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Los restos del prócer José Gervasio Artigas, desde su repatriación de Paraguay en 1855 hasta el presente, otra vez en el Mausoleo, fueron resguardados en tres urnarios. El primero era de latón. Del segundo no hay muchos datos. El tercero fue construido por el ebanista Pedro Bernat en 1877. Desde esa fecha tuvo dos reparaciones: en junio de 1999 y en octubre de 2011. En las dos oportunidades la tarea recayó en Julio Alfonso, un artesano tan devoto de Artigas como un blandengue.

Alfonso, de 55 años, se encontró de nuevo parado frente a la urna octogonal en forma de copa, hecha en pino macizo con el cuerpo principal en caoba maciza, todo enchapado en una variedad de jacarandá y con vetas de plata. Alfonso sabía perfectamente lo que tenía que hacer: reemplazar las láminas de raíz de jacarandá de vetas negras y anaranjadas, planchar y reencolar aquellas láminas que estuvieran ampolladas.

También debía construir una base de cedro de 2 centímetros y con tornillos de bronce, pulir el interior de la urna y aplicarle un barniz marino, lijar el exterior y lustrarlo a muñeca, es decir, con un lienzo fino que se impregna con goma laca, alcohol industrial y polvo de piedra pomez para sellar la madera.

El último paso de la faena sería lijar y pintar los herrajes. Pero el primer paso no fue sencillo. No había raíz de jacarandá en plaza. Los blandengues trataron de conseguirla en Paraguay, sin suerte. Al final, Alfonso la consiguió por intermedio de un carpintero amigo.

El ebanista no alcanzó a ver el regreso del “general”, como llamaba siempre a Artigas, al lugar que él consideraba era el indicado para su descanso eterno. Murió el 11 de enero luego de una larga agonía, consecuencia de un infarto que lo sorprendió al poco tiempo de terminar la restauración.

Durante la obra se lo veía más fatigado que de costumbre. El médico le había dicho que tenía que ponerse límites pero, según relató su esposa, Ana María Montano, “nunca se quejó y nunca se entregó”. Caminaba 15 cuadras para ir y volver del cuartel, llegaba temprano y se quedaba hasta pasado el mediodía y regresaba a su casa para continuar con su trabajo particular.

Casi no usaba herramientas mecánicas. Hacía todo a mano. Durante la primera restauración se fracturó una pierna y durante la segunda bromeaba con que algo le iba a pasar.

“Para él era más que un trabajo, era un homenaje al general. Él se sentía muy orgulloso de hacerlo”, relató su viuda a El Observador.

Por ese sentimiento de responsabilidad con la patria, Alfonso trabajó en forma honoraria, a pesar de las dificultades económicas por las que atravesaba su familia desde que los clientes perdieron interés en el trabajo artesanal.

De su padre aprendió mucho. El viejo Alfonso había sido coronel o general −los hijos del ebanista no recuerdan con precisión los cuentos sobre su abuelo− de un cuerpo de blandengues. De él heredó la admiración por Artigas. En la casa siempre tuvo un sable y un uniforme. A los 17 años su padre le enseñó el oficio de la tapicería.

Luego aprendió el arte de modelar las maderas finas con su maestro, el ebanista Alfredo Coutet. El resto “lo aprendió de robado”, afirmó su esposa, porque no fue a ninguna escuela. Pero también de obligado, porque llegaron los hijos −tres en total− y tenía que mantener a su familia.

Así aceptó un empleo de mantenimiento en el Archivo General de la Nación. La restauración de algunas piezas antiguas del mobiliario hizo que el director de ese entonces lo recomendara para reparar la vitrina donde se guarda el bastón de mando presidencial, en ocasión de una visita de los reyes de España a Uruguay. Al tiempo fue seleccionado para lo que él mismo llamó “su primer gran trabajo”.

Luego del traslado de la urna el pasado 26 de octubre, su esposa y sus hijos recibieron una medalla del Regimiento de Blandengues de Artigas de Caballería Nº 1. Pero este no fue el único reconocimiento. Alfonso estuvo 70 días en estado vegetativo antes de morir y, por tal motivo, la familia perdió su único ingreso. En medio de la tragedia se les avisó que el 1º de marzo serían desalojados.

Por intervención del exsecretario de Presidencia, Alberto Breccia, consiguieron una vivienda en el complejo 19 de Enero en Malvín Norte con el alquiler subsidiado por un año.

Ana María tuvo que desprenderse del taller de Julio porque no podía trasladarlo a la nueva casa. Regaló casi todo porque no sabía qué valor darle a las herramientas y a las “muchas botellitas de colores” que tenía su esposo, al que veía como “un alquimista”.
Ella sintió que “destruía” el taller de la persona con la que se “había criado”, con la que había compartido 35 años.

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