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Quienes escriben sobre la autora estadounidense Joyce Carol Oates exaltan siempre su enorme productividad. Esta mujer de 75 años, nacida en Lockport, un pueblito del norte del estado de Nueva York (recostado en las colinas que limitan con Canadá), tiene la friolera de 42 novelas, 28 colecciones de cuentos, más de 10 novelas escritas con seudónimo, ocho novelas cortas, nueve obras de teatro, 17 libros de ensayo y memorias, 10 volúmenes de poesía y otros tantos libros infantiles. Si hay algo innegable es que el tiempo para escribir lo ha aprovechado de buena manera.

De hecho, Oates acaba de publicar el pasado enero, en Estados Unidos, su última novela, Carthage, una historia policial ambientada en un pueblo chico y esa es la excusa para escribir esta columna sobre ella.

Pero más allá de la cualidad voluminosa de su obra, Oates tiene un abanico de intereses que van desde la ficción hasta el reportaje periodístico, pasando por la crónica de algunos personajes de la realidad.

Proveniente del ambiente universitario y perfectamente caracterizada bajo el estereotipo del “ratón de biblioteca”, a primera vista sorprendió y sorprende que Oates se haya interesado en el boxeo. Tal fue el caso en 1987, cuando un joven de apenas 20 años llamó su atención como para ir a conocerlo, entrevistarlo y escribir sobre él. El muchacho tenía tan desarrollados los músculos que había formado entre sus hombros y sus orejas las hipotenusas de un triángulo imaginario donde había quedado sepultado el concepto de cuello. Se llamaba Mike Tyson y estaba a punto de cambiar para siempre la historia de los pesos pesados.

Nada más diferente era la imagen de estos dos seres posando en la esquina de un ring: ella con una flacura, una palidez y unos enormes lentes culo de botella de armazón enorme que sobresalían de su cara con eterna expresión de triste sorpresa; él ensaya un abrazo con la sonrisa pícara de un niño que metió el dedo en una torta cuando le habían avisado que no lo hiciera. Un gladiador y una alfeñique: de allí salió una extraña amistad.

Oates escribió un libro titulado On boxing (Sobre boxeo), que se encuentra disponible en el sitio oficial de la autora en internet, y mantuvo con Tyson una relación de afecto desde aquellas primeras entrevistas.

A finales del año pasado, Oates comentó para The New York Review of Books (donde escribe desde hace décadas) la autobiografía de Tyson, escrita por el boxeador en colaboración con el periodista Larry Sloman. El resultado fue un libro de 580 páginas titulado Undisputed truth (Verdad indiscutida).

Oates repasa la historia personal y confesional de Tyson en el libro, y destaca los recuerdos de una infancia durísima con una madre sin trabajo, drogadicta y con registros criminales, que aterraba a su hijo, y un padre inexistente, que él supone era un fiolo. Tyson era un niño flaco y desgarbado, del que sus amigos callejeros se burlaban. Con ellos armó una pequeña pandilla que se metía en las casas de la zona de Brooklyn donde vivía y robaba los objetos más inverosímiles.

Quizá el principal hecho de su infancia fue cuando apareció en el barrio el gran campeón Muhammad Ali. Ahí decidió que sería boxeador. Pero su vida delictiva continúa y es entonces que le sacan la tenencia a su madre y mandan al joven Mike a un reformatorio en las montañas Catskills, donde descubre su enorme potencial el entrenador Cus D’Amato, que había sido el entrenador de Floyd Patterson. Fue un entrenamiento a nivel físico y técnico pero también a nivel psicológico. D’Amato calmó las ansias de Tyson y lo transformó en una máquina racional y asesina dentro del ring. El resto es parte de la historia más rica y dramática del boxeo contemporáneo.

Oates escribe sobre Tyson y boxeo con una fineza digna de los Sugar Ray, Robinson y Leonard. Leerla es dejarse caer en una lona invisible, donde cada página es un knock out de disfrute.