ver más

Desde el inicio San Pablo marcó presencia. Si la previa al partido con Costa Rica en Fortaleza había sido una fiesta intensa y cálida para los hinchas uruguayos, la capital paulista impuso la distancia propia de una urbe gigantesca y se plantó casi que ignorando la ocasión. El frío seco, la brisa y el cielo gris dieron un marco hostil al desafío de la selección.

Contrario a lo que se suele decir de los uruguayos, cinco horas antes de comenzar el partido con Inglaterra, el público comenzó a acercarse al Arena Corinthians. El espectacular y moderno estadio construido especialmente para el Mundial aún no está terminado y se nota. Según indica el portal oficial, está al 98%, aunque los andamios a la vista en las cabeceras, paredes sin revocar y otros detalles inconclusos hacen dudar un poco de esa cifra. A pesar de que la cáscara no esté pronta, el corazón de la obra (cancha y tribunas) hacen olvidar cualquier circunstancia que pudo haber retrasado la obra. Poco a poco, las 60.000 butacas fueron llenándose, con rincones definidamente celestes. No faltó el azul, el blanco y los soles en las mejillas, tampoco las pelucas y los sombreros. Quizá se agregaron más elementos que homenajeaban al que terminó siendo el rey de la tarde. Carteles, caretas, camisetas mitad de Uruguay, mitad de Liverpool: todo servía para alentar a Suárez. "God save the king", rezaba una bandera que mostraba al goleador con una corona.

Era un partido clave. Uruguay se jugaba su futuro en la Copa. Y el desenlace fue extraordinario. "Es algo que no podemos describir con palabras. Estamos con la piel de gallina. La selección va más allá de todo", dijo un hincha antes de comenzar el encuentro. La tensión era indisimulable, ese sentimiento de saber que el margen de error no existe y que uno depende de sus propias fortalezas y debilidades para salir adelante.

El festejo del primer gol de Suárez fue un desahogo para los uruguayos, que volvieron a congelarse con el primer grito de gol mundialista de Rooney. El cuchillo penetró frío y afilado. Hubo quienes veían repetirse la historia de Fortaleza, y fueron los que gritaron más fuerte cuando a Suárez se le llenaron los ojos de lágrimas después de meterla contra el primer palo a falta de cinco minutos para terminar.

"Chau, hooligans, volta a Londres", improvisaba en portugués un uruguayo debajo de lo que vendría a ser la parte alta de la tribuna Ámsterdam en el Centenario. Allí, decenas se juntaron a saltar y celebrar el triunfo increíble. La alegría compartida con amigos, familiares y desconocidos duró más de cuarenta minutos después del pitazo final. No faltaron los brasileños hinchas de Lugano que le daban un acento muy particular al "Soy Celeste". Entre cerveza que saltaba para todos lados, llantos y abrazos, el gran y a la vez muy íntimo festejo celeste fue tomando forma en la inmensidad de San Pablo.

"Y vos no querías venir...", se escuchó que entre risas un amigo le recordaba a otro mientras se fundían en un abrazo. Una pareja de veteranos, que llegó a San Pablo en auto para presenciar un Mundial por primera vez, intentó poner palabras a su emoción y con calma explicaron que vivieron el partido muy intensamente. Otros, más fuera de sí, gritaban sin parar. Los primeros segundos de una llamada telefónica tuvieron consistieron en dos palabras únicamente: "Uruguay nomá, Uruguay nomá, Uruguay nomá". Un par de amigos se tomaba la cabeza cuando decían: "Dos a uno a los ingleses, acá, eso es un sentimiento".

Un muchacho, llorando en brazos de su pareja, no dudo al lanzar la frase más contundente de la noche: "Es el mejor día de mi vida, lejos. Gracias, Suárez".

La megaciudad fue testigo de la hazaña uruguaya, y a medida que el celeste se alejaba del humilde barrio Itaquera, los testigos se perdían entre el cemento y las luces nocturnas. Pero en algunas esquinas de San Pablo, más o menos distanciadas, el festejo continuó. La procesión no se detuvo, y en la masa abrumadora y fatigante las emociones más íntimas de cada hincha se unieron a un razonamiento que no admite réplicas: todavía hay esperanza, Uruguay sigue vivo en la Copa del Mundo.
Seguí leyendo