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La duquesa de Alba, la mujer con más títulos nobiliarios de España, falleció ayer en su casa de Sevilla y dejó la imagen de una aristócrata que, fiel a las tradiciones de su rango y su dinastía, fue capaz de superar las convenciones sociales y vivir sin ataduras.

Cayetana Fitz-James Stuart y de Silva, décimo octava duquesa de Alba, murió a los 88 años.

Con más de 40 títulos de nobleza y una fortuna estimada en unos
US$ 3.750 millones, Cayetana de Alba, como era conocida, era la representante de una dinastía con relevancia histórica en España y que entronca con María Estuardo, reina de Escocia.

Fiel a esa trayectoria, la duquesa se impuso siempre la tarea de preservar intacto el patrimonio de su casa tal como llegó hasta ella.

Cayetana de Alba, que de niña fue retratada por Ignacio Zuloaga y esculpida por Mariano Benlluire, alimentó la tradición artística de su familia y la amplió a lo más diverso de la cultura popular, desde los toros al flamenco pasando por el cine y Los Beatles, hasta llegar a ser una “duquesa pop”.

Madrileña y sevillana

Madrileña de nacimiento y sevillana de adopción, Cayetana Fitz-James Stuart y de Silva, duquesa de Alba, consideró “el baile, el flamenco y Sevilla” como “la amalgama” de sus “auténticos espíritus interiores”, como dejó dicho en la última entrega de sus memorias, publicadas en 2013 con el título de Lo que la vida me ha enseñado (España Hoy).

Fue continuadora de una tradición de mecenazgo artístico iniciado hace más de 700 años por la Casa de Alba, que ha fraguado en una de las colecciones de arte privadas más importantes del mundo.

La propia duquesa se puso manos a la obra para organizar una muestra que resumía la tradición familiar hacia el mecenazgo y el patrimonio, que siempre le parecieron una de las actividades “más hermosas” que pudo desarrollar, y a las que contribuyó con cuadros de artistas como Corot, Renoir, Sorolla, Chagall, Miró o Picasso.

La exposición se cerraba con el retrato de Cayetana de Alba de niña a caballo -la equitación fue otra de sus grandes pasiones- en un gran óleo realizado en 1930 por Ignacio Zuloaga, pintor que también retrató a su padres.

Estaba muy orgullosa de haber comprado una obra de Picasso el día anterior a la muerte del artista, fallecido el 8 de marzo de 1973, porque la pintura era un arte que llevaba “en la sangre”, explicó, aunque confesaba que se quedó “en el cubismo” y más adelante, en el “realismo” de Antonio López.

“El arte abstracto nunca me ha tocado la fibra y no he intentado siquiera adquirirlo”, explicó, y añadió que nunca se había arrepentido de negarse a posar desnuda para Picasso cuando el pintor se lo solicitó para retratarla como la Maja Desnuda, porque a su primer marido, Luis Martínez de Irujo, “no le gustó la idea”.

La Fundación Casa de Alba, constituida en 1976, gestiona también el impresionante patrimonio histórico de la familia, en el que destaca la colección de cartas de Cristóbal Colón –la más extensa que se conoce–, el escudo de armas concedido a Francisco Pizarro, o una primera edición de El Quijote, entre otras piezas de incalculable valor.

Entre sus grandes pasiones, además del arte, estuvieron el flamenco y los toros, una afición que centró en las figuras de Pepe Luis Vázquez, Antonio Ordóñez y Curro Romero, todo aderezado con un marco de mantillas y caballos.

El cine fue otro de sus grandes placeres. Se imbuyó en Hollywood durante su primer viaje de novios, en el que conoció a estrellas como Bing Crosby, James Stewart y, sobre todo, Charlie Chaplin, “un sueño” que pudo hacer realidad gracias a la invitación del productor Douglas Fairbanks.

En su constante interés por la cultura llegó a conocer a Andy Warhol, “un tipo muy agradable y algo extravagante”, dijo de él en sus memorias, en las que se situaba “muy cerca de la cultura del pop” porque le encantaba este tipo de música, “sobre todo The Beatles”, como relató bajo el epígrafe titulado Una duquesa pop.

Su vida fue un prolongado cortejo de pretendientes que agrupó a príncipes, intelectuales, artistas, aristócratas, banqueros y un funcionario. Sus tres maridos le proporcionaron ese agradable lazo que une a las personas en el día a día, que es la complicidad. El último no era de la aristocracia, sino un funcionario de Seguridad Social llamado Alfonso Díez. La duquesa se casó con Díez hace tres años luego de acordar con sus seis hijos que no recibiría nada de la herencia, algo que se confirmará cuando se abra el testamento.

A su forma, con las ataduras justas, Cayetana vivió amores juveniles con el torero Pepe Luis Vázquez, el mejor torero de capa de su época y el que quizá fue su gran amor, cuando ella tenía 16 años. “El corazón se me desbocaba”, recuerda en sus memorias sobre las emociones que le agitaba el matador de toros. Pero a su padre no le gustaba aquella relación y la mandó a estudiar a Londres. También, en esas memorias, la duquesa reconoció su amor por el bailarín Antonio: “Ahora que ha pasado tanto tiempo, voy a dejar una cosa clara: si no hubiera sido porque era ‘de la otra acera’, como decíamos entonces, homosexual, como dicen hoy, Antonio podría haber sido un amor en mi vida”, escribió.

“Aquí yace Cayetana, que vivió como sintió”: Ese es el epitafio que Cayetana de Alba había elegido para su sepultura, según escribió en 2011 en un libro de memorias. Una frase que resume su existencia en la que, como ella misma reconoció públicamente, su lema fue “vive y deja vivir”.