Por motivos obvios el fallecimiento de Eduardo Galeano dejó la muerte del escritor alemán Günter Grass en un costado de los diarios y en un rincón noticioso alejado del merecimiento que su figura y su dimensión tienen en el mundo.
Por motivos obvios el fallecimiento de Eduardo Galeano dejó la muerte del escritor alemán Günter Grass en un costado de los diarios y en un rincón noticioso alejado del merecimiento que su figura y su dimensión tienen en el mundo.
Los obituarios y las reseñas que se han publicado estos días recuerdan y machacan, como no podía ser de otra manera, la importancia de El tambor de hojalata, una novela fundamental en la literatura alemana que abrió surcos de creatividad también para el resto de Europa.
La literatura alemana no fue de las más agraciadas por los sucesivos comités suecos que eligen al Nobel de Literatura. Cuando en 1999 la Academia de Letras de Estocolmo le concedió el más importante galardón a Grass, el último precedente era Heinrich Böll, en 1972, y un lejanísimo premio para el gran Thomas Mann en 1929. Retrocediendo un poco más, lo recibieron un par de ignotos escritores alemanes a comienzos del siglo XX, donde se destaca el historiador Theodor Mommsen. Y nada más.
Injusto a todas luces, ya que a lo largo de esa centuria la lengua alemana tuvo excelentes literatos, como Ernst Jünger, Thomas Bernhard, Friedrich Dürrenmatt y Peter Handke, solo por nombrar a cuatro grandes además de Grass. El Nobel reconocía al autor de El tambor de hojalata 40 años después de que el libro fuera publicado, en 1959. Más vale tarde que nunca.
De todos modos, es bueno decir que la obra de este hombre nacido en Danzig (actual Polonia) y fallecido en Lübeck, donde vivía desde hace décadas en las afueras de este puerto sobre el mar Báltico, trasciende El tambor de hojalata.
Además de prosista, Grass abarcó todo el espectro de lo escribible: fue poeta, dramaturgo, columnista, cronista, historiador, ensayista, pensador, y se animó a realizar cabriolas en el aire y en la página que le permitieron explorar territorios nuevos en el campo de la escritura.
Justamente, uno de sus libros más extraños es Mi siglo, publicado justamente el año en que le adjudicaron el Nobel. Se trata de un experimento con la palabra, con los métodos de narración y con la historia.
Grass narra desde el año 1900, cuando un marinero de la Baja Bavaria que no conocía el mar se embarca hacia China luego de la despedida en el puerto por parte del Káiser Guillermo hasta ese año 1999, en que el reloj de la historia alcanza a un presente que se abre hacia las puertas de un nuevo milenio.
El escritor construye para cada año una narración diferente: los personajes hablan en primera persona, a lo largo de pequeñas viñetas sobre cada uno de los eventos fundamentales que ocurrieron en esas fechas, salvo los años de las guerras mundiales, que están agrupados en capítulos condensados.
En un lapso de tres a cuatro páginas, Grass resuelve con considerable maestría cada episodio, con un acercamiento diferente al que puede presentar un libro de historia. Como reza el título, es su siglo contado a través de su ojo, de su mirada y de su mano.
El resultado se acerca a un caleidoscopio múltiple y para nada uniforme sobre las mareas que arrastraron a los hombres a lo largo y ancho del siglo XX: a veces el narrador es un desocupado en la crisis económica, otras es un guardia en un campo de concentración, o una chica que actúa en un teatro de variedades, un detective que parece un lugarteniente de Sherlock Holmes o quizá algún personaje famoso para la historia que se esconde detrás de una voz.
Grass construyó un enorme friso de caras anónimas alemanas que con sus voces conforman una contemplación del tiempo narrado, reconstruido o vivido, y son capaces de trascender su ámbito nacional para formar parte de todo el concierto humano. Günter Grass murió: larga vida a Günter Grass.