Desde hace 15 años realiza recorridos en el balneario explicando los símbolos que dejó su fundador, Francisco Piria. Me cuenta que es una ciudad iniciática, llena de simbología y con una gran concentración de campos magnéticos que llevan a una vibración mayor que lo normal, que Piria conocía y aprovechó para situar sus monumentos. Enfatiza que no se trata de tours, sino de recorridos, y que no es un producto turístico sino espiritual. Lamenta que no se valore mucho en el ámbito oficial. Pero trabajar este tema parece no ser fácil. “No debe manosearse. La espiritualidad no se puede institucionalizar. Hay mucha incomprensión, desinformación. No hay visión del potencial”, opina.
Carlos no vive de estos recorridos –aunque llegan grupos desde Estados Unidos y Europa para que los guíe– sino que trabaja para una empresa alemana en el campo de la geobiología y la biorresonancia. Su hablar es pausado, cauteloso. Me da la sensación de que primero quiere cerciorarse de qué es lo que busco. A medida que avanza la charla, se suelta. Quiero tener la tranquilidad de entender y eso parece caerle bien. Me queda la sensación de que elige cuidadosamente las palabras, que tiene tanta más información, tanto más que podría decirme, pero que prefiere contar de a poquito.
¿Qué quiere decir ciudad iniciática? Piria era alquimista –como Carlos– y diseñó la ciudad a partir del árbol de la vida de la cábala. En Piriápolis es posible iniciarse en ese conocimiento. Claro, si uno tiene quien lo ayude a leer los símbolos. “Es como un Código Da Vinci, pero de verdad”, dispara Carlos entre risas. Pero no es solo simbología, sino también vibración. “A lo inexplicable se le dice místico o mágico. Pero a la larga todo tiene explicación”, asegura. Me cuenta que muchas personas vienen de vacaciones por dos o tres días, y se quedan una semana. Se sienten bien, sienten paz y no saben que es porque entran “en resonancia” con la ciudad. Los “iniciados” consiguen alcanzar un “estado emotivo elevado” y vuelven para hacer más senderos de esa “geometría” dibujada en la ciudad. “Piriápolis ofrece a cada uno diferentes vibraciones según su grado evolutivo. Nuestro organismo inconscientemente se abre a todas las energías de la naturaleza y toma de ellas lo que necesita”, amplía.
Pero en Uruguay no es solo Piriápolis el que está “bendecido”. Carlos profundiza en lo que él denomina el triángulo de la luz, que conecta Piriápolis con las sierras de Minas y Punta Ballena, más precisamente el Arboretum de Lussich.
Asiente cuando le pregunto si le parece que existe hoy en día un interés mayor por estos temas. Entiende que lo que hay es un despertar de conciencia, que tiene que ver con la era de Acuario. Que hubo un antes y un después de 2012 y de todas las expectativas apocalípticas: no pasó nada, y ahora cada uno tiene que hacerse responsable de su vida. Es, según Carlos, una etapa de transición que lleva a que se intensifique la búsqueda interior. Y pone como ejemplo la cadena de meditación que cada 1º de enero, desde hace 15 años, organiza en la playa de Piriápolis, que cada vez suma más gente. En la puesta de sol del primer día del año, se dibujan dos líneas de personas: una formada por las que están tomadas de la mano meditando en la arena, y la otra por los que se quedan en la rambla mirando a “los loquitos” de la playa. Carlos subraya que se trata de estar en sintonía con la naturaleza, programándose para el nuevo año y creando conciencia de que lo mejor está por venir, “como puso Piria al colocar en la fuente de Venus una flor de loto que se está abriendo”.
El que tenga ojos para ver, que vea
Al sábado siguiente, Carlos me espera en la esquina del hotel Colón. En su camioneta, también se acomodan una señora montevideana y su hijo, que han venido a pasar unos días de descanso. Los recorridos que Carlos realiza en forma gratuita llevan unas tres horas y media. Lo hace “por la ciudad”, por el gusto de hacerlo, y porque es una suerte de “misión”, un compromiso de “despertar chispitas”.
La primavera está en su esplendor. Primera parada: la estatua de la virgen Stella Maris en el cerro San Antonio, la que todos conocen como la virgen de los pescadores. Carlos nos entrega un papel con un dibujo de los senderos de la cábala cristiana y hebrea, y explica cómo los lugares de fuerza, de alta vibración, fueron aprovechados por civilizaciones antiguas, y cómo, por ejemplo, el cristianismo utilizó ese conocimiento para sus templos. Cuenta que allí la vibración supera casi dos veces el plexo solar. Nos invita a ver en el papel que el primer paso para caminar por los senderos de la cábala es despertar, a través de la madre naturaleza, el propio maestro interior (el Cristo interior) pero que para la cábala cristiana eso equivale a ir de la madre –la virgen– al hijo. Entonces nos pide que levantemos la vista y miremos la estatua de frente. La apacible cara de una mujer mira al mar, “a las aguas primordiales”. Y luego nos situamos en la parte posterior de la estatua. ¿Qué vemos si miramos con atención? No puede ser. No es la espalda de una mujer, es la de un hombre. Todos lo reconocemos. Es Jesús. Está claro que después de esto no voy a ver a Piriápolis con los mismos ojos.
