ver más

Que si había vuelto sólo por la plata. Que sí El Hobbit era un libro demasiado breve para adaptarlo en tres películas. Que si ya aburría con esos largos planos de paisajes y esa música new age. Mucho se dijo sobre el neozelandés Peter Jackson y su regreso a la Tierra Media pergeñada por el escritor sudafricano John Ronald Reuel Tolkien.

Y si bien hay algunos peros a este regreso, que tienen puntos en común con lo mucho que se dijo, no cabe duda, al menos en quien suscribe, que su cierre de la saga de seis películas (aunque Jackson las planificó como una saga sola) es más que satisfactorio y feliz.

El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos suprime cualquier clase de prólogo, algo que no faltó en ninguna de las cinco películas anteriores, y va directo al punto exacto dónde terminara La desolación de Smaug, es decir con el consabido dragón volando a hacer arder hasta los cimientos al Pueblo del Lago y a todos sus pobladores con él.

Ya desde esta primera secuencia, la mejor de la película, queda claro que Jackson ha pisado el acelerador (literalmente, esta sexta película con sus 144 minutos es la más breve de todas) y que viene a terminar con gran espectáculo aquello que empezó a contar en la ya lejana La comunidad del anillo en 2001.

El gran protagonista de esta secuencia es Bardo (un entregado Luke Evans) quien enfrentará a solas al terrible Smaug. Pero lo que pasa a continuación de esto, la batalla de los cinco ejércitos del título, es en verdad lo que da cuerpo a la película.

Porque una vez los trece enanos (y un hobbit) han recuperado la Montaña de Erebor con sus tesoros, aparece practicamente cuanta raza existe en la Tierra Media a exigir su parte. Y eso no es el peor de los problemas, el hasta ahora noble Thorin (Richard Armitage, otro que pone mucho de sí) se ha vuelto un enfermo avaricioso que a la usanza de Rico McPato adolece de la enfermedad del oro. Y queda en manos de nuestro estimado Bilbo Bolsón (Martin Freeman, probablemente la mayor razón de que todo esto funcione) lograr que las cosas salgan al menos lo menos mal posible.

Ese mismo pie en el acelerador que se nota desde la primera secuencia está presente en Jackson durante todo el rodaje. Ha venido a cerrar y no quiere que le falte nada. Así, los enfrentamientos se producen uno atrás de otro.

Algunos inútilesn en especial el que protagonizan Galadriel (Cate Blanchett), Elrond (Hugo Weaving) y Saruman (Christopher Lee) contra un todavía débil Sauron y sus Nazgul, que aunque busca unir esta saga a la otra, se siente completamente descolgado y por fuera.

Pero la gran mayoría son emocionantes y tensos, como la gran batalla que dura no menos de 45 minutos a todo trapo y que tiene, por fin, un peso real, un costo, un valor dramático que no habían tenido estas adaptaciones del Hobbit hasta ahora.

Pero no todo es para tirar cohetes. Empecemos por lo evidente: no eran necesarias tres películas (y extensas además) para adaptar El Hobbit.

Para poder hacer funcionar tres películas, Jackson, quien lo logra, a veces arañando, pero lo logra, tiene que meter y meter escenas que no forman parte de la obra que adapta o estirar inconcebiblemente aquellas que sí adapta.

En el primero de los casos, busca vincular todo lo que puede esta saga a la anterior y tal cosa funciona poco y mal. El abuso del personaje de Legolas (un Orlando Bloom al que sí se le notan los 13 años que han pasado) no ayuda en nada y lo inverosímil de sus mil y un piruetas es casi que hasta anticlimático.

Lo mismo ocurre con las apariciones de Galadriel, Saruman y los otros. Sauron no viene a cuento para nada en este relato y se siente siempre forzado ese camino (amén de ser irrelevante: ya sabemos todos lo que pasará, ya que desemboca en la primera trilogía).

Pero hay algo que es verdad: pocos directores logran una épica como Peter Jackson. Las batallas son apasionantes, los actores cumplen con entrega (faltaría destacar a Ian McKellen, uno que siempre está bien) y el resultado final es más que efectivo.

Uno termina de ver la película y mientras Gandalf y Bilbo regresan a La Comarca no puede dejar de sonreír con felicidad ante una historia bien contada, un relato emotivo y sentir cierta nostalgia al saber que no reencontrará más a estos personajes.

Pero esta vez, al contrario del final de la saga de El Señor de los Anillos, sí estaría bueno que terminara.

No enterarnos dentro de poco que ahora Jackson va por El Silmarillion y que lo transformará en una saga de 19 o 20 películas.

Ya está, señor Jackson, muchas gracias, lo hizo muy, muy bien. Pero ya está.

Las otras cinco películas

El Señor de los Anillos: La compañía del Anillo (2001).

El inicio de la saga y una de las películas más logradas de la misma. La presentación de la Tierra Media de Tolkien, un numeroso elenco de protagonistas y la confirmación de que por fin había aparecido un director capaz de trasladar el original literario con altura. Los fans acérrimos se quejaron de algunos cambios, pero el universo cinéfilo (y los espectadores comunes y corrientes) festejaron con alegría.

El Señor de los Anillos: Las dos torres (2002).

Con margen, la mejor de las seis. La historia se divide en tres caminos: el viaje de Frodo y Sam y su encuentro con Gollum; la parte más guerrera con Aragorn, Legolas y Gimli buscando la ayuda del Reino de Rohan; y los dos Hobbits restantes, Merry y Pippin con su propia carga de aventuras por su lado. Hasta la fecha, la batalla en el Abismo de Helm se encuentra entre el cine épico mejor filmado.

El Señor de los Anillos: el retorno del Rey (2003).

Apenas a la altura de sus predecesoras (entendámonos: igual muy buena). El cierre de la trilogía cumple con las expectativas, pero contiene algunos sinsabores en materia de argumento (¿qué pasa con Saruman que ni asoma la nariz en su torre?), así como demasiados minutos de Frodo y Sam. Igual la nostalgia del cierre y la despedida se sintió al finalizar la película y comenzar a aparecer los créditos.

El Hobbit: un viaje inesperado (2012).

Para desconfianza de los más cínicos, Jackson volvió a la Tierra Media. Pero lo hizo con mucha altura, predicando para conversos, es verdad, pero a esta altura sería ridículo esperar otra cosa. A la historia original que adaptaba le sumó argumentos propios, personajes inventados y logró un estupendo relato. Dejaba así la sensación de que podía haber material para una nueva y espectacular trilogía.

El Hobbit: la desolación de Smaug (2013).

Esa sensación de esperanza se rompió en esta que es la peor de las seis películas. Lo estirado de la adaptación ya no se disimula y esencialmente el argumento de estas largas tres horas puede resumirse en: “grupo de personajes va de un punto A a un punto B, donde esperan abrir una puerta”. Tiene sus buenos momentos y, mientras se apoya sobre los hombros de Martin Freeman, se sobrelleva.

Seguí leyendo