El mozo de los universitarios sirve la última copa
Luego de 45 años en el oficio, "Pancho" se despide este viernes con una fiesta en el bar La Tortuguita
Aprieta la mano, sonríe y dice: “¿Cómo andan?” A las muchachas que frecuentan el bar, un beso. Hace 45 años que Listerman “Pancho” Villafan repite el saludo y cuenta historias con la bandeja en la mano y el paño en el antebrazo. Aprendió a dar fuerte la mano en la década de 1950, en Rivera, en el campo de su padre, donde se crió junto a 17 hermanos, entre ellos, los mellizos Adán y Eva, que fallecieron de fiebre amarilla. Aprendió a servir cuando se peleó con su padre, se fue de su casa y se marchó a vivir a la estancia de Aparicio Saravia, descendiente del caudillo. Pancho tenía entonces 9 años.
Se levanta bien temprano en el barrio Flor de Maroñas, toma dos ómnibus para legar a las 11 a La Tortuguita, y otros dos para regresar a las 2 de la mañana a su hogar. Esa rutina solo se rompe los martes, su día libre, cuando descarga las energías contra una bolsa de boxeo que tiene en el fondo de su casa, y los sábados, cuando, por trabajo, vuelve un poco más tarde, duerme cuatro horas, y regresa al bar al amanecer para servir a los que compran, pasean y venden en la feria de Tristán Narvaja. Esas mañanas dominicales son las más bravas. Al malhumor del mozo, producto del poco sueño, se le suman a veces los borrachos porfiados. Si bien, cuando quiere, es simpático, Pancho tiene pocas pulgas. “Me gusta respetar y que me respeten”, dice, como un mandato.
El orgullo del mozo es la querencia de los clientes y, en especial, de los jóvenes. La Tortuguita se ha transformado en bar de universitarios. Cerca están las facultades de Derecho, Bellas Artes, Psicología y Humanidades. Hasta allí, también llegan muchos profesores y estudiantes del Instituto de Profesores Artigas (IPA). “Como veterano, yo aprendo cosas de la muchachada joven cualquier cantidad. Ellos son unos amigos de ley”, comenta.
Este viernes, Pancho se jubila. “Me duele, no es fácil”, dice lagrimeando el calvo servidor de sienes plateadas. Hace meses que, luego de entregar la cuenta y limpiar la mesa, invita a los muchachos a compartir la última copa. Pancho se despide del bar, de su oficio y de sus clientes este viernes con una fiesta en la esquina de Tristán Narvaja y Mercedes. Sus jefes le ofrecieron que ese día descanse y se siente a compartir la mesa con los muchachos. Pero él se niega. Trabajará, como cuando era niño, porque, dice: “Servir es un honor”.