Opinión > EDITORIAL

Diversidad de enfoques navideños

La consecuente degradación del significado de la Navidad, de todos modos, no afecta las formas diversas en que la festejan los uruguayos

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23 de diciembre de 2017 a las 10:01

Al preguntársele al encargado de un restaurante de Montevideo si abrían el local en Nochebuena, su sonriente respuesta fue negativa porque "a esa hora ya estamos todos borrachos". Aunque sus palabras tenían más buen humor que sentido literal, reflejan uno de los enfoques diversos que tiene una fecha de significado cristiano en una sociedad de religiosidad menor que la existente en otros muchos países.

Para los cristianos el sentido fundamental de Navidad es celebrar el 25 de diciembre como aniversario del nacimiento de Jesús. Adicionalmente es una oportunidad de reunión familiar y de intercambio de regalos, costumbre que deviene de fastos paganos coincidentes con las fechas adoptadas por el cristianismo para la Natividad y la Epifanía, 12 días más tarde. El encuentro familiar y los regalos son igualmente habituales en personas agnósticas o ateas. Y están también los que toman la Navidad meramente como excusa para francachelas desordenadas y todo tipo de excesos.

Desde el siglo IV en Roma la fecha conmemora el nacimiento del fundador del cristianismo. Coincidía con la celebración de la Saturnalia en el imperio romano, del 17 al 24 de diciembre según el calendario actual. En esos días había fiestas y ceremonias paganas agradeciendo las cosechas y la influencia invernal del sol. Las casas se decoraban con plantas y luces y se distribuían regalos a los niños y a los pobres. Estas costumbres se diluyeron con la declinación imperial de Roma pero las reemplazó el empuje europeo y levantino del cristianismo, como eje de la civilización occidental. La ampliación del mundo conocido con el descubrimiento de América expandió esa religión y sus fechas de celebraciones a nuestro continente, de la mano de españoles y portugueses en el sur y franceses y británicos en el norte.

Los cismas que dividieron al cristianismo desde el siglo XI, agravados por las rebeliones teológicas de Lutero y luego de Calvino en el XVI, no afectaron la celebración de la Navidad, que las iglesias protestantes siguen observando junto con la católica. Pero fueron cambiando las costumbres a medida que el sentido religioso se debilitó en sectores de muchas sociedades. Esta realidad es especialmente perceptible en Uruguay desde comienzos del siglo pasado, a raíz de la drástica separación oficial del Estado y la iglesia en todas las áreas en que mantenían actividades conjuntas. La tendencia se profundizó después de la segunda guerra mundial y se ha acentuado en los últimos años, bajo los gobiernos del Frente Amplio, a través de leyes contrarias a la integridad de las familias, componente esencial del orden social que las prácticas religiosas contribuyen a fortalecer.

La consecuente degradación del significado de la Navidad, de todos modos, no afecta las formas diversas en que la festejan los uruguayos. A todos ellos, así sean cristianos o no, miembros de familias reales o inventadas por decreto, sobrios o desmesurados en sus celebraciones, El Observador les extiende sus mejores deseos de que estos días festivos sean preámbulo de tiempos gratificantes.
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