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Más que tristeza, era calentura. Rabia. Frustración por haber estado tan cerca, por lo que sufrió la selección y el país entero primero con los meniscos de Luis Suárez y después por la excesiva sanción de la Fifa, que le negó a Uruguay tener a su goleador estrella en este partido eliminatorio. En la explanada de la Intendencia de Montevideo, donde miles de personas se arrimaron a mirar el partido, la sensación final era de enojo e impotencia por ese 2 a 0 que sacó a Uruguay del Mundial y le prohibió el segundo Maracaná.

Dos horas antes no era así. Alrededor de la pantalla gigante frente a la IMM todo era una fiesta. Globos celestes y blancos, pelucas, alguna vuvuzela, caras pintadas con soles amarillos y carteles de lo más ingeniosos vestían la explanada. Estaba el Fantasma del 50. Había quienes usaban la bandera atada a la espalda, como si fueran una capa de superhéroe. Y es que como superhéroes se sentían. También había, por supuesto, muchos Luis Suárez. Era extraño ver la cara del 9 de la selección en el cuerpo de un niño, una adolescente, un veterano. De hecho, cuando el juez pitó el comienzo del partido muchos gritaban el nombre del salteño que en ese momento estaba en su casa, en Ciudad de la Costa, y no en la cancha. Un hombre comentaba emocionado la lástima que sentía por no haber podido ir a ver el partido frente a la casa de Suárez, donde miles de personas estaban reunidas en ese momento.

La euforia fue en aumento desde el primer minuto y se pinchó como un globo con el primer gol colombiano. Nadie gritó nada. Ni una mala palabra contra el equipo de camiseta amarilla. Leandro, un colombiano cocinero que de casualidad se encontraba en Uruguay, miraba en silencio y tampoco emitió sonido alguno. No quería que nadie se enterara por quién hinchaba en silencio y “a muerte”.

Esporádicamente se armaba una barra de hinchas que entonaban un “Soy Celeste”, pero sobre todo había silencio.

El entretiempo fue igual de silencioso. La gente comentaba qué frío hacía y se repartió entre los diferentes lugares para comer algo, desde un carro de panchos hasta Mc Donald’s, pasando por algodón de azúcar celeste, garrapiñadas y manzanas acarameladas. Una pareja de brasileños comentaba que para Brasil lo mejor era que Colombia ganara. Confesaron que no querían enfrentarse a Uruguay.

Muchos niños aprovecharon para retocarse la pintura celeste, blanca y amarilla de la cara. Es que todavía había esperanza.

En el segundo tiempo vino el segundo gol y por un momento la hinchada masiva de la explanada se enfureció, gritó al unísono “hija de puta” a Colombia y terminó optando por cánticos de apoyo a Uruguay. Pero cuando solo quedaban unos minutos para cambiar la historia, la decepción cayó sobre las caras pintadas y de las despintadas también. El ánimo de fiesta se esfumó de golpe y empezó una cuenta regresiva dolorosa. Cuando terminó el partido, unos cuantos aplaudieron al equipo, y la masa se dispersó por 18 de Julio, puteando. Solo unos pocos soltaron alguna lágrima. Sonaba un bombo y un redoblante en una esquina y la policía estaba alerta. Pero lo único que pasaba por la calle eran caras con bronca. Entre ellas, las de un grupo de jóvenes que sostenía un cartel, que insultaba a Blatter y le recordaba que “la celeste siempre pudo más”.
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