidente en los próximos días.

En ese sentido, no puede descartarse que, con 74 años, su situación se agrave. En ese caso se entraría en una situación sin precedentes en la política de EEUU, que pondría en cuestión incluso su aptitud física para ser reelegible.

La irresponsabilidad

En febrero, Trump reconocía en privado la gravedad del virus, según le dijo al periodista Bob Woodward en un libro que se conoció en agosto, y sostenía que le quitaba importancia en público para no generar pánico. Ha sido ampliamente criticado por contradecir a sus propios equipos de salud: de hecho, ha tenido una tensa relación con el epidemiólogo, Anthony Fauci, jefe del equipo de respuesta del gobierno contra el covid-19. Ha promovido las aperturas de la sociedad, aun en lugares en los que el virus estaba avanzando con rapidez, en pos de que la economía se recupere, aunque tampoco ha logrado eso. Ha criticado que se amplíe el testeo en el país. En ese sentido, que no haya sido capaz de evitar enfermarse también puede ser interpretado como ineptitud por el electorado.

Pero todas las especulaciones tienen poco peso si no se tiene en cuenta qué piensa el electorado estadounidense sobre la gestión de Trump de la crisis sanitaria. Y los datos no son buenos para el presidente: si bien los números muestran la misma polarización que la elección –sus defensores lo apoyan sin condiciones– sus números en general son peores que cuando se analiza su gestión en general. Y su gestión de la pandemia pierde 56,6 a 40,4. En la gestión general la diferencia es menor: 52,9 a 43,7.


Pero al final, la mayor esperanza de Trump está en la economía, en la que se juega conseguir votos de personas que no lo quieren, pero valoran su gestión económica. Eso dentro de un panorama difícil, en el que intentó abrir el país para mejorar los números, pero estos tampoco repuntaron, lo que significaba quedarse a mitad de camino en su principal fuerte. Así y todo, la aprobación en el promedio de las encuestas estaba apenas encima del 50%. 

Hasta ahora, era el gran salvavidas de Trump, pero no era suficiente. El covid puede convertirse en la tapa al cajón. O en su trampolín electoral.

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