Allí comienza una ametralladora de preguntas, tanto de mi parte como de mis compañeros de “aventura mística”, que seguirá por todo el recorrido y que Carlos logrará sortear con paciencia y generosidad, y toneladas y toneladas de información. En la fuente de Venus, nos explica simbolismos y propone un ejercicio de carga de la energía, para luego ir al cerro del Toro y conocer que la construcción con la famosa fuente taurina es un templo a cielo abierto en la que se practicaban –y se practican– iniciaciones. Es un lugar altamente energético. La parte inferior, a la que los otros visitantes ignoran, es un templo con nueve tronos y Carlos mide, con unas varitas de metal, lo ancho que es el poderoso campo magnético. Sentada en uno de los tronos de piedra, miro a unos jóvenes que suben apurados las escaleras. Cuando llegamos al primer nivel, los chicos ya están más arriba en el cerro. Carlos nos explica que ese banco que está junto al toro no es una mesa de picnic, sino un altar que sirve para los ritos de iniciación de varias órdenes, como la de los Caballeros Templarios, de la que él forma parte. Los chicos ya están de vuelta. Toman un poco del agua que sale de la boca del toro y, divertidos, uno tras otro tocan los testículos de la estatua bovina, mientras piden tres deseos.
En el castillo de Piria vemos el mapa de la ciudad que este visionario no pudo terminar de construir. “Si hubiera hoy dos o tres Piria, con ese empuje…”, deja Carlos en el aire, y nos invita a un ejercicio de meditación debajo de un árbol especial, el drago, cuyas hojas secas se utilizan para preparar sustancias que “limpian” la energía de los ambientes.
Los galgos que custodian la entrada del castillo remiten a una influencia egipcia, de la orden de Heliópolis a la que pertenecía Piria. Los perros tienen entre sus patas un morral con una liebre. “Simboliza que atraparon el rol de vida, es uno de los primeros ejercicios que hace un alquimista”, explica Carlos. Quieren significar que Piria atrapó su “mercurio”, su rol de vida. Una pareja se acerca a la puerta y Carlos deja de hablar. “Ponete ahí al lado de uno de esos gatos”, le pide el muchacho a su novia, mientras manipula su celular para sacarle una foto. La chica se abraza a la estatua mientras sentencia: “Para mí que es un perro”. Carlos nos mira y sonríe.
Luego pasamos por la iglesia inconclusa de Piria y por el castillo Pittamiglio. Me he quedado en silencio. Hasta ese momento venía manejando las cosas bajo mi papel de periodista, casi con la asepsia de un científico con su objeto de estudio. Pero hubo algo –tal vez bajo el árbol del drago– que me sacó de ese lugar, y no paro de preguntarme si acaso ya atrapé mi escurridiza liebre.
En la última parada, el Argentino Hotel, Carlos nos muestra los leones alados de la entrada: son como Piria, capaces de volar y soñar, pero cuando bajan a tierra lo hacen con una fuerza imparable. El hall reproduce los senderos de la cábala y Carlos nos explica los símbolos de un gran vitral, pero lo más interesante parece estar en el salón Dorado. “Carlitos, llegaste justo en el break”, le dice uno de los encargados, haciendo referencia a que el salón, utilizado para congresos, estaba vacío.”Es sincronicidad”, bromea nuestro guía.
Descubrimos así otro espacio para practicar la meditación y los senderos de la cábala. Entre los caireles que colocó Piria brilla una bola de espejos.
Cerro interior
De Piriápolis a Minas se puede ir por la ruta 60. Curvas pronunciadas, subidas y bajadas, hacen que uno deba concentrarse en la angosta vía, sin poder disfrutar de la vista, una de las más espectaculares del país. Antes de Minas hay que doblar a la izquierda. El camino vecinal se hace eterno, hasta que franqueo la portera que conduce a Cerro Místico, el hotel de Ximena Guerrero y su esposo, Matías Perdomo. La brisa de las sierras me recibe con su pureza, y es necesario tomarse un momento para disfrutar la vista.
Ximena me había pedido que fuera ese domingo a esa hora porque ya no había huéspedes ni sesiones de yoga y meditación. Para mí lo mejor era poder ver esas actividades, pero ella se mantuvo firme: los huéspedes lo podían sentir como invasivo. Les comenté que había conocido a Carlos Rodríguez, y los dos asintieron sonriendo: “Es un buen amigo”. Me mostraron la construcción, una combinación despojada de piedra y madera. Hace más de dos años, Ximena Guerrero decidió renunciar a su puesto de gerenta de Marketing de Portones Shopping y generar un cambio radical en su vida.
