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Cómo impedir que se escape una lágrima de los ojos. Cómo impedir no gritarlo desde lo más profundo del sufrimiento. Cómo impedir desahogarse. Cómo impedir no acordarse del viejo. Cómo impedir no tener presente a la hija que sufre a la distancia. Cómo diablos explicar este momento. Es único. Inexplicable. Y duplicado por el hecho de ser Argentina. El eterno rival. Mire: no tengo idea cómo vuelvo porque voy a perder el bus. Pero esto paga todo.

Que raza rara esta de los uruguayos. No hay caso. Parecemos nacidos para esto. Criados para esto. Para sufrir, para pegarle al poderoso, para arruinarle la fiesta a todos.

Los equipos no se habían parado en cancha cuando Uruguay congeló y enmudeció el estadio. La pelota quieta. La que le duele a Argentina. La que tanto entrenó Batista para combatirla. Cinco minuto de juego. Falta y centro de Forlán que conectó Victorino obligando al golero Romero al esfuerzo. El rebote le quedó el Ruso Pérez que marcó su primer gol con la camiseta de Uruguay.

Temprano. Demasiado temprano para empezar a sufrir.

Y claro, tenía que aparecer Messi. No podía demorar en llegar el juego a su zona. Cuando se volcó al medio lo tomó Arévalo. El tema es que frotó la lámpara y no hubo forma de contenerlo.

Fue así como a los 17 metió su diagonal al medio lo vio entrando a Higuaín por el centro del área y la puso justa. La pelota fue a parar a la cabeza del 9 que decretó el empate. Y el temporal se tornó insoportable. Dos minutos más tarde Uruguay se empezó a desintegrar. Victorino dejó la cancha lesionado y entró Scotti.

Messi se puso el cuadro al hombro y empezó a generar juego lo que determinó que los celestes se cargaran rápido de amarillas. Para colmo Amarilla estaba ligerito de tarjeta. En media hora penó ocho faltas de Uruguay con tres tarjetas.

Las perspectivas que presentaba el primer tiempo eran claras. Un solo equipo en cancha: Argentina. El otro: Uruguay, se defendía y apelaba solo a una pelota quieta salvadora. Única arma temida por los argentinos que cada vez que Amarilla pitaba una falta sufrían. Pero de juego, nada. El equipo de Tabárez no generó una sola acción colectiva. Defenderse fue la misión. Ojo, el local manejó la pelota pero la única clara fue la del gol. El resto mucho ruido. Porque una cosa es tener la pelota y hacer firuletes y otra lastimar.

Uruguay empezó a complicar su suerte a los 37 minutos cuando el árbitro paraguayo expulsó del campo de juego al Ruso Pérez. ¿Fue justo? Amarilla midió la intención y la del Ruso fue detener el contragolpe. Jugaba con amarilla desde los dos minutos y no lo perdonaron.

La última fue de Uruguay que enmudeció otra vez al estadio. Tiro de esquina de Forlán, la defensa restó y Diego devolvió al área de aire. Lugano metió un cabezazo y la pelota pegó en el travesaño. Increíble. Con que poquito complicaba la celeste.

En el segundo tiempo el conjunto charrúa fue llevando el juego al trámite que más le convenía. Se las arregló con Arévalo en el medio al que ayudó Tata González de un despliegue impresionante. La receta fue la misma. Pelotazo y esperar un balón detenido.

Claro, el tema era saber hasta cuando aguantaba la resistencia. Esta especie de prueba de supervivencia. Con una ilusión generada por la defensa argentina que debe ser una de las peores de la Copa. Es un tembladeral.

Y el tiempo empezó a pasar. Uruguay se cerraba y Argentina no encontraba los espacios. Partido cerrado por donde lo mirara. Hasta que Messi puso otra bola de gol a Higuaín que paró, giró y Muslera tapó su remate con una mano. Uruguay respondió enseguida y Romero salvó ante Forlán. A cinco del final la celeste pegó otro susto con un cabezazo de Lugano.

En la hora Amarilla se apiadó del esfuerzo de los uruguayos y expulsó a Mascherano por falta de atrás contra Suárez. Muslera salvó por partida doble en la hora con un tiro libre de Tévez que rebotó y la sacó de forma increíble. Y la última otra vez fue celeste. Suárez, un demonio, encaró tiró centro y Forlán casi logra el milagro de cabeza. Heróicos 90 minutos de Uruguay para forzar el alargue. Con Muslera respondiendo, Lugano sacando, Cáceres cerrando siempre, Egidio luchando, el Tata desdoble y arriba un Luis Suárez que demostró los motivos que lo llevan a ser el mejor celeste en la Copa.

En el alargue el partido estaba abierto. En el primer chico avisó Palito con un remate por arriba y luego fue Argentina que contó con tres chances.

El segundo chico del alargue fue un sufrimiento. Tabárez resignó todo. Quemó los cambios en el medio con Gargano y Eguren y el gol rondó el arco celeste. Muslera se agigantó. Fue un momento eterno. El reloj parecía detenido. Cada embate fue una plegaria. Y nos fuimos a los penales…

Parecía mentira. La misma imagen. Tabárez en el medio del grupo hablando. Otra vez como en el Mundial. Y a rematar. Penales otra vez. El grupo abrazado en el banco. Y adentro mano a mano. Y otra vez. U-ru-guay. Otro estadio mudo. La pucha, ¿qué tienen los uruguayos? Que raza tan extraña.