Cuando Dustin Hoffman pasaba noches y noches sin dormir para representar a su personaje demacrado en Maratón de la muerte, su compañero de escena, el gran Laurence Olivier, le dijo: “¿Por qué no actuás? Es más sencillo”. Desde siempre los tiempos del mítico Lee Strasberg y su escuela de Nueva York, los actores suscriptos al “método” buscaron que el realismo de sus papeles se imprimiera en la pantalla porque pasaban las mismas situaciones extremos que los personajes que representaban. Bajar de peso, subir de peso, volverse alcóholicos, adictos al sexo, drogarse, cortarse el pelo, dejarse el pelo largo, la barba: llevar el cuerpo y la cara hasta las fronteras de la identidad y de la salud. Esos elementos son parte de una profesión como la actuación, donde las bibliotecas dividen las aguas y donde la búsqueda de lo genuino es el verdadero drama detrás de alguien que quiere ser otro y vivir en un mundo ajeno a él.
Bajo la piel del camaleón
Algunos actores llevan hasta el extremo el querer reproducir las circunstancias concretas de las vidas de los personajes que representan