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Cayo Sebastián Acosta se desliza colgado de una cuerda de acero a más de cien metros del suelo y se siente muy bien. Durante 36 segundos admira el paisaje de las sierras en la frontera de los estados de Minais Gerais y Sao Paulo. En esa soledad vive una independencia muy peculiar, librado a la fuerza de la gravedad en un trayecto de un kilómetro.

Ese 12 de setiembre de 2012 no es un día cualquiera en su vida. Acosta nació hace 52 años en Asunción del Paraguay y muy poco después sufrió un accidente cerebrovascular, por lo que nunca pudo caminar sin ayuda; el proceso es degenerativo y desde hace años necesita una silla de ruedas para trasladarse.
Tuvo que ganarse cada espacio que ocupó desde que tiene uso de razón. Debió luchar por hacer valer sus derechos, a cada paso.

Ahora llegó a Brasil, invitado por la agencia nacional Embratur, para tener la experiencia de hacer turismo aventura, bajar por los rápidos del Rio do Peixe en un gomón, andar a caballo y deslizarse por la tirolesa.
“Me sentí libre, pero no por la sensación de volar, sino por no depender de nadie. Quise tirarme primero para que nadie me lo contara, para averiguar por mí mismo lo que se sentía”, declara.

Para la ocasión llegó al lugar un equipo del programa dominical Fantástico, de la TV Globo, a registrar la aventura de un grupo de uruguayos, argentinos y paraguayos que habían llegado para probar las estructuras adaptadas para personas con discapacidad.

También participó de la experiencia María José Benítez (51), de Argentina, y Martín Yazbek (34), de Uruguay. Benítez sufrió un accidente automovilístico en 2006 que la dejó sin sensibilidad de la cintura para abajo. Yazbek se accidentó en una construcción y le amputaron la pierna izquierda, también en 2006.

Para Cayo Acosta, estas vacaciones son algo muy importante, no solo por haber tenido la oportunidad de vivir una experiencia inimaginable, sino “por la mentalidad que evidencia”. Se refiere a la naturalidad con la que se maneja la accesibilidad del turismo en la localidad de Socorro, estado de Sao Paulo, a 130 kilómetros de la metrópolis más grande del hemisferio Sur.

Una apuesta especial

Socorro es tomado como ejemplo en todo Brasil en materia de accesibilidad de la ciudad en general y en las oficinas públicas y los establecimientos turísticos, en particular.

Es parte de una política que les ha generado dividendos, desde la inversión del gobierno federal hasta los índices de ocupación, que van en aumento año a año.

De acuerdo a cómo lo explica José Fernandes, el propietario del Parque dos Sonhos, la responsabilidad social en materia de turismo paga. Cada habitación del complejo turístico está equipada con un baño adaptado a necesidades especiales y esa inversión se ve recompensada no solo por la preferencia de quienes lo necesitan sino por el público en general, que disfruta de esos baños amplios y cómodos y que se siente mejor en un establecimiento donde se contemplan las necesidades de todos.

Fernandes también es propietario del Campo Dos Sonhos, un establecimiento rural, en plena fazenda, con cabañas que también tienen una habitación especial para perros lazarillos. Es otra comodidad que aprecian muchas personas que sienten que las vacaciones sin el can no son completas.

Socorro es una ciudad de 35 mil habitantes rodeada de establecimientos rurales, con una producción variada, en la que se destaca el cultivo de café y la producción de cachaça. Desde hace unos años, un grupo de empresarios locales decidió darle un empuje al turismo, con especial dedicación a la inclusividad, al punto tal de que fuera accesible para personas con necesidades específicas.

A principios de 2005 se unió la voluntad de ONGs, emprendimientos privados y la Prefectura de Socorro, con el auspicio del Ministerio de Turismo de Brasil para crear “Aventureros especiales”. Es un proyecto para que las instalaciones y las actividades que se promocionaran en la zona fueran accesibles para discapacitados y personas de edad avanzada y con movilidad reducida.

Para eso se trabajó con un equipo técnico multidisciplinario para adaptar las estructuras a las diferentes necesidades. De esta manera, los establecimientos disponen de una serie de actividades que pueden ser disfrutadas por todos.

El caso de la tirolesa no tiene nada diferencial. La persona que se desliza por esas cuerdas de acero va sujetada con toda seguridad y el ejercicio no requiere de otra aptitud que el coraje para decidirse a hacerlo.

En cuanto a las cabalgatas, la adaptación está en la silla del caballo, con diferente tipos de respaldo para fijar al jinete. También hay carros tirados a caballo especialmente adaptados. Las actividades como el canotaje requieren de la pericia de los empleados del parque: que estén atentos a las contingencias del viaje.

Lo fundamental, sin embargo, es la mentalidad de la que hablaba Cayo Acosta. El hecho de superar la tentación de concluir que “es demasiado arriesgado”, “no vale la pena” o “para qué nos vamos a meter en tantos líos”.

En Socorro se respira una atmósfera de gran naturalidad con respecto a gente que tenga que andar en sillas de ruedas o con muletas o con carritos de bebé, o ayudados por otras personas por causa de su edad o su peso, o que sean sordos o ciegos. Como si todo el mundo fuera especial, de alguna manera; como si no hubiera motivos para la burla o el desprecio; como si la discriminación fuera cosa del pasado.

Momentos vividos

Esa actitud hace la diferencia, a juzgar por lo que dice María José Benítez. Ella volvió a montar un caballo por primera vez desde el accidente y lo vivió con mucha intensidad: ”Me encantó. Tuve una sensación de nostalgia y lloré”.

Benítez explica que fue todo muy inesperado. “Son cosas que había descartado y se hicieron posibles”, explica. La tirolesa la emocionó y cuenta que superó la vergüenza y cantó esa de Domenico Modugno que habla de volare y cantare y también la de Nino Bravo que dice “libre como el sol cuando amanece...”.

Ella también participó del rafting y de una modalidad que se da en llamar boia-cross, y no hay mejor manera de explicar cómo se sintió que la foto que ilustra esta nota. Así descendió la corriente del río entre las rocas y los empleados del parque, siempre atentos.

El uruguayo Martín Yazbek se lo pensó dos veces y decidió no tirarse en la tirolesa. Para él estaba reservada la variante más vertiginosa, llamada “voladora”. Yazbek sí aceptó el desafío del rafting y del boia-cross y también disfrutó mucho de la cabalgata y de la experiencia, en general, en esos días en Socorro: “Nunca me había sentido tan cómodo con un grupo de gente nueva”.

Fueron cinco días de emociones inesperadas y de camaradería entre brasileños, argentinos, paraguayos y uruguayos en un ambiente familiar y amigable, con las comodidades como para incluir a todos. Una experiencia que Martín, Cayo y María José vivieron como muy satistfactoria, y que dará para muchas anécdotas, cuentos de un lugar distinto a lo habitual, donde la vida se hace más fácil.