El mayor homenaje a una mujer
La historia de la construcción del Taj Mahal en la ciudad india de Agra tiene todos los elementos de un cuento de Las mil y una noches, con la diferencia de que sucedió de verdad
Es un vientre cansado. Tiene 40 años, la piel de la cara un poco arrugada, el pelo con canas. Ya ha tenido 13 hijos y el que viene es el catorce. No sabe que parirá una niña. Las lluvias del monzón de invierno dejaron el aire húmedo y pesado. Los vahos nocturnos ascienden desde los pantanos y ríos de caudales hinchados, tirantes como la piel de ese vientre viejo que trajo vidas a un mundo gobernado por su marido, Shah Jahan, el emperador más poderoso de todos los reinos de la India.
Tan poderoso era que en esa ciudad en la que estaba, Burhanpur, su marido, le había construido unos baños termales especiales, para que la mujer pasara plácidamente el tiempo, mientras en un coto real el emperador se dedicaba a su deporte favorito: cazar leones montado en un elefante.
La emperatriz de cara delicada donde se puede adivinar su antigua belleza se llama Mumtaz y grita de forma desesperada, porque además del bebé que nació de su vientre se desprendió una hemorragia terrible que ninguno de los médicos reales ni las parteras puede detener. Con esa sangre preciosa con la que ayudó a dar vida a catorce hijos se le va la suya. A la madrugada, cuando la luz del día que empieza de nuevo roza el horizonte y la niña recién nacida descansa en el regazo de alguna de las parteras reales, la emperatriz Mumtaz muere entre sollozos. Para el calendario occidental es el año 1631.
El emperador Shah Jahan se puso tan triste que, según cuentan las leyendas indostánicas, estuvo un año recluido sin ver a nadie. Su pelo quedó totalmente canoso y las arrugas dejaron marcas profundas y sin retroceso en su rostro amargado.
Pero pasado un tiempo de luto profundo, convencido por una de sus hijas, el emperador volvió a la vida y decidió trasladar el cuerpo de su difunta y amada esposa a su ciudad natal: Agra. Allí, sobre las orillas del río Yamuna, el emperador Shah Jahan decidió realizarse una tumba homenaje a Mumtaz para recordarla siempre y para demostrar a todos los mortales que la contemplaran las dimensiones de su amor.
Para eso hizo llamar a los mejores arquitectos e ingenieros de la época y mandó traer los materiales nobles, incluso de las regiones más lejanas. Con el trabajo de miles y miles de obreros, comenzó a construir un enorme edificio de mármol y de otras piedras finas, con altos minaretes y una bóveda gigante coronada por una media luna apuntando al cielo, ya que, como devoto musulmán, el emperador debía ante todo sumisión y humildad ante el creador. Y para mayor reverencia aún, mandó inscribir en los muros del edificio diferentes versos del Corán, para que la obra fuera apreciada también como un vehículo de enseñanza.
Veintidós años dura la construcción de la tumba de Mumtaz y finalmente quedó terminada. La construcción es tan noble y los materiales tan delicados, que el edificio cambia de color según la hora del día en que lo ilumine la luz del sol. Al momento de su muerte, el emperador pidió que se lo colocara junto a Mumtaz. En el centro de la estructura, descansan para la eternidad los féretros de los esposos, uno junto al otro.
La historia del Taj Mahal bien podría haber salido de Las mil y una noches, ese libro milagroso que fue capaz de atravesar los continentes y los siglos, de hacerse transportar para árabes, persas o ingleses, lo mismo da, hasta llegar a Occidente y traducirse a las lenguas europeas. Entonces surgen centenas de historias de amores, de príncipes y amantes, condenas y largos viajes, vidas desdichadas y súbitos golpes de la fortuna, sexo, hurto, asesinato, engaño, moraleja y risotada, todo el compendio de las gamas y los matices humanos contenidos en una obra infinita como las vueltas de un reloj de arena. Sí, todo esto suena borgiano porque el ciego porteño también abrevó en ese libro. Pero dudo que la ficción supere a este templo que es una absoluta traducción física de, quizá, el mayor amor que se vio en el mundo.