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Aunque muchas veces se olvide y a nivel oficial no se haya promovido, Uruguay es un país mucho más multicultural y complejo de lo que pretende aparentar con su uniformidad y falsa igualdad escondida detrás del mate, el asado y el “ta”.

La colectividad armenia es una parte importante dentro de las minorías étnicas que llegaron al país con su bagaje de creencias, tradiciones y prácticas culturales.

Según el historiador uruguayo Daniel Karamanoukian, los primeros registros de armenios en Uruguay son de 1888 y los últimos de la década de 1960, aunque siempre hay excepciones que confirman la regla. El grueso de la inmigración armenia se produjo entre los años 1923 y 1931. Se calcula que en esos ocho años llegó el 80% de la colectividad.

La gran mayoría había salido desde el puerto libanés de Beirut, en poder de los franceses. Los barcos tocaban algún puerto francés (Marsella o Cherburgo), quizás Dakar, luego cruzaban el Atlántico, recalaban en Brasil (Río o Santos) y arribaban al Río de la Plata (Montevideo y Buenos Aires, o viceversa).

Llegaban con su idioma, su paladar, sus tradiciones, su religión cristiana antiquísima. Llegaban solos o en familia. Llegaban expulsados y cargaban con la tristeza de tener que haber dejado sus tierras, sus ciudades, sus oficios y sus muertos en manos de los turcos en sucesivas ocasiones.

Pisaron los adoquines del puerto sin poder sacarse de la cabeza lo que habían vivido, sin terminar de entender del todo cómo habían sobrevivido. Se harán uruguayos y dejarán descendencia que vive hasta hoy en el país.

El pasado viernes 24 de abril se conmemoró el centenario del llamado genocidio armenio. Ese mismo día de 1915 se produjo en Constantinopla (actual Estambul) el apresamiento de unos 250 líderes de la comunidad armenia, muchos de ellos intelectuales y políticos. Fue el comienzo de una masacre sistemática de armenios a manos de los turcos, que se cobró aproximadamente un millón y medio de víctimas, y que ya había tenido sus ensayos en 1895 y 1909, y que también continuó en décadas posteriores. En estos “ensayos” se calcula que murieron otros 600 mil armenios.

En 1965, Uruguay fue el primer país del mundo que reconoció de forma oficial el genocidio armenio. Por un lado, en este centenario Armenia lucha porque Turquía realice un reconocimiento y un pedido de perdón que encamine una posible reconciliación. Por otro lado, la posición turca reconoce que sí hubo violencia y muertes, pero por parte de ambos bandos y se dio dentro de un contexto bélico, por lo que se niega a llamarle “genocidio”.

El Observador conversó con descendientes de aquella tragedia, que contaron la reconstrucción de su familia en Uruguay.

Una calabaza y una radio

Haratiún Rupenian llegó a Montevideo en 1925, con 15 años. Había nacido en la ciudad de Aintab, en la Cilicia, entonces una provincia del imperio turco otomano. Los armenios vivían en Cilicia y en Capadocia desde el siglo XI. En aquella época, esos territorios formaban un gran reino cristiano entre persas y musulmanes. “Armenia siempre fue la cuña entre Asia y Europa, entre el mar Caspio y el mar Negro”, explica Karamanoukian.

El padre de Harutiún, Rupén Rupenian, era joyero de profesión, pero a la vez era un hombre sabio que fungía como juez en los problemas familiares de la comunidad. Como en todas las familias armenias, su esposa era la encargada de cuidar la casa y criar a los hijos.

En 1915, los armenios de Aintab fueron movilizados y comenzaron las represiones violentas del partido de los llamados Jóvenes Turcos.

Hasta 1908 gobernó en Turquía Abdul Hamid II, llamado “el sultán rojo”, por sus políticas represivas contra los armenios. En 1908 los Jóvenes Turcos desplazaron al sultán y tomaron el poder. Era un movimiento reformista y de inclinación militar que mezclaba un ideario masón con los postulados de la Revolución Francesa y el liberalismo, todo esto adosado con un componente nacionalista y xenófobo.

Muchos historiadores armenios comparan los incidentes en la ciudad de Adaná, en 1909, con los que luego sucedería en la ciudad vasca de Guernika durante la guerra civil española.

En 1912, había habido una reunión secreta en la actual ciudad griega de Salónica donde se discutió la eliminación de los armenios del territorio turco. Una de las causas del rechazo hacia la presencia armenia era su religión: eran cristianos ortodoxos y apostólicos, en medio de una región musulmana. Pero como suele suceder en la historia, los hechos no se explican por un solo factor.

