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Aprieta la mano, sonríe y dice: “¿Cómo andan?” A las muchachas que frecuentan el bar, un beso. Hace 45 años que Listerman “Pancho” Villafan repite el saludo y cuenta historias con la bandeja en la mano y el paño en el antebrazo. Aprendió a dar fuerte la mano en la década de 1950, en Rivera, en el campo de su padre, donde se crió junto a 17 hermanos, entre ellos, los mellizos Adán y Eva, que fallecieron de fiebre amarilla. Aprendió a servir cuando se peleó con su padre, se fue de su casa y se marchó a vivir a la estancia de Aparicio Saravia, descendiente del caudillo. Pancho tenía entonces 9 años.

“Con 9 años empecé a trabajar de limpiador de los galpones. Cuando venían los empleados del campo, yo tenía todo pronto: mate, asado, las botellas de caña. Cuando falleció Aparicio me fui de la estancia y me puse de tropero, domador, alambrador, esquilador”.

De Rivera se fue a Pan de Azúcar, donde trabajó de capataz de estancia y conoció a su amor, la madre de sus tres hijas, y de ahí, a fines de la década de 1960, llegó a Montevideo. Trabajó de barman en la confitería Las Palmas (Bulevar España y la rambla), comenzó como mozo en el bar San Román (Benito Blanco y Massini), siguió en el Yacht Club (en el puerto del Buceo), en la pizzería Peppone (Río Branco y 18 de Julio), en el bar Caballero (frente a la estación Goes) y hace ocho años sirve las mesas en el bar La Tortuguita, en la esquina de Mercedes y Tristán Narvaja, desde donde revisa, bar tras bar, su vida y su presente.


Se levanta bien temprano en el barrio Flor de Maroñas, toma dos ómnibus para legar a las 11 a La Tortuguita, y otros dos para regresar a las 2 de la mañana a su hogar. Esa rutina solo se rompe los martes, su día libre, cuando descarga las energías contra una bolsa de boxeo que tiene en el fondo de su casa, y los sábados, cuando, por trabajo, vuelve un poco más tarde, duerme cuatro horas, y regresa al bar al amanecer para servir a los que compran, pasean y venden en la feria de Tristán Narvaja. Esas mañanas dominicales son las más bravas. Al malhumor del mozo, producto del poco sueño, se le suman a veces los borrachos porfiados. Si bien, cuando quiere, es simpático, Pancho tiene pocas pulgas. “Me gusta respetar y que me respeten”, dice, como un mandato.

El orgullo del mozo es la querencia de los clientes y, en especial, de los jóvenes. La Tortuguita se ha transformado en bar de universitarios. Cerca están las facultades de Derecho, Bellas Artes, Psicología y Humanidades. Hasta allí, también llegan muchos profesores y estudiantes del Instituto de Profesores Artigas (IPA). “Como veterano, yo aprendo cosas de la muchachada joven cualquier cantidad. Ellos son unos amigos de ley”, comenta.

Este viernes, Pancho se jubila. “Me duele, no es fácil”, dice lagrimeando el calvo servidor de sienes plateadas. Hace meses que, luego de entregar la cuenta y limpiar la mesa, invita a los muchachos a compartir la última copa. Pancho se despide del bar, de su oficio y de sus clientes este viernes con una fiesta en la esquina de Tristán Narvaja y Mercedes. Sus jefes le ofrecieron que ese día descanse y se siente a compartir la mesa con los muchachos. Pero él se niega. Trabajará, como cuando era niño, porque, dice: “Servir es un honor”.