Desde niña, le había interesado lo místico. En la oficina le decían brujita. Estaba bien en su trabajo, le gustaba, pero sentía que algo faltaba y empezó a sentir un desasosiego, la urgencia de generar un cambio, pero no sabía qué, ni cómo.
Un día de verano caminaba por la rambla de Piriápolis y le llamó la atención una camioneta en la que se subía gente. Le dijeron que iban a hacer un recorrido místico y que les quedaba un lugar. Subió sin conocer a quienes estaban allí y menos a quien manejaba el vehículo, que resultó ser Carlos Rodríguez. En el castillo de Piria, se dio una conversación en la que Carlos le dijo que iba bien rumbeada, y la instó a seguir las señales. Ximena quedó impactada. ¿Qué señales? ¿De qué hablaba? Decidió estar atenta. A los pocos días, escuchó en la radio una entrevista a un hombre que buscaba crear una especie de comunidad en las sierras de Minas. El entrevistado repitió una y otra vez la palabra “cerro” y Ximena captó la señal. Hacía semanas que soñaba lo mismo: que estaba en la cima de un cerro, el viento le acariciaba la cara y contemplaba el paisaje. Había otras personas, y reinaba la armonía.
Contactó al entrevistado, y junto a él y Matías, recorrió la zona. Tuvieron que trepar porque no había camino, pero cuando llegaron a la cima del primer cerro, Ximena lo supo: era el mismo paisaje de su sueño. Compraron el lugar. Sentado en la cima, el matrimonio suspiró. “Ok, compramos un cerro”, le dijo Matías, “¿y ahora qué hacemos?”
Ximena se tomó un año para preparar su retirada montevideana y armar el proyecto: harían un hospedaje diferente. Decidieron pedir un préstamo. La empleada bancaria que los atendió ni siquiera abrió la carpeta de su solicitud. Vio el nombre que le querían poner al hotel y empezó a reír a carcajadas. Pero no se desanimaron. En el segundo intento obtuvieron el préstamo. Construyeron un establecimiento bajo las leyes del feng shui y la geobiología. Carlos Rodríguez vino desde Piriápolis para ayudarlos a levantar la posada siguiendo las líneas energéticas. Todo está concebido para que fluya la energía positiva.
Ximena investigó durante meses el turismo místico en el mundo y se reunió con gente del Ministerio de Turismo. Dice que entiende por qué en el organismo piensan que no cualquier funcionario podría encargarse de esto, y que no tenían a nadie por el momento que pudiera tratarlo de la manera que merece. Como Carlos, opinan que podría hacerse más difusión.
El que tenga oídos para oír, que oiga
“¿Carlos te mostró lo de los palitos?”, me pregunta Ximena, mientras trae varios juegos de varillas de hierro. Me habla de una pared invisible de energía, y mientras camina por el living las varillas se juntan y se abren. Un médico que vino como huésped no podía creer que esto pasara, y lo midió con un voltímetro. Solo así se convenció.
Al principio pensaron que iban a venir muchos más extranjeros, pero la gran sorpresa fue que el 95% de los huéspedes son uruguayos. Llegan muy estresados, diciendo que no logran dormir, que no pueden más y que no le encuentran la vuelta. Hay otros, cuenta Matías, que necesitan despertar su costado creativo. Hacía unos días habían recibido a un músico, que en su casa no podía componer, que necesitaba de un silencio absoluto. La mayoría de los visitantes son profesionales, con las necesidades básicas satisfechas, en busca de algo que el dinero no puede comprar.
Mientras procesaba su cambio, Ximena estudió muchas filosofías y corrientes; confiesa que de todas tomó algo. Asegura que todo pasa por el interior, por creer que hay algo más –que tiene que ver con la naturaleza, con la energía, con el despertar– y “conectarse con el propio espíritu, enriquecer el alma”.
Matías recuerda cómo era su vida antes: lo nervioso que estaba todo el tiempo en su empresa. “Era de los que pensaba que nada podía funcionar sin mí. Hoy voy solo una vez a la semana a Montevideo y ese día junto todas las reuniones”, explica. Ahora atiende las llamadas de trabajo mirando el horizonte de las sierras. Para él, el mensaje que están dando con su decisión de vida es que se puede hacer y que no se precisa de grandes maestros ni revelaciones. Que uno es su propio maestro, y que no hay que esperar a jubilarse, o a que se pase la vida, para hacer lo que uno necesita y desea.
Hay una frase que repiten tarde o temprano los huéspedes: “Por algo tenía que venir”. Ximena se queda pensando. “También se trata de poder hablar. Acá nadie te va a mirar con cara rara. Creas en lo que creas, cuentes lo que cuentes. Acá nadie juzga”.
Se acomoda el chal para sacarse la foto junto a Matías. Detrás, en una repisa, descansan las hojas secas de drago que, cada tanto, Carlos Rodríguez les manda desde Piriápolis.