La guerra europea de 1914 había expulsado a poblaciones de origen turco en los Balcanes, que llegaba ahora a las provincias de Asia donde vivían los armenios. Había una necesidad de espacio, de medios, de supervivencia. Y también un factor de fanatismo ideológico que funcionó como un gatillo sangriento. Porque junto a los armenios fueron perseguidos los asirios, kurdos, ciríacos, griegos y, en menor medida, los judíos, que estaban más acoplados a la sociedad turca.

Los turcos mataron a Rupen Rupenian y a una de sus hijas, y robaron sus joyas. La viuda quedó sola en la calle con cuatro hijos. Harutiun era el menor y con uno de sus hermanos se colaban en las huertas para robar vegetales para comer. Al regresar, su madre veía las marcas de las balas en las calabazas que llevaban los niños en sus cabezas. Este relato se lo contó Haritiun a su hijo, Berch Rupenian, empresario y referente de la radiofonía uruguaya.

En 1925 Harutiun se tomó un barco, solo, atravesó el océano y desembarcó en Montevideo, luego de haber sido rechazado en Brasil y Argentina por haberse completado el cupo de armenios para esos países. Pero no había desaprovechado el tiempo. En el barco había aprendido el oficio de sastre.

Al principio, vivió en un hotel de inmigrantes en la calle Pérez Castellano. Luego se hizo ayudante de un sastre en la esquina de Justicia y Nicaragua. Con el tiempo y a base de trabajo se pudo independizar. Pudo traer a su madre y a sus hermanos, que sobrevivieron a la violencia.

Para unificar a la comunidad, Harutiun decidió tener un espacio radial hablado en armenio donde se comunicaban las informaciones sociales (casamientos, bautismos, cumpleaños y demás actividades), así como una prédica denunciando las matanzas de los años anteriores. En junio de 1935 consiguió su espacio en la Radio Ariel, de Luis Batlle Berres, con la audición armenia. “Fue la primera del mundo”, dice Berch.

La audición después pasó a CX 32, a CX 42 y CX 46, cada vez más hacia el extremo del dial. En 1957, Harutiun entendió que debía tener su propia radio y adquirió la CX 50, Radio Independencia. El resto de la historia hacia el presente es más conocida.

Con los Olímpicos del ‘24

En 1994, los historiadores uruguayos Daniel Karamanoukian y Alberto Douredjian publicaron el libro La inmigración armenia en Uruguay.

Dentro de las múltiples historias de vida que se narran a través de sus páginas sorprende la llegada a Uruguay de la familia Zadikian, que arribó al puerto de Montevideo el 31 de julio de 1924, junto a la selección uruguaya de fútbol que había ganado la medalla de oro en los Juegos de París.

La familia se componía de tres personas: el padre León Zadikian; la madre, Marie; y una niña de 10 años llamada Arshaluis. Con ellos también venían dos mujeres: Yester y Guludar Haraminian. “No entendían nada cuando, al llegar al puerto, había una multitud que los saludaba y el agasajo que les hicieron para el recibimiento”, dice Karamanoukian, entre risas.

Esta anécdota puede ser un tanto jocosa, pero el historiador cambia el tono cuando se refiere a la historia de su propia familia.

Por rama paterna, su abuelo sobrevivió a tres masacres, porque se salvó de las matanazas de 1909, sobrevivió a los ataques de 1915 y también se salvó de las políticas de Mustafa Kemal en 1920 y 1921, cuenta.

Pero todos los tíos de su abuelo murieron en el genocidio, algunos de ellos en los desiertos sirios donde había campos de concentración de armenios, como en la actual ciudad siria de Aleppo.

Su abuelo se embarcó en Beirut, tocó Marsella, pasó por Brasil y llegó a Uruguauy en 1930, año de otra importante conquista futbolística, con la obtención del primer Mundial.

Recuperar el apellido

Alicia Aprahamian es hija del empresario Ruben Aprahamian. Su madre, Nuri, nació en 1946 en la ciudad de Everek, llamada en turco Develi, en la provincia de Kayseri. Su abuela se llamaba Mayreni (María) y era hija de un señor de apellido Deyirmencian. Mayreni se casó con Avedis Kelekian, sastre y comerciante, también oriundo de Everek.

Todavía hoy Alicia tiene varios parientes en Turquía, pero para algunos armenios esto es un tabú incluso al día de hoy.

La terminación “ian” de los apellidos armenios significa “hijo”, como sucede también en otros idiomas. Para evitar las matanzas de los turcos los Kelekian acortaron su apellido a Kelek, mientras que los Deyirmencian quitaron el “ian” y lo sustituyeron por “öglu”, terminación en turco que también significa “hijo”. A pesar de este cambio, el padre Mayreni murió en el genocidio.

