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El detonante de esta historia que involucra a agentes secretos, periodistas, políticos, y agencias de seguridad, tanto privadas como gubernamentales, es el caso del contador Saúl Feldman, que sacudió a la opinión pública uruguaya hace ya algunos años.

Feldman tenía en su poder un impresionante arsenal y, cuando las autoridades lo fueron a buscar, mató a un agente de inteligencia, se atrincheró durante horas, y finalmente se suicidó en su búnker blindado del balneario Shangrilá.

A partir de ese hecho real Mercedes Vigil construye una novela que sugiere desde la ficción (el muerto se llama aquí Samuel Blume) que las cosas ocurrieron de otra forma. La autora dijo a El Observador que nunca le convencieron las explicaciones oficiales: “En Uruguay se ha instalado el relato esquizofrénico en el que se apela a una reformulación de la realidad desde el contenido de la memoria episódica y se desecha toda alternativa. Nos acostumbramos a no preguntar, aceptamos que nos mientan con total naturalidad, que nos roben, que nos oculten información, que nos cuenten la historia de Hänsel y Gretel. En fin, que nos tomen de tontos”, apuntó.

Pero la muerte de Blume es solo la punta del iceberg. La novela se ramifica hacia otros temas, como el tráfico internacional de armas, las relaciones de los gobiernos de Irán y Venezuela, y las actuaciones de agencias como el Mossad, la CIA y el MI6.

A pesar de que los acontecimientos se ambientan en las más diversas locaciones, América del Sur tiene un peso específico, que se observa a lo largo de todo el libro. Vigil señala en el prólogo que se trata de un territorio donde la violencia criminal se beneficia de una corrupción endémica, que fomenta las acciones delictivas.

“El secretismo sobre el episodio de un buque de la armada nacional que traía ilícitamente armas en bodega desde Venezuela y que nunca se aclaró; el caso de Eugenio Berríos y su relación con el Proyecto Andrea; los rumores de que los puertos de Montevideo y Buenos Aires serían portales para la triangulación de armas. En todos estos sucesos encontré líneas comunes, nombres e instituciones que se repetían”.
Se trata de una novela de múltiples personajes pero es Gail Verhum, una agente del brazo ejecutivo del Mossad, el Kidon, quien lleva el peso de la historia. Una mujer que está dispuesta a todo por la causa: desde matar a acostarse con el enemigo.

El libro también refleja la mirada crítica que tiene la autora sobre Uruguay y los países vecinos. “Los socios de Dios es la imagen que me devuelve el espejo del país y la región en que me ha tocado vivir. Hace años que las agencias de diversos países se pasean por estas tierras con total impunidad. También hace décadas que grupos extremistas almacenan armas y municiones porque aun sueñan con hacer la revolución, aunque no sepan bien de qué se trata. Todas las semanas entran y salen del país traficantes de personas, drogas y armas. Uruguay es un país vandalizado”, sostuvo.

La historia, plagada de incidentes a veces simultáneos, está dividida en capítulos breves que llevan el nombre de la ciudad donde se desarrolla la acción. El libro tiene un final abierto, y según Mercedes Vigil, la trama da para mucho más: “El tráfico ilícito de armas en un flagelo mundial y creciente. Y Gail Verhum es un personaje muy fuerte, que ya está en mis sueños dictándome algunas vivencias que seguramente terminarán en otra novela”.