Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

El año no se fue tan despacito

Solo algunos hechos aislados marcaron las peculiaridades destacadas de 2017

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31 de diciembre de 2017 a las 05:00

Hace exactamente un siglo, con el estallido de la revolución soviética de 1917, pareció que el siglo XX había consolidado por fin su inicio después de tanto intentarlo y luego de la otra gran revolución, la técnica, inaugurada tras la puesta en práctica de la línea de ensamble aplicada a la fabricación de automóviles (1901) y la realización del primer vuelo exitoso en avión (1903). El historiador británico Eric Hobsbawm dijo que el siglo XX recién comenzó en 1914, con la primera guerra mundial. La escritora Virginia Woolf creía que en verdad empezó en 1910, cuando en las artes y en las ciencias hubo un giro y se notó un cambio cualitativo de percepción y de sensibilidad con respecto al proceso histórico que se estaba gestando.

En 1910, precisamente, el ruso Igor Stravinski estrenó El pájaro de fuego; al año siguiente T. S. Eliot comenzó a escribir La tierra baldía, libro que publicaría en 1922; en 1912, con lo primero que encontró a mano, Pablo Picasso hizo una guitarra inútil que contenía un trozo enorme del ritmo lírico de la modernidad; en febrero de 1913 se realizó en la ciudad de Nueva York el revolucionario Armory Show, el cual, con su catálogo de más de 300 obras expuestas, instauró una fisura histórica y permanente en la artes plásticas, escindiendo a las vanguardias nacientes de los academicismos estéticos que habían predominado hasta ese momento. En ese mismo año, 1913, el poeta ruso Osip Mandelstam publicó La piedra, varios de cuyos poemas describen las circunstancias históricas recién llegada a un siglo donde había quedado "cortado el nudo de las tres dimensiones, / y los mares del mundo se abren y se ensanchan"; y así, por el estilo, otras cuantas inauguraciones de originalidad artística que siguen teniendo notoriedad incluso un siglo después.

Así pues, tal cual la historia reciente lo dictamina, los siglos no necesariamente llegan cuando los números en el calendario lo indican. ¿Ha llegado ya el siglo XXI? ¿Puede el año 2017, que ha concluido tan rápido como transcurrió, darnos alguna información al respecto? ¿Qué fue lo que recordaremos de 2017 dentro de diez años, cuando la memoria lo haya perdido de vista en la distancia histórica? Ya pasaron 17 años del nuevo siglo, al que ya le va quedando inexacto el adjetivo "nuevo". La poeta chilena Violeta Parra escribió: "Volver a los diecisiete/ Después de vivir un siglo". A los 17 primeros años del siglo actual no volveremos. El tiempo sigue su paso acelerado hacia lo que supuestamente será el futuro algún día.

En cuanto a noticias de gran impacto de las que perduran y exigen nuevas interpretaciones a medida que el tiempo pasa, 2017 no fue del todo memorable. Además, algo indefinible pero constatable ha ocurrido en la forma de examinar el contenido de los años. Después de lo ocurrido el 11 de setiembre de 2001, los hechos empíricos deben tener un extraordinario poder de sorpresa, de lo contrario los olvidamos rápido –y nadie queda excluido de la tendencia universal–, y caen pronto en el olvido; en la enorme bolsa adonde van a parar las informaciones que se disuelven como cenizas movidas por el viento. Cuando Antonio Machado escribió: "Todo pasa y todo queda", la memoria del mundo era otra.

Hoy pasan muchas cosas y nada queda. "Lo nuestro es pasar", y lo poco que logra quedar, queda por poco tiempo. ¿Cuántos son los que aún le prestan atención a las noticias relativas a la renuncia del vicepresidente uruguayo Raúl Sendic, a la serie de huracanes que afectaron a gran parte de América en agosto y setiembre, al triunfo de Emmanuel Macron en las elecciones francesas de mayo, al retiro de Estados Unidos del acuerdo de París sobre el cambio climático, a la renuncia del eterno Robert Mugabe tras 37 años en el poder, a la matanza de 58 personas ocurrida en Las Vegas, a las elecciones alemanas, consideradas unas de las de mayor importancia en la historia de ese país, al eclipse solar de agosto? Y tanto más que en su momento fue portada de los medios informativos. Tal vez lo que se consideró importante no lo fue tanto. Donald Trump llegó al poder, ya pasó 11 meses en él, y el mundo siguió andando (aunque no sé hasta cuándo).

