El infierno rural
El auto, del escritor uruguayo Carlos Rehermann, es una novela entretenida pero despareja, que relata la aventura de un viaje en coche por el interior del país
Quizás por una adscripción inconsciente al viejo axioma de la literatura "pinta tu aldea y pintarás al mundo", los escritores uruguayos son históricamente renuentes a situar sus relatos fuera del país. Salvo contadas excepciones, la novela y el cuento uruguayo suceden aquí: en un pequeño país escasamente poblado, donde todo el mundo se conoce y la ficción parece un suceso imposible.
A pesar de esa tradición y esas condicionantes hostiles, los autores nacionales siempre han contado con un as en la manga para lograr romper el cerco, para hacer que el lector sienta que la historia que lee está ocurriendo en otro lugar, en otro mundo, en otro universo: el interior del país. Basta situar la narración allí para que todo sea diferente, original, extraño.
Carlos Rehermann no escapa a esta tendencia y su último libro jamás llega a Montevideo, a pesar de que se trata de un viaje por carretera que se inicia en Rivera y que (se intuye) tiene como destino final la capital del país. El auto es, en ese sentido, un viaje a través de lo desconocido, lleno de sucesos extraños que jamás podrían ocurrir en la gran ciudad.
La novela parte de un hecho concreto, la apropiación legal de una modesta herencia compuesta por siete mil dólares, un viejo Volkswagen Fusca y varios enceres inútiles, para luego centrarse en las aventuras que vive Alejo Murillo mientras atraviesa el país de norte a sur a bordo de su nuevo automóvil.
Antes de que inicie el retorno, Rehermann utiliza la breve estadía en Rivera del protagonista para fustigar a los habitantes del departamento fronterizo y su forma de vida. Desde la ironía o la sentencia, el autor ataca varios mitos como el de la honestidad superlativa de la gente del interior, remarca la testaruda estupidez del funcionariado municipal de la zona y se despacha a gusto contra un desfile de gauchos a caballo que siembra de bosta y orines la avenida principal de la ciudad.
Todo lo que se describe en El auto es terrible. De las vivencias del protagonista se deduce que en los restaurantes del interior se come muy mal, que los hoteles son un desastre, que las carreteras están llenas de camiones asesinos, que los pueblos están desiertos y que incluso se realizan orgías sexuales satánicas al mejor estilo de la película de Stanley Kubrick Ojos bien cerrados.
Este panorama dantesco contrasta con la prosa tranquila y siempre clara de Rehermann, que parece aquí adaptarse al carácter del protagonista, un ser bastante impávido, un alma a la deriva que toma los hechos según van viniendo. Una persona que desconfía de todos y que se asusta fácilmente, pero que es capaz de dejarse arrastrarse por un desconocido a una aventura tan extrema como la mencionada orgía satánica.
Ese pasaje de la novela es el más discutible por el aura de inverosimilitud que rodea todo el asunto. Además, altera el curso normal de la narración, parece intercalado a la fuerza. Acaso pueda leerse como una fantasía o un sueño, pero igual no viene al caso.
No se entiende qué hace Alejo Murillo allí o qué aporta ese largo capítulo erótico a la historia en su conjunto.
Sobre el final, un niño ayuda al protagonista desinteresadamente y éste debe tragarse algunos de sus prejuicios, con lo que Rehermann parece querer reconciliarse con el hombre rural o, al menos, con el que está por venir. Es seguramente la mejor escena de una novela con sus más y sus menos, de difícil interpretación más allá de lo evidente.
El auto entretiene y tiene algunas escenas logradas, pero tras cerrar el libro quedan más preguntas que respuestas.