ver más

Por razones de trabajo tuve que viajar al interior durante el fin de semana, y por las mismas razones debí regresar, aunque con menos ganas, obviamente.

Resulta que a la vuelta había un auto detenido peligrosamente al borde de la carretera, con las puertas abiertas. Cinco señoras mayores, que parecían estar buscando algo hicieron señas para que me detuviera. Un poco preocupado por temor a una desgracia, pero en el fondo reconfortado ya que jamás en mi vida un grupo tan numeroso de damas había intentado tan desesperadamente llamar mi atención, independientemente de su edad. Las señoras habían pinchado y estaban llamando al auxilio, pero no podían indicar dónde se encontraban, ya que no había ningún mojón en los alrededores. Les dije que estábamos a unos 50 kilómetros de la capital del departamento, y listo el pollo.

Esto nos lleva a pensar en el mojón, tal vez una de las construcciones de cemento menos valoradas. La aparición de los carteles que periódicamente nos indican cuánto falta para tal o cual lugar ha hecho que cada vez les prestemos menos atención a los mojones, al punto de que segundos después de pasarlos olvidamos el número que tenían grabado. Una verdadera injusticia.

A fin de cuentas, el tipo está ahí clavado, en el que se supone debe ser el punto exacto del kilómetro que indica, aunque todos sabemos que seguramente exista un margen de error que no conocemos. De todos modos, conducir por la carretera no es un acto quirúrgico, y no resulta necesario que los mojones marquen con la distancia estrictamente, ni se encuentren equidistantes uno de otros. En realidad, el kilómetro tal es donde está el mojón que lo indica, aunque el verdadero se encuentra un poco más allá o más acá. Si usted busca una casa en el kilómetro doscientos, se detendrá donde los mojones se lo digan, porque mire si va a ir midiendo los metros desde que sale de su casa. Para eso los pusieron ahí, para ayudarnos, y nosotros, ingratos por naturaleza, los olvidamos tan rápido como los dejamos atrás, algo que no aprendemos en las escuelas de conducción sino en el amor.

Personalmente, este cronista tiene una duda acerca de la construcción de los mojones. Se trata de saber si se hacen específicamente para cada carretera, o si se producen en serie y se colocan al azar. Si hay una carretera de determinada cantidad de kilómetros y se construyen los necesarios para esta, o si se hacen todos los correspondientes a todas las carreteras, se suben a un camión y se van poniendo a gusto del capataz. Lo segundo sería bastante impersonal, dado que en realidad al fabricante de mojones le dio lo mismo construirlo para que fuera colocado en Flores o en Lavalleja.

Pero si se hacen específicamente para cada ruta, quien los fabrica puede recordar el paraje en que van a situarse e incluso, si tiene algo de amor por su trabajo, podría visitar el punto en cuestión para plasmar el espíritu del lugar en el número.

En este caso, la falta de atención que prestamos a los mojones es doblemente ofensiva, porque también estamos olvidando el cariño que puso un trabajador, que pensó en la lomita en que iban a instalarlo con un cariño que no merece nuestro desprecio.

Somos ingratos con los mojones, al punto que cuando estamos apurados nos molestamos porque no los dejamos atrás con la velocidad que nos gustaría.

Ellos no tienen la culpa de que nosotros queramos ir a otro lado, como para que les pasemos por al lado sin siquiera mirarlos. Están ahí para darnos una mano y nosotros los ignoramos como si solo fueran un palo. Ni siquiera nos fijamos en ellos para vandalizarlos, lo que en la cultura en que vivimos es una constante. Que nadie se detenga junto a ellos aunque sea para grafitearlos es casi compararlos con la nada misma.

Y son bastante más que eso, son hitos kilométricos. Seguramente si supiéramos que este es su nombre verdadero, les prestaríamos más atención, y probablemente no tendríamos que detener a otros automovilistas para que nos dijeran dónde cuernos estamos. l