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Conocedor de sus límites futbolísticos, Peñarol salió a la cancha a dejar el alma en cada pelota tratando de acortar así las diferencias entre su nivel y el mejor juego de Internacional. No dudó jamás en cómo tenía que actuar si quería irse a Porto Alegre con una mínima ventaja de clasificación. Antes de pensar que si le jugaba de otra manera tal vez cabía la posibilidad de un mejor resultado, ya emergieron del vestuario con esa idea en la cabeza.

Desde la formación de la última zona, con cuatro defensores duros, concientizados en que no podían regalar un centímetro, el conjunto aurinegro pensó en sus carencias. No le importó a Aguirre que a su equipo le faltara sorpresa con la subidas de los laterales (ni Alejandro González ni Darío Rodríguez están para esas excursiones y menos frente a brasileños). Al técnico le interesaba cerrar los circuitos del rival y listo.

La base del fondo tuvo su contrafuerte en el mediocampo, con un despliegue fantástico de Freitas y de Aguiar por el centro y de Corujo por uno de los costados; Mier, que actuó por el otro, fue menos determinante. Peñarol creó un cerrojo y ahí se quedó el argentino D’Alessandro y su “boba”, esa pisadita que lo caracteriza y que no salió al escenario. También Andrezinho, que luego de un par de maniobras en solitario, cayó en la trampa.

Armado el sistema, había que derrochar energías. Y ahí tampoco escatimaron los jugadores carboneros. Contaron, en varias ocasiones con la permisividad del árbitro paraguayo Torres. Tan cuestionado por los perseguidos uruguayos, el calvo dejó pasar varias jugadas que podrían haber terminado drásticamente. Por ejemplo, la amarilla a Valdez cuando empezaba el partido, debió ser roja. Y una infracción posterior de Darío Rodríguez contra D’Alessandro, también sancionada con amarilla, quizá pudo haber sido de otro color.

Pero Peñarol salió a jugar al límite. Si había que tirarse con los dos zapatos en lanza, allá iban. Que retiren ellos la pierna si no quieren sufrir la reciedumbre uruguaya. Como en las viejas copas Libertadores, cuando el fútbol era otro y los charrúas podían mostrar sus garras. Peñarol logró el gol en un momento en que dominaba Inter. Premio a la velocidad de Martinuccio y el oportunismo de Corujo. Todo estaba saliendo al pelo al final del primer tiempo.

Pero jugar al borde también te puede dejar con las ruedas para arriba, como pasó con el empate. Un remate, un rebote y adentro.

¿Y ahora? Ahora hay que cambiar el libreto.

Entonces es cuando más se siente, cuando en definitiva, quedan al aire libre las carencias en el teatro internacional. Y las bondades del otro, que por algo Peñarol salió tan decidido a no dejarlo hacer.