ver más

Ayer fue 1° de Mayo, día en que los trabajadores no trabajan, y en el que algunos trabajan haciendo cosas en su casa, esas que estaban pendientes desde el 1° de Mayo pasado y que cada fin de semana se fueron posponiendo para el siguiente, y así sucesivamente.

Cualquiera que haya realizado cualquier tarea casera habrá notado que si existe algo importante en el mundo, es el tornillo. Es sin duda alguna el hermano inteligente del clavo, y el primo del remache, pero claramente menos testarudo. Si uno quiere asegurar algo más o menos, apela al clavo. Si quiere que permanezca firme por siempre jamás, como en el caso de las paredes de un submarino, por ejemplo, usa un remache. Pero el tornillo cuenta con la cualidad de ser dúctil, es más firme que el clavo, casi al punto del remache, pero con la ventaja que se puede retirar sin descuajaringarlo todo. Siempre y cuando se utilice el destornillador adecuado y no lo arruine todo por chambón. Por encima de pruebas empíricas acerca de la superioridad del tornillo, existe la comercial: los clavos se compran por peso, los tornillos por unidad. Si va usted a la ferretería y pide un clavo, provocará lástima en el dependiente, quien seguramente se lo obsequie con el mismo gesto de quien otorga una limosna. Pero si pide un tornillo,
seguramente se lo vendan, tras interrogarle acerca de las especificaciones del mismo. Podríamos decir que el tornillo es a la industria lo mismo que el alfiler de gancho a la moda.

Existen varias interrogantes respecto a los mismos, entre ellas la conocida interrogante filosófica que se pregunta si fue primero el tornillo o la tuerca, pero no es momento de enroscarnos en ese tipo de dudas, sino en desenmascarar la enorme estafa que las grandes multinacionales capitalistas han urdido valiéndose de ellos.

Quien alguna vez haya desarmado cualquier aparato con ilusión de repararlo, habrá notado que al intentar armarlo nuevamente, sobran tornillos. Muchos. Incluso, a veces, alguno queda suelto dentro del aparato, deslizándose de un lado a otro del mismo con un sonido inconfundible cada vez que lo movemos. Sin embargo, el artefacto sigue funcionando con normalidad absoluta. Es decir, los tornillos que sobraron no cumplían ninguna función práctica.

Se preguntará el lector entonces para qué se encontraban en el artilugio en cuestión, y por qué motivo el fabricante los puso allí, sabiendo que colocar un tornillo es una tarea que retrasa cualquier cadena de producción y tiene un costo relativo. La respuesta es sencilla: alguien busca dominar el mundo mediante los tornillos.

Porque nadie tira los que sobran, por regla general se les guarda en una cajita, un frasco o un portalápices, ante la duda de si serán necesarios en algún momento. Se supone que por algo el fabricante del artefacto los puso en él, y puede que en algún momento sea necesario volver a colocarlos. Y poco a poco, nuestra vida se va llenando de tornillos. Están en el cajoncito de la mesa de luz, en el fondo de la caja de herramientas, en varios lugares de la cocina, y en cuanto lugar uno mire. Excepto donde uno los busca, claro.

Así es que guardamos tornillos que luego no encontramos, y debemos ir a comprarlos de nuevo cuando los necesitamos. Y nunca compramos solo los que precisamos. Si hay que poner uno, adquirimos dos, de tal forma que cada vez que atornillamos uno, al menos otro es guardado y jamás vuelto a encontrar. De esa forma, nos vamos llenando de tornillos y cada vez dependemos más de quienes los fabrican, que nadie sabe quiénes son. Porque podemos saber mucho de tornillos, conocer la diferencia entre las distintas roscas y las formas de sus cabezas, pero nadie jamás se ha interesado por saber qué marca son.

Ayer, en el acto del 1° de Mayo nadie habló acerca de cómo los fabricantes de tornillos dominan nuestra vida, ni dijo quiénes son. Y por eso estamos como estamos.