ver más

Con el pitazo final del chileno Enrique Osses los corazones reventaron. Desde el segundo gol de Vélez Sarsfield, los hinchas de Peñarol estaban paralizados. La euforia del primer tiempo, cuando Mier abrió la cuenta y parecía imposible que Vélez lo sacara de la final, se transformó en rostros serios, uñas comidas, corazones paralizados. Parecía que se acababa el mundo.

En Buenos Aires, donde casi 10 mil carboneros fueron atrás del sentimiento, en Uruguay, donde varios miles no se perdían detalles delante del televisor y en el mundo donde otras decenas de miles aurinegros seguían el partido como podían, las palpitaciones volaban.

El hincha aurinegro se llenó de angustia. En el Amalfitani, se quedaron mudos, absortos. En las calles de Montevideo no caminaba un alma que tuviera en sus venas sangre amarilla y negra. Frente a los televisores no hablaban, no se movían, no vaya a ser cosa que la pelota rebotara en alguien, en algo, y entrara en el arco de Sosa.

Cuánto se sufre en estas instancias. Hacía 24 años que no se sabía lo que era vivir este momento. Tanto tiempo. Se regodeaban con la historia los aurinegros, ahora tienen el presente para sentirlo. Uf, qué sufrimiento. Ese Burrito Martínez se compró la pelota para él solo, la tiene atada, ¡márquenlo!

Cuando el penal, que entre los Rodríguez le cometieron a Martínez, el sufrimiento se agigantó. No puede ser. Estábamos tan cerca de la gloria. Pero la suerte, esa que acompaña a Peñarol en esta Copa y a Diego Aguirre en su vida, por más que él se lo tome a broma, colaboró una vez más. El Tanque Silva se paró frente a Sosa los aurinegros sacaron cuentas, buscaron en la memoria cuándo atajó un penal y no hallaban datos cercanos. Silva se aceró al punto blanco y cuando se paró para fusilarlo... se resbaló. Le pelota voló por encima del arco y los hinchas carboneros revivieron.

Pero no respiraron hasta que se esfumaron los tres minutos adicionados por el árbitro. Ese lapso fue interminable. El silencio se hizo atronador. Y el desahogo último fue increíble. Como por arte de magia la avenida 18 de Julio se pintó de amarillo y negro. No es para menos. La mayoría de los que concurrieron al centro a festejar, jamás vieron a Peñarol tan cerca del cielo.