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Allá estaba, guardada en algún rincón de Los Aromos. Con ganas de salir hace mucho tiempo. Mordiéndose de bronca por ver por TV a cualquier equipo ignoto en una Libertadores, año a año. Desesperada por salir y demostrar que tantos años de historias, tantas copas, no eran en vano.

En la noche de este miércoles apareció la mística copera de Peñarol. Ni más ni menos que eso. Aquella del Tito Goncálvez, de Alberto Spencer, de Fernando Morena. Hasta de la Fiera Aguirre, el hombre que nunca perdió la fe en los suyos y se fue a Porto Alegre a ganar.

Claro, tenía que ser todo hazañoso. Por ejemplo, el gol de Inter al minuto, y el baile que los brasileños le pegaron a los aurinegros en buen parte del primer tiempo. La impotencia por ver pasar la pelota y no poder siquiera sacársela a un equipo gaúcho que se relamía, y como el gato que juega con el ratón se divertía esperando el momento de dar otra estocada. Claro, esa arrogancia de Inter fue lo que lo terminaría destrozando.

Fue hazañoso, claro. Porque Peñarol logró de a poco salir de ese ahogo, pero no tenía fútbol como para inquietar a la defensa brasileña. Llegaba con sus armas, metiendo, empujando, pero sin claridad, a no ser un par de errores de la defensa de Inter.

Pero… la mística es caprichosa. Aparece cómo y cuándo quiere. No se la puede apurar, y si lo sabrá Peñarol, que la esperó en el 66, en el 82 y en el 87 hasta el último segundo del último minuto. Y el carbonero la esperó, y ella llegó en el minuto del segundo tiempo. Como queriendo vengar ese insólito gol en el arranque del partido, apareció Martinuccio como una tromba y metió un golazo. El argentino, el que a diferencia de sus compañeros no se crió escuchando cuentos de hazañas carboneras de sus padres y abuelos, demostraba que él también estaba a la altura de la noche.

Claro, a partir de ahí todo fue diferente. Olivera se hizo más gigante de lo que es, Darío Rodríguez parecía un chico de la sub 20 subiendo y bajando, Martinuccio era Messi, Aguiar era Xavi. Por eso Olivera, ya vestido de gigante, no tuvo que estirarse demasiado para cabecear la pelota desde atrás y poner el 2-1.

Claro, en el Beira Río nadie entendía nada, a no ser por los 5 mil carboneros que vivieron la noche de su vida, para los cuales era apenas un capítulo más de un libro totalmente lógico. Hasta los jugadores brasileños se paralizaron, y por un rato parecieron los del 50 en Maracaná, cuando el convidado de piedra daba vuelta la historia y enmudecían a todos. Hasta con el mismo resultado: 2-1. Fue el momento de Peñarol, que dominó el partido, que llegó por todos lados y que pudo poner el tercero.

Pero claro, no hubiese tenido tanto gusto si no se hubiese sufrido. Y eso también es ganar a lo Peñarol. Allí apareció Darío Rodríguez trancando con la cabeza, Valdez esforzando su cuerpo hasta el límite de la lesión, Martinuccio defendiendo como lateral pero también proyectándose.

Pero de ahí al final fue el momento de Sosa. El que en algún momento había recibido críticas de todos lados, de que no calzaba los puntos para ponerse la camiseta aurinegra, voló de palo a palo, de una manera inverosímil. Parecía que tuviera seis manos, y hasta capaz era verdad, capaz que Mazwrkievickz o que Eduardo Pereira le estaban ayudando con sus manos gastadas de la década del 60 y del 80.

Peñarol ganó. Pero fue algo más que eso. Logró una hazaña enorme. ¿Que son octavos de final? ¿Que de repente todo acaba en dos semanas? que no se lo puede comparar a los campeones del 60, el 61, 66, el 82, el 87? También puede ser. Pero que se lo digan a los carboneros que lo gozaron en Porto Alegre. O a los que lloraron frente a la tele en Montevideo. A los pibes que esta noche se fueron dormir con la camiseta amarilla y negra puesta. Que se lo digan a todos los hinchas de Peñarol, que vieron como una noche, en el Beira Río de Porto Alegre, volvió la mística carbonera.