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Las cosas no salían y todo parecía oscuro. Las piernas empezaban a pesar, porque con cada error se iba un pedacito de torneo. Quedaban 15 y las noticias desde Jardines eran malas, una tras otra: Danubio le ganaba cómodo a Bella Vista y empezaba a saborear la copa.

Pero apareció él. El mágico. El fuera de serie, ese que volvió como el hijo pródigo en esta temporada, lejos de la idolatría con la que se había ido a Europa. Casi en silencio, luego de que cuando volvió a Uruguay eligió Danubio, y hasta que en algún período de pases coqueteó con Peñarol.

Sin embargo, es el Chino. Se cansó durante toda su carrera de tapar bocas que hablaban contra él. Qué es vago, que no le gusta entrenar. Que tiene potencial para dar mucho más. Y ayer, por si quedaba alguna duda, terminó de enamorar nuevamente a cualquier hincha tricolor escéptico que quedaba. Fue su zurda, esa zurda mágica que se cansó de batir arqueros en todo el mundo, que le terminó de dar el título del Torneo Apertura.

Fue esa zurda desnivelante, caprichosa, casi displicente. Mágica. Esa que le dio una cachetada a la pelota, para hacerse inatajable para el pibe De Amores. Justo De Amores, esos de los que el Chino cosechó en toda su carrera. Y que le permiten a los 35 años, entrar un rato y ser diferente. Claro, a veces caminando la cancha, a veces laguneando, como siempre hizo. Pero con la clase a flor de piel cuando su equipo lo necesita. Como lo hizo en el clásico, y como lo hizo en el partido de la consagración ante Liverpool.

Así fue que Nacional abrió una partido dificilísimo, ante un Liverpool que se paró bien y no el regaló ningún espacio. Que cuando pudo se animó e hizo el partido de ida y vuelta, haciendo que la chance del título empezara a zozobrar.

Pero tenía que ser así. Porque así fue todo el torneo para el tricolor. Remando, mirando hacia arriba, peleando por algo que parecía lejano. Así fue que el Muñeco Gallardo le puso el sello a su equipo. Y así, y con el sello de distinción del Chino Recoba, Nacional volvió a ser el mejor.