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Un un mundo globalizado con más libros que lectores, imperios editoriales que se reparten el mercado y modas artificiales que van y vienen, escribir se ha vuelto un oficio de riesgo, una lotería. Hoy ya no importa el género, lo que cuenta es ser original, distinguirse del resto como sea. En materia de novela policial, la lucha por un espacio en las estanterías es encarnizada.

Todo esto lo tiene muy claro Tom Rob Smith y por eso decidió escribir una novela como El niño 44, que tiene la particularidad de ser un texto que rompe con varios de los moldes del género. Entre ellas destaca que la historia se desarrolla en 1953 en la Rusia soviética, pocos meses antes de la muerte de Joseph Stalin.

Adaptada al cine este 2015 bajo el título de Crímenes ocultos, dirigida por Daniel Espinosa y protagonizada por Tom Hardy, Noomi Rapace y Gary Oldman, la novela cuenta la caída en desgracia de un agente del MGB (Departamento de Seguridad del Estado), que debe huir de sus propios camaradas mientras intenta encontrar a un asesino serial.


La trama no es mérito exclusivo del autor ya que está basada en el caso real de Andréi Chikatilo, un ruso que entre 1970 y 1990 asesinó a 52 personas, la mayoría niños, hasta que fue atrapado, juzgado y ejecutado. Pero sí es patrimonio Smith la cuidada recreación de época, donde la opresión del régimen comunista se hace sentir en cada página.

Los primeros capítulos, que narran un trozo de la infancia del protagonista, son lo mejor de un libro que a pesar de sus altibajos se mantiene interesante hasta el final. Hay en ese inicio una lograda descripción de la miseria y hambruna general que asola a la Unión Soviética antes de la segunda guerra mundial, ejemplificada en la lucha de dos hermanos por atrapar un gato para la cena.

Igual de efectivo es el salto temporal que muestra a Leo Demídov ya como un agente importante del gobierno, con gente a su cargo. En pocas páginas el autor pone en escena al principal antagonista del héroe, se describe la búsqueda, captura y tortura de un enemigo del Estado, se comenta la utilización de Metanfetamina para soportar las penurias del trabajo y aparece el primer niño asesinado.

La prosa de Smith es ágil pero sabe detenerse cuando hace falta para describir la paranoia del régimen stalinista, que se hace sentir en todos los estamentos de la sociedad. En este sentido el libro es más que exhaustivo, a veces algo pesado en su insistencia, pero es justamente lo que lo hace diferente.
La prosa de Smith es ágil pero sabe detenerse cuando hace falta para describir la paranoia del régimen stalinista, que se hace sentir en todos los estamentos de la sociedad

En todo caso, se puede reprochar que no tiene la misma minuciosidad a la hora de describir a la sociedad rusa. No hay espacio para las comidas, ropas, lugares, hábitos, tradiciones y paisajes, por lo que termina siendo una visión algo abstracta que pone la lupa únicamente en los pecados del régimen.

Todo cambia cuando a Demídov se le pide que investigue a su propia esposa, extremo que pone ente la espada y la pared al protagonista, que además de resolver la situación comienza a cuestionar a un sistema en el que cree profundamente. Finalmente es desterrado, pero con una sentencia de muerte sobre su cabeza, lo que hace que el matrimonio deba medir cada paso que da.

La segunda parte del libro cuenta cómo Demídov retoma el caso del niño asesinado al encontrar otro cadáver justo en la ciudad a la que es confinado. Allí comienzan los traspiés de una trama que por momentos resulta forzada, con más de un suceso poco probable. No obstante, la tensión se mantiene hasta la última página.

El Niño 44 es una mezcla rara, un cóctel Molotov que combina con eficacia la novela histórica con la novela policial y que por momentos también se lee como un texto político de denuncia. No es una maravilla, pero entretiene y hace pensar.
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