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En 2008, frente a un auditorio que lo había aplaudido de pie luego de que Sean Penn pronunciara de forma extraña y dubitativa su nombre y de que una tambaleante Faye Dunaway le entregara en un pergamino blanco atado con una cinta roja la Palma de Oro a mejor director de Cannes, el turco Nuri Bilge Ceylan dijo en voz muy pausada que le dedicaba ese galardón a su “solitario y hermoso país”, a quien amaba “de manera apasionada”.

Entonces, la película por la que se lo destacaba era Tres monos, estrenada en Uruguay recién en 2012 en un Festival de Cinemateca. Ese era su quinto filme y el director ya había recibido algunos premios en Turquía, pero Cannes lo puso en la mira del mundo.

Desde allí la calidad cinematográfica de Ceylan continuó en aumento y tuvo como resultado el premio a Mejor película, de nuevo en Cannes, en 2014 con Sueño de invierno.

Este filme de tres horas de duración (pero el tiempo es apenas una excusa para mirar eternamente en una rara forma de deleite) se estrenó en Montevideo esta semana en Cinemateca 18 y representa uno de los hitos del año en la pantalla grande.

Los tres adjetivos que Ceylan pronunció hace siete años ante el coqueto auditorio del balneario francés se aplican de manera exacta a Sueño de invierno: es un filme solitario, hermoso y apasionado, como había denominado a Turquía.

En un pueblo del medio de la región de Capadocia, un ex actor con dinero y propiedades abrió un hotel enclavado dentro de la roca, una construcción característica de esa zona. Las casas donde viven los personajes están ahuecadas y funcionan como cavernas, pero con los elementos confortables del siglo XXI.

Allí vive este hombre (encarnado por el actor Haluk Bilginer) junto a su esposa joven y fría y su hermana divorciada y amargada. Entre los tres forman un triángulo de tensiones, cercanías y distancias, pero en el cine de Ceylan la geometría es siempre ambigua o simétrica, por lo que el triángulo dramático bien puede transformarse en un rombo.

Las interacciones íntimas del hogar están en relación con el mundo exterior, donde hay un casero que no le escatima a la violencia, unos inquilinos que no se quedan atrás en cuanto a fuerza contenida o explícita y un sacerdote musulmán que debe lidiar en medios de estas razones de la moral y pulsiones humanas más emotivas.

Si en el interior de los espacios está el refugio de los hombres, en exterior está el paisaje de una tierra que el director siente como suya, como carga y como orgullo, como prisión y como paraíso. La tierra, esa tierra que se ha sostenido por siglos bajo sus pies (y que produce razas de caballos salvajes que hay que domesticar para luego poder liberar) es el vientre de donde nacieron los personajes que buscan comprensión antes de que el tiempo los devuelva de nuevo al seno terroso y nevado del invierno.

Algunos críticos apodaron a Ceylan el “Tarkovsky turco”, y hay algo del director ruso en sus planos largos, en sus ausencias llenas de significación, en el uso de la música para colocar una nota de intensidad en medio de una supuesta simpleza, en la contundencia de algún diálogo que hiere tanto como ilumina. Si se continúa el juego de cajas chinas, dentro del paisaje están las cuevas; dentro de las cuevas las personas y dentro de las personas sus sentimientos: Ceylan recorre ese camino del derecho y del revés, y pone todos los elementos en la pantalla.

Cinemateca 18 tiene el enorme mérito de estrenar Sueño de invierno. Pero también hay que decir que ver una película de esta duración en butacas tan incómodas puede volverse una vivencia compleja. Por lo tanto, habrá que verla en un formato más cómodo o animarse a entrar en el mundo visual de Ceylan desde una experiencia física extrema.

Tras verla, de una u otra manera, el ojo y el alma estarán agradecidos.