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Guillermo Coppola tiene la cara absolutamente colorada, como si hubiese tomado sol durante horas. Por sobre el blanco del ojo tiene unos pequeños derrames, y los párpados le caen cansados. El blanco canoso ya clásico de su pelo le hace resaltar más el rostro rojizo. Camina por la orilla del océano, en la playa La Boyita, en el kilómetro 176 de la ruta 10, un poco antes de José Ignacio.

En esa zona de la costa están los restos de un barco naufragado. La escenografía es muy sugerente. Coppola camina entre las vigas de hierro que brotan de la arena como la dentadura marrón y oxidada de una bestia prehistórica que quisiera engullirlo. De pronto, detiene su marcha, se apoya en una de las vigas, mira hacia el horizonte donde el sol del atardecer se mezcla con unas nubes y las deja anaranjadas. Mantiene la mirada en ese punto: reflexiva, contemplativa, introspectiva. Hasta que una voz le grita: “Mirate las manos, Guillermo”. Entonces Coppola, con toda parsimonia, baja sus ojos hasta sus manos, que se unen en un gesto, entrelazando los dedos donde se destaca un grueso anillo plateado. “¡Corten!”.

La misma voz anterior se escucha. Es la del director Fedor Mossayebeh, director de Yo, Guillermo, el documental para televisión que el exmanager de Diego Armando Maradona está filmando en Punta del Este por estos días. Se trata de una producción del canal de cable argentino C5N y está dividida en 12 capítulos que repasan distintas etapas de la vida de Coppola. Se emitirá por esa señal a partir de abril de este año.

El rodaje comenzó en diciembre en Italia. Coppola volvió allí para visitar algunos sitios emblemáticos de su vida junto a Maradona.

Estuvieron obviamente en Nápoles, pero también en la isla de Capri, donde su apoderado pasó la luna de miel, en Roma y en Florencia. Desde Italia llegaron a Punta del Este, donde Coppola acompañó a Maradona en tantas fiestas y celebraciones, y al que llevó inconsciente al sanatorio Cantegril cuando le vino una descompensación que casi se lo lleva al otro mundo en enero de 2000 (Coppola aún sostiene que le cayeron mal unas ubres de vaca que comió).

En la zona de La Boyita, donde se está filmando ahora, Coppola tomó la decisión, en marzo de 2004, de trasladarse con Maradona a Cuba para iniciar una rehabilitación de la adicción a las drogas.

“Lo que pasa es que no lo dejaban entrar a Estados Unidos. Ni siquiera le dieron la visa médica. Por eso elegí Cuba”, explica a El Observador mientras un joven ayudante de producción sostiene una sombrilla que les pidieron a unos pescadores que estaban cerca del barco naufragado para que el popular “Guillote” no siga recibiendo sol en la cabeza.

La semana que viene, toda la producción se traslada a la isla caribeña para que Coppola explique esos años de “desenchufe” y de desenfreno sexual en la tierra de los Castro.

Para la toma, Coppola se sacó unos zapatos Armani con corte deportivo de blanco, se quedó descalzo y se puso una camperita azul marino de tela de avión. A sus 64 años, todavía mantiene un look que los argentinos denominarían como “pendeviejo”, un veterano que se viste a lo joven. Usa ropa italiana de marca, ajustada. Cuando habla, se toca sistemáticamente el cuello de la camiseta, como buen porteño. Dice que se levanta temprano en la mañana –“me levanto a la hora a la que antes me acostaba”, dice–, que hace ejercicio, que lleva una vida más sana, que ya no consume cocaína (adicción que define como “un snobismo”). “Me encanta la noche todavía, pero hoy no me dan las tabas”, reconoce.

Pero el programa hace que vuelva al pasado: la cárcel, las acusaciones de asesinato, la polémica, la gloria, la farra, el descontrol y el omnipresente “Diego” en sus palabras. A pesar de que el exmanager hoy no tiene relación con Maradona tras una guerra de acusaciones mutuas, la presencia del 10 lo ronda como una sombra shakesperiana. “La vida es larga, sobre todo la de uno, que tiene tanto recorrido. Todo en definitiva cae en Diego, que es uno de los personajes más trascendentes del mundo. Tuve la suerte, la fortuna, la gracia, la gloria de estar con él durante 18 años”, dice en uno de los altos de la filmación. Gracias a él conoció al príncipe Carlos de Inglaterra, a Gadafi, a Rainiero de Mónaco, al papa Juan Pablo.

Las imágenes que se están filmando ahora tendrán encima una voz en off de Coppola, que leerá el guión que confeccionó Pablo Fidalgo a partir de la autobiografía del contratista. “Yo venía acá a La Boyita cuando esto no era nada, mucho antes de que llegaran Alan (Faena) y Tinelli”, explica y reconoce que extraña a Maradona. “Claro que lo extraño. Yo soy amigo de mis amigos. En mi chata, la frase dice: ‘En la próxima vida, quiero ser mi amigo’”, cuenta.

“Yo fui para él la pierna izquierda, el resto del corazón, el hermano, el padre, el socio, el superamigo. Y de repente, se despierta un día y me acusa de robo. Ese es él, es como las minas. Yo salí con alguna que otra vedette y vos la conocés en bolas. Después de eso, no le podés poner una sotana. No la podés cambiar. Y nunca se me ocurrió cambiarlo a él. Él provoca amor y a veces odio”, comenta.

El referente
Para muchos argentinos, Coppola es un referente. El muchacho de producción que le sostiene la sombrilla lo ubicó junto a Héctor “Bambino” Veira y Alfio “Coco” Basile como una especie de trío de “gurúes de la vida”. La noche, las mujeres, las anécdotas, la vida loca. Las generaciones pasan pero sus mitos siguen vivos y se inflaman a cada momento con saludos por la calle, fotos y autógrafos.

Este fin de año estuvo en Bariloche y volvió a entrar al boliche Grisú. “Volví después de 40 años. Y es impresionante cómo los pibes de 17, 18 años, y las minas, me tiran buena onda”, dice Coppola, y aclara que tiene claro que él no le hizo un gol increíble a los ingleses, no tuvo la gambeta de Francescoli, no cantó como Luis Miguel. ¿Cuál es el secreto? “Y, como dice él”, dice Coppola, en referencia a su ayudante: “Las minas, haber estado tanto junto a Diego… Yo tuve una vida riquísima, con buenas y malas, porque la cárcel no es moco de pavo”.

Coppola asegura que el ejercicio de la seducción lo aplica cada día a cada hora, porque es algo que le brota. “Es innato”, dice. Reconoce que la estadía en Cuba le hizo “romper el molde” por la cantidad de mujeres con las que tuvo relaciones.

Risas, chistes y alguna pitada de cigarrillo en la orilla, antes de que vuelva a prenderse la cámara. Luego de varias tomas, la noche cayó en José Ignacio. Entonces, Coppola se va de la playa junto al equipo de filmación en una camioneta. Como el sol, sus historias se apagaron por hoy.