Opinión > ANÁLISIS / ADOLFO GARCÉ

Decisiones electorales y construcción del "sentido común"

Hay una sensación de duda en la opinión pública con respecto al futuro gobierno

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15 de agosto de 2018 a las 05:00

Recuerdo bien ese momento. Domingo 31 de octubre de 2004, cerca de las 9 de la mañana. Me asomo a la puerta buscando empezar a respirar la atmósfera, tan especial, del día de la elección nacional en Uruguay. Parado, como yo, en la puerta de su casa, estaba mi vecino, veterano y jubilado de un empleo público. Me miró muy serio y me dijo: "Garcé: hay que cambiar". Yo no dije nada. Pero quedé muy sorprendido. Hubiera jurado que mi vecino era votante colorado. Tomé, eso sí, nota de la señal. Lo que se respiraba ese día era, precisamente, eso: aires de cambio. Más tarde se supo que el Frente Amplio (FA) había ganado en primera vuelta, que el Partido Nacional había conseguido una votación extraordinaria y que el Partido Colorado había tenido una votación paupérrima. El "sentido común" instalado en la sociedad era claro como el agua. Para la mayoría de la ciudadanía había llegado la hora de dar vuelta la página.

En 2009 el "sentido común" no era tan difícil de percibir. El FA había tenido un gobierno exitoso. A Tabaré Vázquez le quedó bien el traje de presidente. En las principales decisiones se apoyó sin vacilar en Danilo Astori y su prestigioso equipo de economistas. El ciclo económico ayudó y el bienestar creció. Con la candidatura presidencial de José Mujica el partido de gobierno logró mantener viva la ilusión de la profundización de los cambios. Así, el FA volvió a ganar en primera vuelta. Cinco años más tarde, en el 2014, resultó un poco más difícil sintonizar con el "sentido común". Por un lado, había buenas razones para pensar que, dada su buena performance entre 2005 y 2010, Vázquez no tendría mayores problemas para ser reelecto. Por el otro, resultó evidente que ya no era tan fácil para el FA alimentar la ilusión. El "vamos bien" inicial debió ser reemplazado por el "Uruguay no se detiene". Finalmente, con mayor margen del esperado, el partido de gobierno volvió a ganar.

Pero poco después todo volvió a cambiar. Desde 2015 en adelante, el clima de la opinión pública experimentó movimientos importantes que están siendo recogidos en distintas mediciones. Hace diez años era evidente que, en el plano económico, Uruguay progresaba y que lo hacía rápidamente. La producción atravesaba su mejor ciclo en décadas en términos de tasa de crecimiento, disparada por niveles insólitos de inversión extranjera. El optimismo de entonces dejó paso a la preocupación de hoy. La economía se frenó en 2015 y 2016. Ha vuelto a crecer, pero lentamente. La inversión cayó. Se destruyen empleos. Los trabajadores reclaman seguir mejorando. Pero la empresa privada (en el campo y la ciudad) multiplica también sus demandas. El "sentido común" se movió desde el optimismo al pesimismo, desde la confianza en el futuro hacia la incertidumbre.

Sospecho que el "sentido común" se está moviendo también en otros planos. Hace diez años sostenía que las políticas sociales ejecutadas por el FA habían apuntado en la dirección correcta. Hoy ya no es tan evidente. El discurso que, día a día, se vuelve más creíble es el opuesto, según el cual el MIDES ha fracasado en su tarea central: diseñar políticas capaces de reparar la fractura social. No es casualidad que José Mujica, que tiene una capacidad especial para sintonizar con el "sentido común", haya explicitado esta crítica. Hace diez años no se hablaba de corrupción en el gobierno. O se hablaba muy poco, y en voz baja. El "sentido común" cambió impulsado, por ejemplo, por el déficit de ANCAP, los negocios con Venezuela, las denuncias en ASSE y el debate sobre la intervención del gobierno en las compras de la AUF. En todo caso, hace tres años que todos los días se habla de corrupción. En síntesis, ya no es evidente que el "Uruguay no se detiene". La pregunta está instalada: ¿se detuvo? Y, si lo hizo, ¿tendrá la suficiente energía programática, personal y ética el FA como para darle un nuevo empujón al país durante los próximos años?

Pero la ciudanía no solamente va construyendo un "sentido común" respecto al FA. También lo hace respecto a la oposición. La pregunta que circula desde hace años, en el llano pero también en las elites, es la misma: ¿está o no en condiciones la oposición de hacerse cargo de los grandes problemas del país? ¿Dispone de liderazgos, propuestas y "músculo" político como para mover el statu quo? ¿Está o no a la altura de las exigencias? ¿Puede ofrecer o no un gobierno creíble e innovador? ¿Podrá, llegado el momento, construir los niveles de autoridad necesarios para, por ejemplo, reformar la educación o mejorar la seguridad ciudadana? ¿Tiene el grado de madurez política suficiente como para pasar a tiempo de la competencia (dentro de cada partido y entre los distintos partidos) a la cooperación (en la construcción de un proyecto común)?

Desde luego, los candidatos a la presidencia son importantes: sus trayectorias y perfiles personales inciden en los resultados electorales. Los programas de los partidos también son relevantes en tanto predictores de agendas de gobierno y de cambios en las políticas públicas. Pero, en un plano superior de abstracción, el destino de la elección se juega en la construcción pública del "sentido común".

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