Los Kelek arribaron a Uruguay tarde con respeto a otros miembros de la colectividad, en la década de 1950, y enseguida iniciaron gestiones para recuperar el apellido original, cosa que obtuvieron.

Por la rama paterna, la familia Aprahamian tuvo sus sufrimientos. “Mi abuela por parte de mi padre vio cómo le cortaban a lengua a su madre en la ciudad turca de Bursa, en 1915”, recuerda Alicia.

Como pudieron, los Aprahamian escaparon primero a Bulgaria y desde allí salieron hacia un país de nombre extraño llamado Uruguay, pero donde ya tenían parientes que los recibirían.

Hace tres años, Alicia acompañó a su madre a visitar a sus parientes en Estambul y luego hasta Armenia. Al llegar a Turquía, en el aeropuerto su madre con apellido turco no tuvo ningún problema, pero a ella la demoraron y le preguntaron por qué tenía apellido armenio.

Son muchos los uruguayos descendientes de armenios que vuelven a Turquía a visitar las ciudades donde vivían sus antepasados. Otros, por su parte, se resisten a volver a un territorio que consideran “enemigo”.

“De una u otra forma, somos todos sobrevivientes. No existe un solo armenio en el mundo que no haya pasado por eso y que esas historias no estén en el seno de su familia”, opina Alicia Aprahamian.

Un asesinato que conmovió

En 1965 Uruguay fue pionero en el mundo en el reconocimiento del genocidio armenio.

El proyecto en el Parlamento lo presentaron legisladores de la lista 99 del Partido Colorado, entre ellos Zelmar Michelini, Hugo Batalla, Aquiles Lanza y Enrique Martínez Moreno, a quienes paradójicamente les llamaban dentro del partido los Jóvenes Turcos.

Las Naciones Unidas (ONU) habían definido el concepto de genocidio en una convención en 1948, luego de la segunda guerra mundial, para denominar las masacres de los turcos a los armenios y de los nazis a los judíos.

El principal impulsor fue el abogado polaco Raphael Lemkin, quien en 1921 era estudiante de derecho en Berlín, en momentos en que en la capital alemana el armenio Soghomon Tehlirian asesinó a Mehmed Talaat. Este último era el ministro del interior turco, quien dio la orden de arresto de los intelectuales en 1915 y signado como uno de los más grandes responsables del genocidio.

A Lemkin lo conmovió el caso y el posterior juicio, e investigó sobre la masacre armenia estando en Alemania. Con el ascenso nazi huyó a Estados Unidos y se transformó en asesor de la ONU.

En 1948 se adoptó la definición de la figura de genocidio. Luego de Uruguay, otros países comenzaron a aceptar la figura de genocido para el crimen contra los armenios. “La comunidad armenia se identificaba sobre todo con el batllismo en esos años”, apunta Karamanoukian.

El plato fuerte

Si la frase de Alicia Aprahamian es cierta, entonces la historia de Raffi Isagoulian es la excepción que confirma la norma.

Isagoulian es el dueño de los restaurantes armenios Raffi de Montevideo y se lo podría considerar el padre del lehmeyun en el país.

Llegó a Uruguay en 1994, oriundo de Isfahan, ciudad de Irán a 700 kilómetros al sur de Teherán, donde su familia vivió por cuatro siglos dentro de la comunidad armenia. Su familia no sufrió el genocidio porque estaban lejos del epicentro de violencia. Se repatriaron a Armenia en 1973, cuando esta integraba la URSS. En Armenia Raffi no era cocinero, sino que se dedicaba a la confección, como tantos.

En la década de 1990 la situación económica de Armenia era mala y se vino a Uruguay, donde comenzó a cocinar para la colectividad. “Uno viaja con su cultura y sus costumbres. Aquí vieron que había buena mano y unos empresarios armenios me ofrecieron entrar en el negocio culinario”, dice Raffi.

En 1997 abrió el primer local en la avenida Garibaldi y el éxito fue tal que impuso al lehmeyun como plato popular. Un dato curioso es que la comunidad armenia en Uruguay no comía seguido lehmeyun, porque en las casas no poseían el horno de leña para cocinarlo. Berch Rupenian contó que su madre iba a una panadería del barrio para que se lo hornearan.

En el logotipo de Raffi unas líneas representan los montes Ararat, las montañas sagradas (y siempre nevadas) de los armenios, porque allí según la Biblia se detuvo el Arca de Noé cuando bajaron las aguas. Hoy, aunque sea lo primero que se distingue en el horizonte armenio, los montes Ararat están en Turquía. Igual que al pedido de perdón turco, los armenios lo contemplan como algo que no poseen y que deben tener.