La Costa de Oro es un sentimiento. Está ligada a las más caras tradiciones de la clase media uruguaya. Las localidades más occidentales se agruparon en la denominación Ciudad de la Costa, en 1994, como una extensión metropolitana de la capital, pero esos 26 balnearios que hay entre el arroyo Pando y el arroyo Solís Grande, desde Neptunia a Jaureguiberry, son nada menos que la casita en la playa.

Cada uno de ellos tiene características distintivas, tradiciones únicas, diferencias íntimas, orgullos locales, historias propias. La fiesta hoy es en La Floresta, que celebra 100 años desde que esas 600 hectáreas de terrenos costeros fueron divididas en lotes, en el invierno de 1911. El de hoy es el festejo de verano, con el escenario en su máximo esplendor.

En el marco de esa visión de fijar las dunas de la costa con especies europeas para hacer ciudades balnearias, La Floresta empieza como algo especial, algo más que una oportunidad de negocios, con la visión de que la dinámica de vida de las clases con cierto poder adquisitivo estaba cambiando y que las playas estaban destinadas a ser su privilegio. Eso distinto lo tenía la sociedad que se formó para el loteo de los terrenos. Miguel Perea es el gran impulsor de lo que en su momento se creó con el eje de “un banco, un partido, un balneario”.

El banco era La Caja Obrera, el partido era la Unión Cívica y el balneario La Floresta. El banco otorgaba los créditos para que los interesados del partido y allegados aprovecharan la oportunidad de poblar esos tres kilómetros de playas.

Fue así que a impulsos de la Sociedad Anónima de Arboricultura, Balneario y Fomento Territorial La Floresta, el paraje comenzó a cimentar su fama de lugar familiar, con cultura y valores cristianos, con la tranquilidad y el descanso como estandartes.

La profesora de historia Marta Maqueira recuerda La Floresta desde que tiene uso de razón, cuando su familia adquirió el apartamento en el Hotel La Floresta, un ícono de la arquitectura local, construido en 1937 con 100 habitaciones en sus cuatro plantas art deco, que décadas después pasó a régimen de propiedad horizontal.

Maqueira, una de las organizadoras de los festejos de los 100 años, junto a Susana Arsuaga y Claudia Calace, dice que el balneario tiene una energía que se contagia de generación en generación. “A veces los jóvenes se van a otro lado, a buscar el ruido, ya sea Atlántida o las playas de Rocha, pero vuelven, y este sigue siendo el lugar del verano a través de las generaciones”.

Parte de la gracia del balneario es que el tiempo pasa en otro ritmo, según Maqueira. “Ya no se puede dejar las bicicletas tiradas antes de bajar a la playa ni dejar las casas abiertas todo el verano, pero sigue sin haber rejas, casi ninguna”, dice.

La seguridad de las familias y sus niños es una tradición. Otra de las tradiciones locales es la organización de actividades artísticas, como bienales de escultura en Semana Santa, y también la actividad de los artistas plásticos al aire libre, que formará parte de los festejos de hoy.

Desde aquellos caminos de pinocha por donde pasaba el barullo de los primeros automóviles hasta los ritmos actuales y el turismo internacional que llega hasta las puertas de Montevideo, ha pasado mucha agua bajo los puentes, pero La Floresta mantiene ese orgullo inspirado en las familias católicas que la fundaron, un perfil como de retiro espiritual, sin la estridencia ni el vértigo de otras ciudades costeras también tradicionales.