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El tiempo de playa y en Montevideo una de ellas es la tradicional Carrasco. El hoy barrio, y entonces balneario, nació alrededor de un hotel suntuoso, proyecto de un hombre que decidió hacer de los arenales y bañados un barrio exclusivo y un hotel símbolo de distinción para el turismo de Uruguay y del mundo.

Desde el principio

Cuando Bruno Mauricio de Zabala llegó a estas tierras vino con un grupo de familias que fueron premiadas con estancias y chacras, adjudicadas por don Pedro de Millán.

Uno de los beneficiados fue Sebastián Carrasco, tío de Artigas, quien recibió una franja de tierra de 3.000 varas de frente y una legua y media de fondo sobre un arroyo que más tarde se llamó Carrasco. Pero debía cumplir con una condición: en un plazo de tres meses tenía que convertirlas en tierras productivas, de lo contrario se las retirarían.

Carrasco lo intentó pero se encontró con un suelo árido, arenoso y húmedo, de muy difícil acceso y decidió abandonar el proyecto.

Cien años después el Estado resolvió vender la propiedad al constituyente de 1830 Juan María Pérez (1790-1845), ministro de Hacienda de Rivera y de Oribe, estanciero, saladerista y hombre de empresa. A su muerte, su cuantiosa fortuna, que incluía la estancia de Carrasco, se repartió entre los descendientes.

Alfredo Arocena soñó con un balneario

Uno de los descendientes era Alfredo Arocena, bachiller y soñador, quien luego de visitar la ciudad de Ostende, en Bélgica, concibió la idea de convertir las dunas de Carrasco en un lugar privilegiado donde disfrutar los veranos.

A caballo empezó a recorrer los arenales desolados, médanos y bañados hasta encontrar el “ombú del Manso” –actualmente a la altura de la calles Basilea y 6 de Abril–, árbol que indicaba los límites de la zona entonces apta para baños.

Después formó una sociedad anónima autorizada por el presidente José Serrato, integrada por el propio Arocena, José Ordeig, Esteban Elena y otros, que se llamó Sociedad Balneario de Carrasco S.A.

Sueño hecho realidad

Entre todos proyectaron crear un balneario para “gente pudiente”, como se decía en esos tiempos, inspirado en las costas europeas, donde abundaban las hermosas residencias, parques y jardines arbolados.

Previamente planearon un gran hotel y contrataron un arquitecto paisajista francés Charles Thays, para diseñar las líneas curvas que rodean el espacio pensado para la construcción.

La forestación afirmó los arenales, se diseñaron solares y calles y se planificó una subasta de terrenos realizado por Francisco Piria. En ese remate el expresidente argentino Julio Rocca compró una fracción para impulsar las ventas.

Después del hotel, el balneario

El Gran Hotel Casino Carrasco, suntuosa edificación ubicada frente al mar al mejor estilo europeo y alrededor del cual se construyó el balneario, fue diseñado por el arquitecto uruguayo Felipe Elena, inspirado en el proyecto de los arquitectos franceses Dunant y Malet.

Se empezó a edificar en el año 1912 pero la guerra de 1914 suspendió la construcción. Sin embargo, ni la disolución 10 años después de la sociedad creada por Alfredo Arocena ni la guerra pudieron detener el desarrollo del hotel ni del balneario que urbanizado, elegante, exclusivo, tuvo su impacto social como barrio para elegidos.

El municipio se encargó de terminar el hotel a medio hacer y lo equipó con el mayor confort.
El 29 de enero de 1921 la inauguración proyectada debió ser postergada. Estaba previsto ofrecer una cena versallesca seguida de baile, pero a pesar de los intensos preparativos, las expectativas y las reservas esta debió postergarse una semana.

Finalmente el 4 de febrero se concretó la apertura del hotel, que fue el mayor acontecimiento social montevideano del año 1921.

Contó un nieto de Alfredo Arocena que desde su inicio el hotel y el balneario atrajeron las visitas menos pensadas, como Eugen Millington Drake, embajador en Montevideo durante la segunda guerra mundial, Albert Einstein y Federico García Lorca. Los acontecimientos culturales, los bailes inolvidables y las cabalgatas de los carrasquenses entre las dunas son parte de los preciosos recuerdos de esa época.

Y el ombú, olvidado personaje de esta historia, hoy estrechado por la urbanización, en Basilea y 6 de Abril, decidido a no morir, creció para arriba, a cielo abierto y siguió de pie, como los árboles de buena estirpe.