¿Qué fue lo más importante ocurrido en 2002, en 2008, en 2011? La mayoría de ustedes debe forzar la memoria para encontrar en ese pasado no tan distante alguna noticia que no haya perdido relevancia. Lo mismo pasará con el año 2017 cuando lleguen 2025 o 2028. Serán solo cuatro números vaciados de sentido. ¿Qué se recuerda de los años, aparte de experiencias personales que dejaron marcas en la vida de cada uno, pero por razones que quizá nada tienen que ver con el mundo? En 2017, algunos signos lingüísticos y de comportamiento marcaron la pauta de lo ocurrido y que para quienes prestaron atención no pasaron desapercibidos. Ante los hechos y realidades para los cuales carecemos de mejor nombre, le adosamos prefijos que poco sirven a los efectos de aportar claridad. En 2017 hubo epidemia del prefijo post, el cual no es nuevo y tuvo su primer gran auge en la década de 1980 cuando la palabra post-modernidad se puso de moda. Ahora post es solo pos: posverdad, posconflicto, posporno, pospop, posrock, poshistoria, posapocalíptico, posanálogo. Llama cada vez más la atención la liviandad e indiscriminación con que se trata a las palabras. Son esclavas sin derechos y por ello, con demasiada frecuencia quedan condenadas al sinsentido. Fue otra de las curiosidades del año.

Sin duda la gran nota imposible de pasar por alto la dio la canción Despacito, interpretada por Luis Fonsi y Daddy Yankee (con Justin Bieber), que batió todos los récords en materia musical. Fue cosa de no creer. Tiene hasta la fecha 4.500 millones de visitas en YouTube, una diferencia de más de 1.200 millones con respecto al segundo en la lista, See You Again, perteneciente a la película Rápidos y furiosos 7 y cantada por Wiz Khalifa y Charlie Puth. Despacito tiene un promedio de 5,5 millones de nuevas visitas diarias en YouTube. Fue número uno en más de 50 países en todos los continentes y estuvo 16 semanas en la primera posición del ranking de Billboard.

Vaya ironía. En el año en que murió Hugh Hefner, fundador de la revista Playboy, los escándalos asociados a la sexualidad humana –los únicos que "realmente" escandalizan– salpicaron tanto a las altas esferas de la política estadounidense como a la muy poderosa industria del entretenimiento. Eso, afortunadamente, no impidió que el cine y la televisión siguieran existiendo y creando entretenimiento de primer nivel. De 2017 recordaré a Viento salvaje, la cual confirma a Taylor Sheridan (autor de los libretos de Sicario y Sin nada que perder) como el mejor guionista de Hollywood en la actualidad, ahora también director. Sin caer en el panfleto, es una de las grandes películas políticas de los últimos tiempos.
En la lista de mejores del año figuran asimismo: Blade Runner 2049; Una serena pasión; Dunkerque; Good Time: viviendo al límite; ¡madre!, y Bokeh, alucinante filme islandés sobre el fin del planeta, disponible en Netflix.

Precisamente, la plataforma de streaming es hoy la matriz principal del entretenimiento. En Netflix se vieron las tres series más relevantes del año que concluye, ninguna de ellas estadounidense: Trapped (Islandia), Glitch (Australia) y Dark (Alemania).

Cargada de referencias literarias, científicas y religiosas, y con una sordidez metafísica de raigambre literaria, Dark es una pieza de relojería de magnífica precisión, un viaje aterrador por los límites de la mente humana. Ingmar Bergman, Borges y Hitchcock, juntos. No sé cuándo fue la última vez que en televisión se había visto una serie con tantas ambiciones intelectuales y resultados estéticos tan extraordinarios. En materia de entretenimiento, fue lo mejor del año.

Gracias a Dark, a las otras obras mencionadas, y a dos o tres libros notables que leí en los 12 últimos meses, 2017 no fue, después de todo, un año tan condenado al prematuro olvido.

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