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Es el tercer libro que publica César Bianchi, después de Mujeres bonitas y A lo Peñarol. Son 10 historias que el lector reconocerá por haberlas leído en el diario o escuchado en la radio o visto en la tele o todo a la vez. Esta es la oportunidad de enterarse qué pasó, cómo fue, quiénes eran los involucrados; conocer las razones, los detalles.

Su autor exhibe una honestidad cercana al candor, que no ha perdido a pesar de la experiencia y la fama. Es algo que le hace bien a su vocación de cronista.

El culpable es Gustavo Escanlar, en aquel entonces periodista del diario El País, que publicó Crónica roja, un libro que fascinó a Bianchi desde que lo empezó a leer. “Me rompió la cabeza. Pensé: qué copado escribir un libro de crónicas policiales. Algún día voy a hacer el mío”.

Trece años después, con dos libros y varios años de periodismo narrativo a cuestas y una fama ganada con su imagen en televisión, Bianchi cumplió su sueño.

En parte, el autor quiere corregir ciertos vicios, evitables e inevitables, que tiene la crónica policial en los medios de prensa. “Yo sentía que el género estaba bastardeado, en parte, por culpa de los informativos de televisión, que chorreaban sangre”, comenta.

Entonces se dijo: “Vamos a escribirlo de otra forma. A contarle a la gente de lo que no se enteró. Qué pasó con aquella familia, con aquella viuda, con aquellos niños. Me puse a atar todos esos cabos sueltos”.

Hizo un trabajo de dos años en el que indagó a los protagonistas de esas tragedias y a los que participaron en los procesos judiciales, y logró construir cuadros familiares emotivos así como detalles interesantes –y en algún caso escalofriantes– sobre lo que en su momento había sido un hecho de sangre más.

“El que más me sorprendió fue el caso de Villa del Carmen, de las niñas asfixiadas. Me sorprendió enterarme de que la madre ya tenía un antecedente de un hijo muerto, en ese caso, porque se atoró con la mamadera”, narra.

“El triple crimen de El Pinar fue otro caso que me impresionó. El hombre que mató a su mujer, a su suegra y a su propio hijo y después reclamaba una hacienda, una plata, lo que le correspondía a él de un bien inmueble”.

El autor de estas crónicas cree que son un buen ejemplo de su evolución en el género, que tiene que ver con el haber escrito dos libros y haber leído muchos otros y haber aprendido de los que saben, entre ellos, del argentino Martín Caparrós, quien firma el prólogo del libro y se refiere a las crónicas como “historias resignificadas por la muerte”.

“Si bien me gano la vida en la televisión –otro tipo de periodismo–, mi gran pasión es esto y lo tengo claro desde hace muchos años. Contar historias verdaderas, contarlas bien”.

Sus referentes regionales son el propio Caparrós, Leila Guerriero y el colombiano Alberto Salzedo Ramos. En Uruguay, destaca a Leonardo Haberkorn.

Bianchi cree que una de las virtudes del libro es su honestidad: “Lo que dice es verdad. Hubo gente que me dijo: ‘tuve que saltearme párrafos o páginas, porque a veces es muy duro’. Pero eso que es muy duro es la realidad. Es periodismo. Si te pareció demasiado fuerte, es que la realidad es demasiado fuerte”.

“Busqué trascender, de alguna forma, los partes que indican que ‘el occiso estaba en posición decúbito dorsal’”, dice Bianchi en el prólogo. Vale la pena averiguar si lo logró.