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“Y el Oscar va para… José Mujica”

Mujica ya es un presidente cinematográfico 

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07 de septiembre de 2018 a las 05:01

Fue guerrillero (palabra camino a caer en desuso), pasó varios años preso en condición de prisionero político, salió de la cárcel con sus facultades mentales ilesas, se dedicó a la política, fue senador, luego presidente, usó su casa como residencia presidencial, tuvo una perra llamada Manuela que vivió 23 años, tras abandonar la presidencia regresó al senado, y ya de viejo descubrió la gran droga del presente siglo: la celebridad. Renunció a su banca pues las luminarias lo llamaron. José Mujica tiene tantas invitaciones de todas partes, que necesitaría una vida extra para poder cumplir con ellas.

A su edad, y caminando a diario por la alfombra roja bajo los reflectores, de lo único que debe estar lamentándose es de la brevedad de la vida. En lo mejor de la fiesta uno debe comenzar a prepararse para dejarla. Mujica, aunque no les guste a quienes no les gusta Mujica, es famoso. Pero no es una celebridad, de esas que son famosas hoy y mañana nadie las conoce. No es un producto de la artificiosa instantaneidad de las redes sociales, un globo que se desinfla tan pronto como se infló.
Mujica no es una celebridad, es célebre. Su lápida podría decir: “José Mujica, 1935-… Célebre”.

Tiene ese tipo de fama que viene con posteridad incluida. La consiguió por derecho de conquista, de tanto insistir en ser todo el tiempo Mujica. Tiene estatus de estelaridad internacional. Es una especie de Shakira de la política: en cualquier país del mundo reconocen su nombre. “Ah, ¿es usted de Uruguay, de ahí viene Mujica, no?”, me dijo alguien en el medio de la China, esto es, en el medio de la nada. También en la Cochinchina lo conocen. Ningún futbolista, aunque se llame Forlán, Cavani o Suárez alcanzó esas cimas de “producto humano” con reconocimiento universal. En el festival de cine de Venecia la imagen de Mujica, protagonista no de una, sino de dos películas, tuvo la ubicuidad de una estrella de Hollywood de las legendarias, como si se tratara de la reencarnación de Humphrey Bogart. Dentro de 100 años nadie se acordará de todo lo que no hizo durante su presidencia, pues para entonces el presidente cinematográfico será, como casi ya lo es hoy, una leyenda urbana que vivió en tiempos cuando a los seres humanos todavía les interesaba la política. 

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